El délibáb de Ruiz: el autor, un espejismo del lenguaje /Maurizio Medo

 

 

delibab

 

 

 

 

¡Miren ahora, señores! El sol tiene cinco ángulos. Ahora, subiendo, adopta la forma de un huevo. ¡Ah! Y ahora parece delgado por abajo y como una bóveda por arriba, como un hongo. Miren ahora, que toma la forma de una urna romana. Es absurdo, no puedo pintar eso. ¡Ah! Ahora un jirón delgado de nube pasa por delante del sol, como un amorcillo con una venda sobre los ojos. Y ahora… ahora tiene el aire de un mosquetero barbudo. ¡Ca! Si yo pintase ese sol pentagonal me encerrarían en un manicomio.  

      Y arrojó el pincel furiosamente contra el suelo.  

      —Estos húngaros siempre quieren tener algo aparte. Al presente nos muestran una salida del sol, que en realidad existe, y que, sin embargo, es absurda. ¡Esto no es natural!  

      El veterinario comenzó a explicarme que aquello era una maravilla óptica, que solemos ver con ocasión del espejismo húngaro, el délibáb; es la rotura de los rayos del sol al atravesar las capas de aire desigualmente caldeadas.


Fragmento de La Rosa Amarilla, de Mór Jókai

No existe viaje o travesía sin espejismos. Si encontráramos los escolios imaginarios en los que Simbad el marino da cuenta de todo cuanto vislumbrara en sus periplos imaginarios, qué duda, en estos se hubiera consignado la aparición de la fata morgana, fenómeno, que si bien es ilusorio, se manifiesta ante la vista de los navegantes debido a una inversión de la temperatura, mostrando ante sus ojos una serie de objetos (islas, icebergs u otras naves) en el horizonte. “Fata morgana” que quiere decir hada Morgana, es una referencia a la hermanastra del rey Arturo (Morgan le fay) quien, según la leyenda, era un hada que tenía la capacidad de transformarse.

Quizá este ejemplo para explicar la aparición de un fenómeno ilusorio, célebre en las costas meridionales entre Calabria y Sicilia, resulte para nosotros, latinoamericanos de a pie, algo ajeno. Sin embargo, creo que alguna vez, al viajar en bus por la carretera, hemos podido ser testigos de otro fenómeno similar: el mirage. De pronto, al asomar por la ventana, divisamos, o creemos divisar, una piscina o una charca de agua. Es, pero no está. Fototermia.

En el epígrafe de Délibáb: enemigo del viento, que aparece en la última página del libro, Víctor Ruiz cede la voz al narrador húngaro Mór Jókai, autor de más de cien novelas, para que éste, a su vez, la ceda la voz a los personajes de La rosa amarilla, para que nos expliquen qué es concretamente un délibáb, “la rotura de los rayos del sol al atravesar las capas de aire desigualmente caldeadas”. Espejismo.

A diferencia del pintor de La Rosa amarilla, citado en el epígrafe, Víctor Ruiz no arrojó el pincel furiosamente contra el suelo. Decidió contemplarlo y, luego, atravesarlo. Su apuesta nos recuerda a otro pintor. En Infancia, Benjamín nos cuenta que éste, uno chino, mostró a sus amigos su cuadro más reciente: un parque, una senda estrecha cerca del agua que corría a través de una mancha de árboles que llevaba a la pequeña puerta de una casa al fondo de la arboleda. Cuando los amigos se volvieron para felicitar al pintor, éste había desaparecido. Al volverse hacia el cuadro vieron que el pintor iba caminando por la estrecha senda que llevaba a la puerta de la casa: se detuvo, se dio la vuelta, sonrió a sus amigos y desapareció por la puerta entreabierta[1].

Si bien el paisaje del délibáb ante Ruiz carece de ese aire bucólico, presente en el cuadro del pintor oriental, tampoco tiene retorno. El autor queda del otro lado, ya no éste, sino dentro de ese espejismo infinito y vasto. Lo que queda de él es el lenguaje, como una sucesión de planos e imágenes. Palimpsesto, diría Genet, donde la voz, ¿su voz?, no es simplemente la ecualización de una identidad. Víctor Ruiz no representa el nombre de un ámbito privado (el yo) es un espacio polifónico, una pluralidad. Como la hermanastra de Arturo, Morgan  le fay, está en metanoia, como llamaban los griegos a lo que en latín se decía conversio: dar vuelta la cabeza para mirar hacia un lado distinto; para conocer otros puntos de vista, pero en este caso, para asumir la forma de ese lado distinto y de esos puntos de vista.

Lo que nosotros contemplamos, lo que leemos, es la sombra de un hecho: la desaparición del autor. Esa sombra es lenguaje. Pero, ¿qué encontramos ahí?

Paul Guillén, en el ensayo La oscuridad transparente, Délibáb: enemigo del viento, señala algunas de las características del lenguaje que nos dejó Ruiz,  en el contexto de la última poesía peruana. Añadiría a estas, con las que concuerdo, una conciencia del propio descentramiento (semántico, referencial, intertextual, sintáctico, eufónico, espacial, visual, etc.) y una audacia para llevar al extremo una aventura que podría ubicarse dentro de la órbita cultista. Todas estas características, éstas y las anotadas por Guillén, confluyen en una “construcción arquitectónica que diseña un recorrido”, (Chueca) No sé, si como dice Lucho Chueca, esta propuesta haya surgido o no en una generación de los 90, valga la oportunidad, una vez más, para decir que dudo de la existencia de esta generación (y por ende de la que correspondería a Ruiz, Guillén, Pollack, Sánchez, Pera,  Huapaya, Sordomez, Chung o Martínez) Personalmente situaría el lenguaje de Ruiz en una fisura entre aquello llamado novela y eso otro llamado poesía.

Por ello me atrevo a decir que Délibab: enemigo del viento, es un de lo que hoy ocurre en las escrituras. Pero, al mismo tiempo, luego de haber leído varias veces el libro y luego también de haber dialogado con su autor, me asaltan algunas preguntas. La primera: ¿La novela, tal como lo sugería Blanchot, es una invención de la poesía? Otra, ¿las últimas escrituras reifican topografías luego de vislumbrar cómo “los dioses bajaron del Olimpo”?  En Délibáb: enemigo del viento ni la poesía, ni la antipoesía pretenden constituir un discurso totalizador, sí la escritura, y esta, insisto, se zambulle en un espacio (en esa fisura) que rompe con los géneros tradicionales y que, tal vez en búsqueda de esa totalidad,  construye una nueva otras topografía.

En la escritura de Ruiz, encontramos resonancias de la poesía francesa, italiana y anglosajona. Pero conviene aclarar que el autor que existe como un délibáb no es un epígono de estas, ni tampoco de los diadocos Hinostroza, Eielson, Pound o Walcott. Su escritura no constituye una prolongación, sinuosa, exótica, abigarrada, pero prolongación, de lo occidental, a través del y de lo español (como sí ocurre en la apuesta que hiciera Mutis con Mallroq el gaviero, como nos lo explica Eduardo Milán) Es más bien un cuestionamiento (rompiendo con el concepto de lo poético) y una reinterpretación de los viejos maestros no desde un lugar, recordemos: délibáb es ilusión, espejismo, sino desde un desplazamiento con la sensación de que la totalidad de la literatura, tal como lo reclamaba Eliot, tiene una existencia simultánea y compone un orden simultáneo”.  We must be still and still moving.

Creo que en esta inversión de temperatura, en esta fototermia, en este délibáb la idea de la poesía emerge con la voz del sufí Ibn Harabi, traducida por Henry Corbin como:   ” Un lugar que no tiene donde, el cual transcurre en un tiempo que no tiene cuando pero, que en revancha contiene todos los lugares y todos los tiempos” (haciendo referencia al plano mesocósmico) Si bien Délibáb: Enemigo del viento es el recuento de un periplo (y a la vez una densa transfiguración simbólica), si bien consigue extenderse con soltura sobre un vasto territorio metafórico, entre la destrucción y la reificación, es también la primicia de un arribo, ¿Adónde? Al propio délibáb, esa “tierra que no está en ninguna parte” y que no obstante pudiera constituirse en “la verdadera patria”, de acuerdo con los conceptos de los gnósticos de Oriente.

En la escritura que sombra la desaparición del nombre Víctor Ruiz, en el rastro que nos deja, encontraremos algunos lugares, tanto físicos como arquetípicos: Laussane, Rapa Nui, Avallon (que puede interpretarse tanto como una alusión a la comuna francesa, situada en la provincia de Borgoña o como, según Geoffrey de Monmouth, en la “isla de las manzanas” donde mora Arturo), Assuan, Emaús, el alto Egipto y personajes como Ozymandias (Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:/ ¡Contemplad mis obras, Poderosos, y perded la esperanza!”/ Nada más queda. Alrededor de la decadencia, lo hizo hablar Shelley en 1818), Marianne (quien es la representación simbólica de la madre patria fogosa, guerrera, pacífica, alimentadora y protectora, por ende, otra vez “la tierra que no está en ninguna parte”) Lo que me pregunto es ¿cuánto hay de emboscada en estos personajes? ¿Son operadores de un drama (en el sentido teatral) o más bien son representaciones y configuraciones de una geografía imaginaria? ¿Las voces, sus nombres, las fechas no podrían constituirse, simultáneamente, en comunas y referencialidades (históricas no, sí míticas) ¿ Y la voz de Ruiz Velasco? Aquella reverbera ya desde el délibáb, por ende es también ilusoria. Víctor Ruiz es en Délibáb: enemigo del viento lo que Honoré de Balzac es en Sarrasine: un síntoma del derrumbamiento del concepto tradicional del autor, su muerte, diría Barthes. Pero “eso” que queda,  el lenguaje: Define, por lo menos, algunas de mis principales búsquedas. En el libro, quiero que “eso que está ahí” hable, por esa razón la idea de texto polifónico está enraizada totalmente. Es decir, está dada desde la génesis misma del libro (…) Sin embargo, hay ocasiones en las que, a pesar que creo que el poema debe decir lo que es (Víctor Ruiz)

Si bien el contexto en el que se forja Délibáb: enemigo del viento es el de la agonía del lenguaje, obra también la conciencia de la autoría no sólo como emisión sino, simultáneamente, como una recepción de lo ya dicho, desde el tiempo de la pintura rupestre y los centones latinos, mostrándonos la historia de la Literatura como un solo poema rubricado por Gilgamesh, Valmiki, Pound, Eliot, Orozco, Martínez, Hinostroza y, cómo no, también por Víctor Ruiz .

[1] Kozer, José. Carta a Hallandale

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