3 poemas /Jeymer Gamboa

 

La sonda espacial Voyager llega a los confines del sistema solar

Comienzos de julio. Tarde soleada de invierno.
La sonda Voyager 1 llegó al lindero
del sistema solar. Es lo más lejos que ha viajado
un artefacto hecho en la Tierra.
En las fotos parece un bicho metálico
que desciende hacia el fondo del mar.
La nave fue enviada al espacio hace 36 años
y se encuentra a 18.000 millones de km del sol,
y sigue alejándose. Es lo que leí hace un rato.
Ahora camino por la calle Llerena en Villa Urquiza
y salgo de mi ensimismamiento galáctico.
Todo está en calma.
Es un barrio de edificios bajos.
Circula el olor de las panaderías
y el rumor radiofónico de los talleres.
Los perros se asoman en las azoteas,
entre plantas y ropa tendida.
Los niños todavía están en la escuela,
adormecidos con la voz de los maestros.
Me dirijo hacia el jardín botánico
de la Facultad de Agronomía.
Abro la reja y entro. Ahí está el sol,
filtrado entre las cañas de bambú,
reflejándose en el agua estancada.
Una enredadera de flores amarillas
cubre el techo del invernadero.
Aquí hay un orden: carteles con el nombre
de plantas autóctonas y hortalizas alineadas.
Y aquí es donde los estudiantes
de Botánica Agrícola hacen sus prácticas:
observan fases de crecimiento y maduración,
examinan tallos y recogen muestras del suelo.
Ahora solo quedan dos jardineros
que caminan entre los senderos
con rastrillos, palas y regaderas.
Permanezco sentado en una banca

 

Barrio a las tres de la tarde, alguien acaba de empapelar los postes
con el rostro de un gato perdido

Una chica pasa en bicicleta
bajo la sombra de los árboles.
¿De dónde vendrá ese impulso
de algunos niños
de arrastrar una rama seca
por el camino de regreso a casa?
En la verdulería, una anciana
agarra del cajón El milagro
dos berenjenas y dice:
qué lindas son, y se ríe.
El monstruo más grande del mundo
El atardecer comienza detrás de los árboles.
Un remolino de polvo se levanta en la plaza
cuando el balón está cerca de la portería.
Suenan las ruedas de las mochilas escolares
sobre los adoquines: “Te prometo que mañana
haremos el monstruo más grande del mundo”.
Una mujer sale de su casa con un cuchillo
y corta las hojas secas del jardín
como las palabras que uno quita de un poema.

 

Cuaderno de catequesis

Los sábados, a la una en punto,
nos sentábamos frente al tele
para ver un episodio de Sankuokai,
nuestro programa favorito de la vida.
Después, había que alistarse para ir a catequesis.
Botines bien embetunados, laca en el pelo
y camisas estilo western con bordados,
que era como nos vestían nuestros padres.
En el camino de casa al salón pastoral
con mi primo Wilson recreábamos
las peleas de Ayato y Ryu contra los Gavanas.
Eran simulacros de karate y superpoderes,
bajo la sombra de los porós y los nísperos,
por parte de unos vaqueros galácticos
que pronto harían la primera comunión.
Fernando, el carpintero del barrio,
era el encargado de enseñarnos todo
sobre los sagrados sacramentos.
Tenía fama de ser el hombre
más mentiroso del pueblo.
Todas esas enseñanzas de Jesús
para mí eran un verdadero calvario,
pero rebuscando un poco en la biblia
encontraba partes que me gustaban.
Eso de mirar los pájaros que no siembran
y los lirios que crecen sin cansarse.
Después de memorizar los mandamientos,
nos íbamos directo a la pulpería de Luz
donde comprábamos zarzaparrilla La Mundial,
tosteles y fichas para jugar futbolín.
Poníamos canciones de Michael Jackson en la rocola
y así terminábamos de gastar las tardes de los sábados.
Anochecía y regresaba a mi casita de madera
donde había un sagrado corazón de Jesús

 

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