Liliana García Carril / El Mérito (inédito)

EL TERRENO BALDÍO abandonado y el secreto
del hueco en el cerco de ligustrina:
andar camuflados, evitar el arañazo
que pudiera delatarnos,
o el sonido de ramas que se quiebran
croar de ranas en los charcos
chasquidos, chito, decías
y en el baldío la amenaza del veneno
mortal de cierto arbusto. Clandestinos
en la propia casa y basta con creer.

 

 

ERA DE LA ÉPOCA en que los hombres
creían que el amor consistía
en salvar a una mujer de algo.
Hay mujeres que requieren eso:
él salvó a una del marido
que intentó matarla de un tiro.

Siempre hay un mito en el origen
del amor; traicionar a una por salvar a otra,
ese gesto que parece ruso no lo vuelve trágico;

incendiar una aldea
para atraer la atención del amante;
también los chinos matan por amor
y se matan.

 

 

SONIDO DE VIDRIO que se parte
y a continuación un ruido más seco
y astillado, sonido de golpe
más compacto, voces de fondo.

¿Importa botella de qué bebida era?
¿Importa quién pintó el cuadro
que así y todo se mantuvo en el clavo?
¿Y cómo caminaba de acá para allá
agarrándose la cabeza maldiciendo?
¿Acaso puede leerse la idea
que animó esta escena?
¿Y la luz? ¿Y esa segunda aparición
con una mano vendada? ¿Importa
si era la izquierda o la derecha?

destellos de agua en las astillas de vidrio
y en la pared personajes
de teatro chino de sombras
o sobras, parecen de otra escena,
está mal jugar con las palabras, restos
de un festín de rabia, quedarse
con los rastros, seguirlos, después.

 

 

EL MÉRITO

cuando nos separamos éramos todos jóvenes
incluso los más viejos;

ahora tengo más o menos la edad
que tenía él cuando nos reencontramos
mesa de por medio
con la intención de que la comida fuera
un lugar neutral; a medio camino
entre el marxismo leninista
y el psicoanálisis freudiano;

pero qué podía comer un padre enfermo;

comí en su contra una milanesa a caballo
–yo, que me había vuelto vegetariana
y cultivaba el gusto por lo crudo
como variante de una fe perdida–;

lo vi empalidecer frente a su plato favorito;

cuando llegó el momento del café
el muro derribado se irguió entre los dos
como un grueso vidrio:

le hablé del malestar en la cultura
no de mi malestar hacia él
por haberme abandonado por esa rusa;
me comporté como una chica dura
me entusiasmaba discutir las razones
de la caída de un mundo: el de él.

(al fin y al cabo los dos teníamos
toda una vida por delante: eso creí
perdida en las teorías
haciendo leña de la desilusión)

Con qué ojos me miró quebrar
con una papafrita la delicada tela
de la yema del huevo y hurgar allí,
hasta que logré tragármela
atragantada con mis palabras más torpes.

 

 

EL DÍA EMPEZABA con un animal vivo
que ataban a un árbol
y nosotros enseguida nos íbamos por ahí

a trepar a los árboles y deshacernos
de los duraznos bichados
con la punta de la nariz rozábamos
ese líquido espeso y oscuro;
la humedad entre las piernas
y las escapadas al baño,
nada podía opacar la libertad del verano,
ni aplacar ese aullido a lo lejos
un estertor a veces prolongado
que nadie mencionaba a la hora de la cena.

 

 

ERA DE LA CLASE de hombres que se conmovía
por las mujeres indefensas y siempre dispuesto
a salvarlas de algo como quien practica
el deporte de la pesca por el solo hecho
de quedarse quieto y a la espera
de que el hilo se tense
hasta que un aleteo de ahogado
mueve el aire y parece de felicidad.

 

Del libro El Mérito (inédito)
Liliana García Carril

 

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