Robin Myers / Tener (Traducción de Ezequiel Zaidenwerg)

No me acuerdo de cómo fue nacer.

Pero me acuerdo de otras cosas.

Primero, atravesar el mar
y después el desierto,
una hamaca en la noche,
un termómetro de vidrio,
una nevada absurda,
una chica,

y la cara de mamá,
abierta como el agua
al abrocharme el mameluco
todos los días de mi vida,
en el sentido en que la infancia
es una vida.

Fueron años de barcos,
de trabajar en barcos en movimiento.
Sabía muchísimas palabras para nombrar las cosas que pasaban a bordo.

Era más alto, entonces.
Era bulto, hombro, risa, carga, póker,
tallarines horrendos, soledad.

Había una mujer en un puerto,
la clavícula como un pedazo de cuerda
que yo sabía maniobrar

yo sabía su nombre
y ella sabía el mío.

Podría haber un incendio.
Podrías encontrarte en el subte

de una ciudad que se aleja de vos en espiral
como una rueda después de una patada.

Podrías estar perdido.
Podrías tener que preguntarle

a un desconocido cómo llegar a algún lugar,
y podrías tener que aprender

a llegar a ese lugar. Podrías ser viejo
o joven. Podría haber una guerra,

o una inundación, o demasiados días
de cierto tipo.

Podrías encender un cigarrillo
que te dieron

de regalo. Podrías reconocer
su punta impaciente

como una extensión de tu posible
desastre. Y de tu respiración.

 

En la ciudad, la taza
de las cosas –veredas
y balcones, caños de escape, hiedra,
sogas donde la ropa baila
suelta en el cautiverio
del aire–
se llena alrededor de mí.

Algunos días, el cielo
parece estar tan cerca
que trato de sacármelo de encima
y siento cómo se endurecen
a lo lejos los cerros pelados.

No construí nada, viste.

Le presté muchísima atención a la forma
que tiene la luz seca de blanquear la piedra
de mi ciudad terrible.

Probé el sabor del polvo
como si fuera trigo
y paja.

Fui a buscar agua.

Hay cosas a las que conviene estar atentos.

A veces salgo en mangas de camisa,
pongo la reposera junto a la citronela
mientras el mundo se calienta
irremediablemente, cierro los ojos
y me veo rodar
con suavidad entre las lucecitas que encuentro ahí.

Los colores son los mismos de siempre
pero más brillantes; me llaman
como algo que recordé
que extrañaba.

Me podría quedar,
ya aprendí cómo se hace.

De todos modos, sigue habiendo cosas
de las que darse por notificados,
por ahora:

los libros, los gatos y su apetito,
las huellas de caracol que dejan las mentes en el mundo,
todo tipo de horrores,

el teléfono.

Y cuando
en un sueño le pregunté

a alguien más inteligente que yo
por qué tanto

quilombo, me dijo:
Por amor, y yo le dije: Dale

dejate de joder, si al final
todo termina,

estamos hechos de agua,
vivimos en un derrame

de petróleo, para besar el mundo
nos tapamos la boca con un pañuelo,

inventamos
las balas de goma,

debe haber
algo

más. Y me di cuenta
de que ella no me iba

a responder
de nuevo.

tener

Tener, el tercer libro de Robin Myers, consta de una sola sección de 59 poemas consecutivos, todos ellos sin título. Este libro convierte el armario de la razón en una alacena: cuando vamos a buscar una coordenada, un argumento, una cifra, encontramos los materiales de la vida en estado puro: la carne vencida, la cuchara sin lustre, los cuervos, la nieve.

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El resultado es un libro cuya intención principal no es establecer los límites de su propia recepción, sino ofrendarnos imágenes de “lo que hay”, sin restringir eso a una locación o a un objeto particular. Esta frase, “lo que hay”, es uno de los títulos de Lo demás, su primer libro, y en esta categoría impersonal, pero material, entran distintos elementos: vivencias diminutas, visiones parciales, recuerdos.

Lucas Brockenshire

 

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