Formol dentro de la botella / Zhang Shuguang. Trad. Miguel Ángel Petrecca

A mi hija

Te creé de la misma forma que dios creó al hombre.
Te di la vida, y con ella también la muerte
y el terror. Esa primavera o tal vez
comienzos del verano, –el momento exacto
no puedo recordarlo– yo tenía cuatro
o cinco años (tu misma edad de ahora).
Un huésped venido de muy lejos
discutía con mi padre sobre los crueles castigos
del feudalismo tibetano, entre ellos uno
que consistía en despellejar viva a la víctima.
Era un mediodía, de primavera o comienzos del verano,
pero yo sentí una tristeza, sentí que la oscuridad
como arena se infiltraba en mi corazón.
La puerta de nuestra habitación daba
a un pedazo de jardín verde y soleado. Más lejos,
un galpón con troncos gigantescos, semipodridos.
En la sala de patología del hospital había visto
Órganos humanos sumergidos en formol,
rojos y nervados, y estuve a punto de vomitar,
como si una mano invisible me atragantara.
Más tarde leí sobre el sistema feudal y la historia medieval,
leí el diario de Ana Frank, y vi la muerte cara a cara:
mi madre tranquilamente acostada, parecida
a un tronco incapaz de respirar. La sábana blanca
me hizo pensar en un campo lleno de flores frías
en medio del otoño, la nieve brillante en la cumbre
del Kilimanjaro. Pero mi madre yacía serena e inmóvil,
revelando el sentido solemne de la muerte
o el sinsentido. Entonces aún no habías nacido
e incluso estuviste a punto de perder el valor de la existencia
en un plan de aborto, luego descartado.
La gente se muere, los parientes igual que castores
se apenan y lloran desconsolados –
todos estos años he estado pensando: lloran de hecho por sí mismos.
La muerte rodea a cada persona igual que el aire,
Igual que el formol dentro de la botella.
Xuefei en una carta me pregunta: ¿Por qué
en tus poemas siempre aparece la muerte?
No sé qué contestar. Dejo de pensar en esto,
y retrocedo rápido del paisaje de la muerte.
Estoy sentado frente a la ventana mirando,
absorto, los troncos negros rodeados por la nieve.
Ellos ya son muy viejos. Ojalá puedan mostrar,
Otra vez, la próxima primavera, su vitalidad.
Voy a estar sentado a su sombra
mirándote jugar al sol.

 

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