La pieza de los chicos / Silvio Mattoni

Filosofía infantil

 Y también somos animales, solos
con el cuerpo gastándose en secreto
como un cubo de hielo. ¿O un pedazo
de combustible semisólido, cera
de una vela que trajo alguna madre
y no supo esconder de la fogata
que nunca termina? Cuarzo o papel
o las mágicas ondas del espacio,
semen o sangre, óvulos que deciden
servir o derrocharse: nada es polvo
y en él nadamos cuando aún no éramos.
¿Qué harán con el cadáver de su “amada”
mascota anglofrancesa? No hablaré
de la noche y la mugre que se posan
en telarañas, rincones, macetas,
las ocho patas que se están secando
sin haber caminado más de un metro.
Gritá, gritá, Angelina, gritá ahora,
que el infame vacío no parezca
una trompa triunfante, que no muestre
ese gran hueco atrás de las palabras.
¿O sí? Mirémoslo, mientras podamos
aguantar su calor. ¿Somos la luz}
de la constante y pútrida materia?
Decímelo, Angelina, cómo fue
que aprendimos a hablar
y fabricamos tiempo
para morir llorando a cada instante.

 

Canción

 Te lo cuento a vos, poema, no tengo
nadie más con quien hablar. Recién
venía en el auto con mi hija, camino
a su clase de gimnasia, y en la radio
pasaban una canción bastante triste
y tal vez cursi, pero que a esa hora
de la mañana en invierno, bajo un cielo
perfecto, límpido, parecía acercarse
verso a verso a una clase de verdad
que podía anunciar el fin de todo
lo que yo todavía era o soñaba ser.
La canción hablaba de alguien que estaba
tan desesperado que sólo podía
sentarse a suplicar una salvación
imposible, una máquina nueva que bajase
con la caricatura de un dios y transformara
la tragedia en comedia. Pero entonces,
¿no podía caerme también una desgracia
a mí, que tanto tenía que perder,
tanta felicidad amontonada? Y pensé,
como un hipócrita Baudelaire, en los vencidos,
en lo que cualquiera termina siendo;
y una metáfora prosaica, una analogía
entre el dolor de existir y la ropa fallada
de las boutiques baratas, le hizo soltar
una leve carcajada a Francisca, ahí
al lado mío, con sus catorce años
que no imaginan ningún sufrimiento
irremediable ni aceptan las efusiones
porque saben que la solución no llega
en forma de consuelo o queja. Tenía
razón ella en reírse. ¿Por qué yo
sentí que en la canción se estaba yendo
un momento que no volvería? ¿Por qué
tuve que juntar fuerzas y ponerme una máscara
para enfrentar el día? Si no fuese
tan materialista que ya no creo, poema,
ni siquiera en vos, hubiera planeado
vestirme de mujer y tejer a crochet
como Hércules para que mi vida común
y jovial no despertara la envidia
de los dioses, que no existen. Al menos
seré un burócrata confuso en una cápsula
varios días por semana, así nadie
pensará en el poeta despreocupado, prolífico,
príncipe cordobés en su torre abolida.
Será un estilo nuevo para el viejo heroísmo
alentado por lo único certero
de esta hora, la risita de mi hija
que crece, está presente y aprendió
a desarmar los sentimentalismos.

 

Puntos y comas

 Los chicos se meten en nuestras charlas
como puntos y comas que recuerdan
nuestra incapacidad para decir
esto que pasa. Lavo una mamadera
con la esponja amarilla y me pregunto
por su efímero uso. ¿No permanece
el rastro de los actos repetidos
en las cosas triviales? ¿No decidí una vez
en su bifurcación que sí quería
ser como soy, ocuparme un poco
de otros, no buscar siempre mi propia
destrucción? Mientras enrosco la tetina,
hierve el agua, dejo silbar la pava
unos segundos, en honor a la obsesión
de los gérmenes, aunque sé que nada
los suprime del todo. No parece
que haya motivos para estar ansioso,
pero en la calma, más allá, en una orilla
imaginaria, desembarcan, se asientan
tenaces invasores. Aguantarán diez años
o más, hasta una noche que no apunte
a ningún día cuando me obsequien el caballo
de madera, que me dirá: “¡Salí,
salí, perdete en el goce, en el retorno
de otra rutina!” Entonces vuelvo corriendo
a encerrarme y abrazo a nuestros chicos
que ponen punto y coma a la repetición
y marcan el sentido de la flecha
involuntaria. Las cosas claras no duran,
pasan las mamaderas, los pañales,
pero los actos que no recordarán
quedan en mí. Y aunque no me disculpan
del grito que proviene de mi guerra,
valdrán más que las palabras de un poema.

 

Carta

 “Querido Ratón Pérez:
Le escribo esta carta
para informarle que el día lunes
12 de octubre se me cayó
mi primera muela y la he perdido.
Espero que la haya encontrado
y guardado, ya que es muy importante
para mí porque, como ya he mencionado,
es la primera muela que se me salió.”
Y firma. ¿Serán imprescindibles
estos pequeños mitos incluso cuando
la edad nos dice que pasaron
los años de creer? O al revés, nunca
hemos creído. Hijita, la lágrima
y la risa de tu eficacia, tu claridad
tratan de aliviar al padre incrédulo.
¿A quién se dirigen mis cartas cada día?
¿Por cuánto tiempo más seguiría
enviándolas si de verdad no hubiera
nada en el sentido? Como vos, Margarita,
sé que no existen las monedas secretas,
que gastar no es perder. ¿Escribiremos
todavía una carta que no se cambie
por nada? Pasan los mensajeros cotidianos
de noche, en puntas de pie, y se llevan
tus dientes blancos para hacer collares
o juguetes de marfil para sus crías ínfimas.
Hacen un ruido sordo que se confunde a veces
con tu respiración resfriada del invierno
o el suspiro sofocado de calor. Se van
con los poemas a cuestas para envolver
las piezas preciosas y encender después
un fuego subterráneo. Soy ahora
un otro que no cree ya en sí mismo
pero miro a la gente pasando pensativa
y no hay nadie como vos que pueda
escribir una carta tan precisa.

 

 

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