Paradoja y destrucción en Kurdistán, de Juan José Rodinás / Diego L. García

“Una corona yo me haría
de todas las ciudades recorridas”
V. Huidobro

 

Uno de los elementos que más me interesaron de Kurdistán (Hijos de la lluvia, 2017) es su claridad para destruirse. Es decir, la aceptación (o mejor dicho, la construcción) de un punto de disparo contra sí mismo y por ende, contra toda escritura posible. Destaco ese término porque es parte de un planteo muy poderoso dentro de esta obra: la tensión entre las ideas (cierta existencia de un cosmos inaprensible) y su humanización, corrupción, materialización. No se puede confiar en lo posible. No se puede endiosar a la palabra así como tampoco desarmar lo que no hay. La postura de Rodinás no es marcar la falibilidad del lenguaje, sino neutralizar toda discusión estéril en pos de un creacionismo (asumo el guiño huidobriano) que merezca sobrevivir un tiempo entre nosotros:

“Tacha el poema.
Tacha el poema.
Escríbelo en su contra.
Dale su voz”

Tacharlo como signo de tachar la voz impropia, aquella tomada como una tierra que se ocupa sin legitimidad. El texto combate contra esas fuerzas que radican en su interior. Y a su vez, es el sujeto el corazón de ese combate:

“Siembra la muerte, pero antes cosecha su expresión.
Cosecha.
Destrúyete.
Una vez destruido
cosecha tu destrucción:
mira que nadie lea tu lejanía:
para vencer no puedes destruir al adversario”

Sembrar y cosechar, tomar el opuesto con un arte que recuerda a Sun Tzu. La guerra se libra en un plano más profundo, en un desierto que no es sólo de arena.

Pienso en ese hilo de batallas y escrituras que nos atraviesa como especie; cuánto de la lógica de un enemigo hay en la tarea del poeta. En Kurdistán se produce una especie de pacificación del conflicto. Quien escribe utiliza la paradoja como procedimiento de equilibrio. No hay opción porque en realidad no hay acción posible:

“Como ser un zapatero que fabrica botas
que no tocan el suelo y, si lo tocan, producen un chasquido
levemente infinito”

Y la poesía es concebida como una forma totalizante de esa paradoja:

“La poesía es un error de continuidad”

Algo se ha extendido cuando debería haberse detenido en el silencio. La paz, acaso. Ahora lo que queda por hacer es restablecer un punto de inicio y escribir para que todo vuelva a callar. Para que el sujeto vuelva a ser el silencio que oye. Y entonces ya no se siga derramando sangre, ni haya Ilíadas que cantar.

 

Anuncios