Mario Bellatin: “La escritura se desplaza comiéndose a sí misma” / Maurizio Medo

 

Conocí a Mario Bellatin en el mítico bar Juanito, en Barranco. En 1986. Pero fue recién en los 90 que comenzamos a frecuentarnos. Mario se convirtió en una presencia constante en la vieja casa de Santa Beatriz, lugar en el que, después de una extraña conversación con la nonna, descubrió que, amén de la amistad, existía entre nosotros un vínculo familiar. Uno que sólo puede existir entre los migrantes del Venetto. Con su partida a México nos perdimos el rastro hasta que Mario reapareció en la ciudad de Arequipa para descubrir que los vínculos reales son invulnerables ante el transcurso del tiempo. El nuestro nunca se supeditó ni a las anécdotas que fuéramos capaces de inventar con el fin de sorprender al otro,como tampoco al chismorreo banal de lo que enfrentábamos o no al apostar por la edición de un libro u otro proyecto, derivado o paralelo al mismo. Tal vez, sí, en la obcecación por sostener la escritura,  más allá de las implicancias dispuestas para desempeñar el rol de “escritor” en los guiones que reparte la farándula. Siempre preferimos reír. Sin embargo, entre esos ires y venires, quedó esta ¿entrevista?, ¿confesión de parte?, no lo sé bien, la cual, quizá delate que Mario Bellatin a veces aparece en la realidad –ese espejismo- como un personaje que brota desde el fondo de su propia escritura. (MM)

TRAVELLING : ¿ERRANTE?

César Moro era un tránsfuga por naturaleza. Creo que nunca estuvo entre sus planes permanecer quieto en algún lugar. Perteneció, tanto en Francia como en México, a los grupos más avanzados de la cultura, pero a todos terminó dándoles un portazo hasta que cometió, creo, el error final: volver al lugar de origen, caer en la trampa de que el pájaro azul se había mantenido siempre junto a la cuna de la infancia. Allí, como les sucedió a muchos otros que volvieron con semejante ingenuidad, estaba presente la trampa que lo llevó a tener una muerte gris después de haber llevado, a su modo, una vida rodeada de esplendor.

No creo que mi trabajo tenga que ver tanto con la errancia como con el desarraigo. Al contrario, me parece que es una escritura que busca encontrar el lugar del estancamiento con el que nunca he contado en la vida. Quizá por eso busca no sólo manifestarse en sí misma, sino hacer asimismo evidente su razón de ser, sus propias reglas, un contexto muchas veces autorrefencial, ya que en buena medida únicamente depende de sí misma.  Siento que mientras más avanza esa escritura se carga de una suerte de tiranía que tengo la sensación toma directo el camino perfecto hacia su propia extinción. Se va a terminar destruyendo a sí misma, estoy seguro de ello. Será algo que le acontecerá si es que esto ya no ha ocurrido en el instante preciso de haber sido concebida.

STEADYCAM: SALÓN DE BELLEZA

Tengo la impresión de que en Salón de Belleza conviven una serie de niveles. Lo vi ahora de nuevo cuando hice un ejercicio de filmar el libro ayudado por una serie de niños cineastas. Es para mí un ejemplo de lo que yo considero dentro de mi trabajo como “obra plataforma”. Es decir, un pretexto para que cada quien haga lo que le parezca con ese material. Para lo último que me ha servido ese libro es para llevar a cabo este experimento de filmar con niños para hacer una película-teatro que pienso estrenar este año. En Salón de belleza hay un contraste entre la acción y el lugar que ha sido decorado para que se dé esa acción –elementos que, unidos entre sí, podrían darle la razón a Alberto Isola, en cuanto a Salón de belleza “como la mejor obra de teatro que has producido”.

Si bien es cierto que Salón de Belleza puede tener una apariencia teatral, es uno de los textos más difíciles para ser puestos en escena. Los intentos casi siempre han terminado en fracasos rotundos, porque me parece que, a diferencia de lo que pueden lograr las palabras -y por consecuencia las no palabras-, la presencia escénica no permite -salvo cuando se realiza una cuidadosa construcción en ese sentido- que el silencio sea un elemento expresivo. Creo que debe destruirse lo más que se pueda la estructura original para que se logre realizar con ese texto otra cosa que no sea un libro.

ZOOM: LA ESCRITURA EN SÍ MISMA

Creo que lo que ha comenzado a realizar la escritura es a mostrar de forma impune y casi obscena los elementos que la conforman. Se ha desvestido a sí misma, por utilizar términos teatrales. Cada vez hace más evidente su cocina y su trastienda. Y tengo la impresión que lo realiza de una manera que es representativa de sí misma, no de un modelo exterior como el que puede ser establecido por Bajtin o Hirschfeld. Es por eso también que es complicado aplicarle acepciones como intertexto o incluso el manido término de experimental para tratar de clasificar a una escritura semejante. Estoy convencido de que se desplaza comiéndose a sí misma, como de alguna manera la vida va devorando al autor de semejante escritura. Este proceso es más fácil de apreciar cuando se recorren los tomos de las Obras Reunidas donde, en cierta forma, se asiste a un proceso de desintegración que busca incluso no dejar huellas de su posible existencia.

TILT: UN LÍMITE EN SÍ MISMO Y SIN DISFRAZ

No comprendo cuál puede ser la diferencia entre el disfraz de la escritura y, por ejemplo, el disfraz de la vida que todos utilizamos para soportar -de la manera que sea- un nuevo día. Y como no entiendo mucho la diferencia entre ambas trato de poner límites entre lo que considero una y otra.

Me esfuerzo cada mañana en no ser escritor, salvo en el instante mismo de la escritura -momento en el cual pretendo que no se cuele ni por asomo nada de vida cotidiana, que no aparezca ningún tipo de contexto salvo el que marca la propia escritura.

El escribir sin escribir es algo que siento posible de ser alcanzado, e incluso pienso que debe ser el fin de cualquier escritura. Ser ejecutada más allá de sí misma. Sin embargo, lo que no tengo muy claro es la manera de llevar adelante un ejercicio de esta naturaleza. Intuyo ciertos rumbos, es cierto, cuando en lugar de un lápiz y un papel, como se supone se lleva a cabo la escritura, utilizo una cámara de fotos, de cine o a personas o animales vivos para hacerla realidad. Pero no estoy seguro hasta qué punto estas acciones pueden ser consideradas escritura o en qué medida colocar el límite entre lo que puede ser escritura y no. Quizá, como señalas, apreciando las estructuras de determinada obra. Entonces estaríamos frente a la idea de texto en su sentido más amplio y no necesariamente en esta idea del escribir sin escribir que se me presenta como un punto a alcanzar. Como si tuviera la necesidad de crearme una suerte de espejismo para seguir adelante.

Es curioso cómo a pesar de la práctica de sistemas cerrados para ejercer la escritura lo que busque sea conseguir un resultado que pueda ser asimilado, comprendido, completado por el mayor número de personas posible. Sean estos lectores, creadores, administradores de instituciones de carácter cultural como lo sin las editoriales, los museos, las galerías, los teatros. En cierto momento entendí que la muerte de esta escritura era inminente si continuaba conversando de sistema cerrado a sistema cerrado. Si continuaba definiéndose a sí misma sin necesidad de un otro como aval. Me parece que hacerla comunicable -muchas veces de manera extrema- le ha permitido mantenerse en una especie de estado gel antes de su extinción. Por alguna extraña razón me empecino en que antes de que esto ocurra permanezcan todavía una serie de marcas en el papel. Pero volviendo a la escritura en sí misma, ahora que utilizo el iPod Nano para llevarla a cabo siento que escribo con el cuerpo. Con el vacío que deja el cuerpo de un hombre de un brazo. De esta manera soy capaz de escribir en toda ocasión. Incluso en las circunstancias más adversas la escritura continúa funcionando como un presente continuo, sin necesidad ya casi de elementos ajenos a mi cuerpo para que pueda quedar sellada dentro de su propia lealtad. Pienso que de alguna manera con este sistema voy llegando al ideal japonés presente en la idea del hombre poema, aquel que llevaba la espalda cargada de símbolos como heridas sangrantes cuyos discípulos debían lamer mientras el maestro continuaba con su ruta trazada. Un artefacto de escritura que ocupa el lugar vacío de mi cuerpo. Como si ambos hubieran sido diseñados de tal modo como para que la ausencia quedara abolida por la palabra sellada. Otro elemento más de engaño para hacerme creer no sólo que la palabra alguna vez existió sino que continúa presente.

 

Crédito de la foto: Carmen Díaz

 

 

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