Llegando a Milán

Y yo soy un hombre sincero, es decir, no tengo
fortuna, es decir, otro de los jodidos del capitalismo
tardìo, esto es, con el privilegio de poder escribir,
viajar, intentar mantener a mi hijos
Eduardo Milán

 

Fue por este tiempo de octubre, hace 10 años, cuando conocí a Eduardo. Él había comenzado a preparar “Pulir Huesos” (Galaxia Gutenberg, 2007) y ya, juntos,  habíamos publicado Escribir contra la pobreza, un diálogo que Chico Magaña editó en Monte Carmelo y el cual se fue extendiendo a través de los años.

milanoEstaba por conocer a Milán y la sensación que experimentaba me resultaba extraña, era de duda.  ¿Encontraría a alguien semejante al que asomaba por las cisuras de una poesía que parecía escarbar la historia, sin tener más instrumento que las propias uñas, para, luego, ponerse a hablar de tú a tú con el presente y dejar tras su voz tal resonancia en la cual quedaba por responder una pregunta? Esa que el tiempo, cada vez más veloz, elude y nunca responde. O, tal vez, me toparía con otro, alguien al margen de las heridas vivas de su propia errancia, ablucido “entre la vida literaria y la muerte natural”. Me lo temía. Felizmente la primera imagen que tuve de Eduardo fue exactamente igual a la última, hace unas semanas en Ciudad de México:  un tipo capaz de mirar con transparencia tal que duele y que habla con una claridad que confunde a algunos, temerosos de esa claridad. Alguien que asumió desde siempre la escritura, más que como una fatalidad, como una vía a través de la cual reconstruirse –llegó ahí desde la pérdida- y así poder reconocer su identidad. Pero esa última vez la conversación con Eduardo, aunque hace diez años continuemos desarrollando la misma, adquirió una dimensión diferente. Fue el diálogo de dos semejantes que saben que en eso, escrito o por escribirse, uno se está jugando la vida. ¿Utópico? “A mí la utopía me parece consustancial al arte: proponer los lugares que no hay”, dice Eduardo. Y tal vez proponer ese lugar sin dónde, recordábamos a Ibn Harabi, constituya para cada uno de nosotros una  secreta esperanza. De un modo distinto, pero similar. No la de una tierra prometida, sí la de aquella que uno terminó de construir y en donde se puede ser totalmente genuino, libre de concesiones.

Fue al llegar a casa trayendo los últimos libros publicados por Eduardo en donde comencé a descubrir su presencia en mi escritura. No, no hablo de reescritura (que de ejercicio se convirtió en un vicio parásito), sí de fragmentos (que aparecen sobre todo en títulos como Amanuenses y Transtierros) arrebatados a esa y aquella otra conversación, en la que siempre queda  algo por decir, felizmente.

Me alegré. Con voces así uno se siente menos solo, aunque ambos nos situemos en márgenes diferentes, pero los dos al costado, o a un costado del costado, en movimiento, atentos al pensamiento del Afuera (Blanchot), entre la tradición y el tembladeral, siempre el tembladeral del presente, sin lugar seguro. Y me detuve a pensar en el trabajo que realiza Eduardo: el abrir un camino, no con el lenguaje sino a través del lenguaje. Desobediente ante cualquier señalización extrínseca. Uno que avanza y se repliega (casi como una cinta de Moebius) para constituirse en un flujo de movimiento continuo, a tal velocidad que bordea el límite de lo decible. No caeré en el lugar común de esas frases laudatorias pero creo que mi generación (Solórzano, Del Pliego, Lumbreras, Soros) y la que le sigue (Fabre, Canteli & Cussen) aprendió mucho de Eduardo. Sobre todo algo fundamental: desestructurar la historia hasta transfigurarla en una materia poética presente en el presente, como una latencia sobre la experiencia vivida, la que trasciende llegando al límite mismo de la propia escritura, y a veces a la propia abolición.

em

¡Feliz aniversario Eduardo¡ Desde esta amistad que, como vos dijsite: es inquebrantable, igual que Edward Snowden.

Maurizio Medo

 

 

Anuncios