Acerca de “Espíritu, hueso animal” de Francisco Layna Ranz / Diego L. García


Cuando el lenguaje tiene certezas, lo que se construye es una pintura que explica en un parpadeo las representaciones; esto es una mosca, aquello una manzana… y el ojo no puede moverse demasiado, no necesita hacerlo. Se trata de un arte que argumenta acerca de un yo-creador. No sólo se asiste a su Obra sino al juicio por su expulsión de lo real. Quizá por eso Francisco Layna Ranz escribe: “Yo tengo por obligación que respirar con los brazos abiertos”.

El imaginario bíblico es parte de la lectura que el poeta hace de la existencia. Todo aquello que resiste a un nombre puede ser leído. Es decir, escrito por la poesía. No se trata de una mera postura intelectual (de aquel que puede leer) sino de comunicación con el entorno: lo Otro es parte de una misma música encadenada.

Ejecutar la audición de esa melodía universalista es para el sujeto un signo de reparación:

“Reconocerse en lo nombrado no tiene ningún mérito,
pero alivia y a menudo explica”

Lo humano se presenta como otro aspecto de esta escritura. No es un drone teledirigido recorriendo una escena sino la carne de una voz la que se expone. Hace poco, en un trabajo sobre el yo, pensaba para estos casos en una densidad del sujeto que –a modo de eclipse- se proyecta en el pronombre; cuando digo “sujeto” pienso en la ruptura barthesiana del binomio sujeto/objeto, y en aquello que el crítico francés detecta en medio de. De ese modo, podríamos decir que en la poesía de Layna Ranz hay un desplazamiento de retorno hacia el “sujeto” en tanto corrimiento de un objetivismo. El matiz de la elección escritural se fundamenta aquí en el reconocimiento de sí mismo (como posibilidad de autoficción).

Vemos en la siguiente cita cómo la lectura y la consecuencia del yo se entrelazan en la figura de autor:

“En el edén lo importante fue la desobediencia, no su
naturaleza original.

Quiero en consecuencia que mi poema descuide el rumbo,
igual que una centella poco antes de la noche”

“mi poema” es no sólo esto (la lectura pública) sino una zona de vida (religiosa en su etimología). Lo textual es un artificio mientras haya un trasfondo. Mientras ese trasfondo tenga una jerarquía metafísica.

En esa misma dirección, es pensado el lenguaje. Prescindiendo del cuerpo real (no del cuerpo leído, ese cuerpo sacralizado), la palabra radica en un más allá; se vuelve a la vez que indestructible, inalcanzable:

“Habrá, pues, que buscar en aquel
sotobosque un remedio para después de la extinción.
Estaremos solos, pero todavía habrá palabras”

La construcción de un punto de retorno, ese hueso primigenio, pre-humano, esencial es –entre otros- uno de los objetivos de esta poesía. La fe de cada cual lo intuye construido desde el origen, pero el sujeto parece necesitar decirlo, hacerlo evidente. No tanto como un gesto evangelizador, sino como quien se cuenta a sí mismo su propia historia. Georg Gadamer habla del poema como un “diálogo infinito del alma consigo misma” (a propósito de la poesía de Ernst Meister), recuperando una tradición que él mismo llama “lírica” para no perder de vista el aspecto órfico del asunto. ¿Qué implicancias tendría el Espíritu si no consideráramos esta concepción del Arte? Aquel verso que citábamos en un comienzo responde a esta pregunta: Arte y Vida son gestos de una misma Obligación. Respirar en la cruz. Y hacer del yo una ofrenda a las aguas cantoras.

Cito una estrofa de Meister que, casualmente o no, dialoga con la búsqueda de Francisco Layna Ranz:

Totalmente apartado
del bosque y del deseo,
¿qué le preocupa al animal
que tiene el espíritu
como cornamenta doble?

Una definición de lo humano, o una búsqueda infinita de esa definición. Así la poesía nos interpela todavía en este siglo mecánico sobre las identidades que olvidamos un día entre el ramaje de lo superficial.

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