LETRAS de Felipe Cussen / Martín Gubbins y Javiera Barrientos

En la poesía del siglo 20 en adelante es frecuente ver empleados procedimientos de serialización basados en el alfabeto como pie forzado, a fin de mostrar o interrogar algún aspecto del lenguaje.

Quizás el primer poema visual que utiliza directa, y solamente, el alfabeto como material de composición, es el intrigante Suicide (1925), de Louis Aragon:

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Por su parte, el movimiento final de una obra seminal de la poesía sonora, como la Ursonate de Kurt Schwitters (1930), es nada menos que una serie de transcripciones fonéticas de las letras del alfabeto, en orden inverso:

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También Bob Cobbing tiene varios poemas ordenados alfabéticamente. El más famoso es su ABC in Sound (1965), libro que recopila diversas fuentes lingüísticas inglesas y extranjeras para conformar una pieza sonora de larga duración que, parafraseando el famoso libro de Pound ABC in Reading, que de algún modo asienta y difunde los conceptos centrales del Modernismo Anglosajón, da una vuelta más a la rosca de la melopeia Poundiana, y en general al enfoque sonoro en poesía, al desacoplar y rearticular sonido y significado, produciendo un vórtice de sentido que es concreto y semántico a la vez. Acá dos ejemplos, las letras G y T:

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O este ABC of Tea (1966) de Ian Hamilton Finlay:

 

ABCDEFGHIJKLMNOPQRSTEAUVWXYZ

La Elegía al Che (1967), de Joan Brossa, es otro ejemplo en la misma línea del anterior de Finlay pero ejecutado de manera inversa, borrando en vez de agregando letras al alfabeto:

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También me parece interesante destacar un ejemplo de poesía de más largo aliento, como el poema inédito Juegos Florales, de Andrés Anwandter, construido con un enorme listado de versos pentasilábicos ordenados alfabéticamente. Acá de la “a” a la “c” e inicio de la “d”:

Presentación Letras-FCussen-26-10-2017

En un plano distinto de la escritura, pero no alejado de la poesía, es notable el caso de Anamaría Briede, cuya obra Alfabeto: Moldear el gesto de las letras en yeso blanco, expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes el año 2005 como parte de la muestra Reverberancias, curada por Rainer Krause, está hecha de 27 moldes de yeso de su boca pronunciando cada una de las letras de nuestro actual alfabeto, cada una con su correspondiente grabación de la voz de la artista haciendo el ejercicio en voz alta, casi como anticipando uno de los gestos que más me sorprendí haciendo mientras leía Letras:

En Letras se recopilan de manera indiferenciada, pero literal y ordenada en forma cronológica descendente, las definiciones de las letras del alfabeto castellano contenidas en seis ediciones del diccionario de la RAE: 2001, 1992, 1925, 1884, 1817 y 1780, en sus ediciones publicadas en el Mapa de Diccionarios Académicos online del Instituto de Investigación Rafael Lapesa, editado por la mismísima RAE.

Con ese procedimiento se conforma un alfabeto hecho a partir de las definiciones de las letras que históricamente han conformado los alfabetos validados por la RAE.

El afán de Cussen no es académico, no al menos visiblemente. Ni semántico ni lingüístico ni histórico. Aunque el trabajo igual permite extraer información y conclusiones de ese tipo.

Tampoco hay pretensiones de poesía visual ni sonora. Las letras son descritas. Pero las definiciones describen su forma visual menos que su origen, la manera de pronunciarlas en diversos contextos lingüísticos y algunos usos.

Y las definiciones no van, como en un diccionario común y corriente, encabezadas por la letra ahí definida.

Las letras mismas, digamos, no aparecen en ninguna parte, salvo que obviamente esparcidas a lo largo de todos los textos recopilados.

 Llama la atención la línea del tiempo difuminada que estructura la recopilación de definiciones de cada letra: desde el presente avanzando hacia el pasado, sin distinguir la fuente de cada uno de los textos recopilados, aunque dejando ver las mutaciones experimentadas a lo largo de la historia en diversos aspectos, como el estilo, sintaxis y ortografía de las definiciones, y el contenido de las mismas, que muestran un catálogo cambiante de letras aceptadas o desechadas del alfabeto y una notoria evolución en la forma de describir su pronunciación y sus distintos usos y contextos.

Por ejemplo, aparecen como parte del alfabeto los dígrafos che (“ch”) y elle (“ll”), aunque no podemos saber con exactitud hasta cuál diccionario fueron efectivamente considerados como letras del alfabeto.

En cuanto a pronunciación, es divertido observar la forma en que se van complejizando las instrucciones sobre cómo pronunciar ciertas letras, que de una y de otra manera resultan muy impracticables.

Letra A

“Pronúnciase, emitiendo libremente la voz, con la boca abierta”.

“Pronúnciase emitiendo la voz con los labios más abiertos y la lengua más baja y extendida que para pronunciar las demás vocales”.

“Pronúnciase con los labios más abiertos que en las demás vocales y con la lengua extendida en el hueco de la mandíbula inferior y un poco elevada por la mitad del dorso hacia el centro del paladar”.

Para los más conservadores, muchas de estas definiciones no están exentas de interés lírico.

 

Confieso que cuando hice mi propia recopilación de definiciones de las letras, editada y disminuida eso sí, para la performance de mi Alfabeto, acudí en general mucho al diccionario de María Moliner, que no forma parte de esta muestra, pues ahí encontré más metáfora y más humor que en los diccionarios de la RAE, que no por ello dejan de tener fragmentos atractivos para un lector habitual de poesía:

 

Letra CH

 “Por su figura es doble, pero sencilla por su sonido, y en la escritura, indivisible”.
“Es tambien una de las que se llaman mudas y dobles:
y su sonido es igual y constante hiriendo á todas
las vocales sin poderse confundir”.

 

Letra D

“Cuando es final de palabra su articulación se debilita
o ensordece más o menos”.

“Hiere el sonido de esta letra en todas
las cinco vocales puras, como en dama,
dejar, digno, docto, dueño”.

 

Letra P

“Ejerce su oficio con uniformidad en todas las vocales, como en patria, peticion, pícaro, pobre, pueblo”.

 

Aparte de los hallazgos verbales que este libro nos regala al exhibir de esta forma las definiciones de nuestras letras, me parece que su atractivo principal es explorar un asunto determinante.

Vivimos en una época altamente cargada de lenguajes enfáticos como el de estas definiciones, con pretensiones de verdad incluso incuestionable; para unos el crecimiento para otros la participación, y etcétera etcétera. Son diversos los lenguajes que controlan los distintos sectores de la vida en las sociedades contemporáneas: políticos, económicos, sociales, culturales, periodísticos. Pero no entendemos del todo bien cómo operan ni cómo debemos actuar o derechamente cuidarnos.

Este tipo de libros hacen conciencia de ese fenómeno de control por el lenguaje al poner de relieve el hecho que, hasta la más mínima hebra que compone nuestra habla es parte de un cuerpo definido, tiene reglas y formas y responde a una agenda.

La poesía conceptual se escribe con textos de otros. Este es un ejemplo prácticamente de manual de esa forma de poesía. Lo que hace muy atractivo este ejercicio de recopilación de textos encontrados es que habla de la menor unidad de nuestro lenguaje escrito, y de esa manera exhibe, para quien quiera verlos, fenómenos lingüísticos y de otro tipo que la exceden.

Ver expuestas y escrutadas las letras de nuestro idioma, y, antes que nada, ver escritos sus nombres, genera extrañeza, y la extrañeza produce una especie de adrenalina que aguza los sentidos: be, ce, de, equis, i griega (se escribe con i latina). Muchas letras tienen un nombre que va más allá de sí mismas.

Luego, intentar reproducir las instrucciones de pronunciación puede parecerse mucho a una primera clase de yoga, pero hace pensar en cómo somos cajas de resonancia, instrumentos que se tocan de cierta forma para que suenen las letras adecuadas.

Es interesante también observar cómo muta la forma de definir las letras y de entender el alfabeto hacia un lenguaje de técnicos que intentan estandarizar conceptos para hacerlos, entre comillas, accesibles, sin éxito por supuesto; y cómo se van desdibujando las huellas del colonialismo al asimilar los contrausos latinoamericanos.

Todos esos contenidos hacen de este libro de poesía conceptual uno de los pocos que realmente he leído completo y que recomendaría a otros temerarios amantes de las palabras leer, empezando por todos los candidatos a la presidencia de la república.

 

Diccionarios y abecedarios en Letras de Felipe Cussen / Javiera Barrientos

 

Cuando terminé de leer el libro Letras del poeta Felipe Cussen, me pregunté ¿por qué no usó el Covarrubias? Delato así mi deformación profesional como investigadora de siglos pasados y amante de los repertorios de erudición y enciclopedias más que la omisión del poeta o la negligencia  de su procedimiento. Publicado en 1611, el Tesoro de la lengua castallana o española de Sebastián de Covarrubias, fue el primer diccionario del léxico castellano que sistematizó las definiciones y etimologías de las voces del español insular. Como para bestiarios medievales y modernos, uno de sus modelos fue la Etimologiae, texto de corte enciclopédico escrito por Isidoro de Sevilla en el siglo VII en el que se explicaba la naturaleza de las palabras a partir de falsas etimologías orientadas a una función simbólica y didáctico-moral. Del mismo modo, en el Covarrubias podemos encontrar definiciones del tipo: “A. Primera letra en orden cerca de todas las naciones que usaron caracteres, como nos consta de Hebreos, Árabes, Griegos, Latinos, y los demases. Y así es la primera que el hombre pronuncia en naciendo, salvo que el barón como tiene más fuerza dice A, y la hembra E, en que parece entrar en el mundo, lamentándose de sus primeros pared Adán y Eva. La simplicidad de la letra A es tanta que no se niega su pronunciación a los mudos: los quales con sola ella ayudándose del tono, del semblante, del movimiento de manos, pies, ojos, y todo un cuerpo, nos dan a entender en un momento lo que los muy bien hablados no podrían con muchas palabras” (1v). O la voz para ‘teta’, una de las entradas favoritas de mi amiga y ensayista Marisol García, donde “púdose decir teta, de la letra griega theta, a la qual la teta de la mujer tiene mucha semejanza, por quanto es en forma redonda, y en medo tiene el pezón semejante al punto de dicha letra. Tetona, la que tiene grandes tetas.”

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La construcción de las voces o lemas tienen una relación directa con el modo en que se ordena, concibe y aterriza el conocimiento en soportes materiales y diagramas icónicos. En el Covarrubias podemos ver el germen de lo que hoy asociamos visuográficamente a la definición o locución del diccionario, es decir, lema, terminaciones flexionales o variantes fonológicas, acepción, subcategoría semántica y definición:

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Esta última, la definición, pone en entredicho el carácter de lo real. No es extraño encontrarnos con el siguiente intercambio: “¿Esta palabra existe?” y la pronta y automática respuesta por parte del hablante común “Búscala en el diccionario”. Como si la existencia de palabras y sus referentes dependiera de su aceptación en las Academias de la Lengua, su presencia en repertorio verbales autorizados da forma y normaliza el buen decir. No obstante, en diccionarios como el Covarrubias, las definiciones están más cerca del ejercicio ensayístico que de aquello que los lexicógrafos del siglo XX denominaron una “proposición que expone con claridad y exactitud los caracteres genéricos y diferenciales de algo material o inmaterial”. Aquí, también, cito al diccionario.

En las voces o letras de Cussen, encontramos, en cambio, un recorrido. Del 2001 a 1780, transitamos por una antología de definiciones incluidas en el Mapa de diccionarios académicos de la Real Academia Española de las 27 letras y dígrafos del alfabeto español. Esta compilación de definiciones se destaca por su ritmo. Quinta letra del abecedario español y cuarta de sus consonantes. Su nombre es de. Quinta letra y cuarta de las consonantes del abecedario castellano. Su nombre es de. Quinta letra del alfabeto. Su nombre es de. Su nombre es de. Su nombre es de. Esta repetición es una marca que descubre dos ejercicios: el de la borradura, primero, y el del intertexto, después.

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En Letras, Cussen no solo borra la referencia (desconocemos en qué momento comienza y termina la definición de un diccionario u otro) sino también la forma de la entrada léxica. Desaparece todo aquello que orbita en torno al significado y queda, en cambio, su sentido en la expresión más pura: letras que, acumuladas y ordenadas de un modo específico, nos revelan una breve historia del conocimiento y la materia lingüística. El modo en que se describen los sonidos, la mayor o menor cientificidad de la relación entre grafía y significado, el tipo de palabras que se escoge para ejemplificar una dicción, el estilo más parco o ampuloso en que se redacta la entrada, entre otros. El ritmo producido por la repetición, visibiliza también el modo en que este recorrido se construye puesto que deja entrever, sincrónicamente, la evolución diacrónica de los significados escogidos por el poeta.

Cussen no usa al Covarrubias porque no lo necesita. La práctica de la escritura de diccionarios es, quizás, una de las más implícitamente intertextuales dentro de la producción de manuales y textos de referencia. Conocida es la tradición de lexicógrafos que incluyen voces inexistentes o apócrifas en sus diccionarios—estos, al igual que las bibliotecas de estantería cerrada o del internet requieren que el lector común o investigador conozca su objeto de consulta de antemano—para rastrear a sus plagiarios. Los diccionarios necesitan a sus antecedentes para formularse y escribirse, puesto que ninguna definición se crea de la nada y son, todas, hijas de su tiempo. La repetición vislumbra esta seguidilla de libros que se citan a sí mismos y que actualizan, borrando y superponiendo, su propia práctica de escritura.

Letras sigue el orden de los diccionarios que interviene, orden alfabético cuya popularidad Elizabeth Eisenstein ha asociado a la aparición de la imprenta de tipos móviles durante el siglo XVI. Antes, gran parte de los índices y catálogos estaban, como las Etimologías de Isidoro de Sevilla, ordenados por tópicos o lugares comunes. Estos textos, también llamados por la tradición anglosajona common-place books ya que se debían a la práctica de los loci communes aristotélicos, respondían a un contexto donde la imitación y la emulación de la autoridad ordenaba la escritura. De este modo, permitían un acervo compacto para la producción discursiva y pictórica, desde obras poéticas hasta sermones religiosos. No es posible categorizar todas las colecciones bajo un mismo tipo textual, puesto que no solo variaban de autor en autor, sino que muchas veces eran reescritas, modificadas, ampliadas y sus criterios de recolección alterados para adaptarse a los lectores y autores de épocas posteriores.  El orden alfabético, en cambio, fija un estándar y una norma. Pareciera ser que democratiza y facilita la elección poética y lexicográfica. Sin embargo—lo dice alguien cuyo apellido comienza con b larga—la disposición y las formas que se desprenden del alfabeto también sirven a un propósito.

La mayoría de nosotros conoció la idea del alfabeto ilustrado o alfabeto visual en la escena escolar del aprendizaje de la escritura; ahí donde la A estaba acompañada de un árbol, la B de un barco, la C de una casa y así hasta la Z que en inglés era zebra y en español zapato. Es interesante anotar, sin embargo, que esta tradición tiene una antigua data que dista de la mecánica enseñanza de la caligrafía o la lectura. Las letras no solo representan un sonido y un contenido, lo hacen desde su naturaleza gráfica. Durante los siglos XVI y XVII, las colecciones de alfabetos ilustrados operan a la luz de las relecturas de los tratados de retórica latina por autores que enfatizan la memoria, uno de los cinco factores constituyentes del discurso retórico como parte fundamental del aprendizaje del orador.

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Humanistas del cinqueccento como Romberch, Publicius, Peter de Ravenna y Rossellius entre otros, hacen la distinción entre la memoria natural y la memoria artificial. Es esta última la que debe adiestrarse mediante la práctica de ejercicios mentales que consisten en asociar una imagen o un objeto a una idea o palabra determinada, este entrenamiento es lo que denominan el arte de la memoria o ars memorativa. Los alfabetos visuales se exhiben de dos maneras: con un objeto que represente la forma de la letra (algunos bastante creativos) o con un objeto cuyo nombre comience con la letra a la que busca remitir. Estos elementos pictóricos no están en los tratados de retórica solamente como una forma más eficaz de retener el abecedario, sino para hacer inscripciones en la mente. Dichas inscripciones permitirían recordar o evocar ya sea la disposición de las ideas en el orden alfabético, explica Peter of Ravenna en su libro The Phoenix, sive artificiosa memoria (1491), o las ideas en sí mismas mediante la distinción mnemotéctica donde un contenido o sonido particular se asocia a la imagen que evoca esa letra.

Letras de Felipe Cussen desarma y recorta el diccionario y lo transforma en un abecedario; las repeticiones y  descripciones fonéticas funcionan como un reforzamiento icónico y un juego. Aparenta mostrarnos la forma de las letras aisladas de su uso, porque ¿a qué letras nos referimos cuando hablamos de Letras? ¿Las letras a las que apunta el título son los lemas ausentes de cada definición o son cada una de las unidades caligráficas que conforman el libro? En su lugar, desbarata el lexema—palabras que describen palabras, letras que se denominan a sí mismas—y su sinsentido.

 

 

 

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