Mario Arteca : “Somos escritores de poesía, pero somos escritores, en principio” / Maurizio Medo

¿Por qué ese prurito con la palabra “poeta”, Mario?

 Prurito. Le tengo una especie de aversión. Tiene que ver, eso creo, porque automáticamente emparento esa palabra a la idea de inspiración, de la que no estoy muy convencido de defender. Creo que nuestra actividad con la poesía es una práctica de escritura, como todas, con leyes diferentes a la narrativa o al ensayo, desde ya, pero sí creo que lo que hacemos son “textos”, esa idea barthesiana con la que comulgo. Si uno observa lo que se ha venido escribiendo en los últimos cuarenta años (para hacer un corte grosero), los textos poéticos, sobre todo en nuestro continente, tienen un grado de complejidad que exceden al género. Si uno piensa en la obra de Deniz, del propio Kozer, o en mi país con los trabajos de Mattoni, Raimondi, Cristobo o Gambarotta, por decir algunos, se tratan más bien de cartografías mentales y mixturas de discursos que rompen con la sincronía de una lectura tradicional de la poesía. Me imagino cómo un lector nuevo de esos textos se propone leer algo que no se ve en los colegios ni en las universidades, salvo excepciones, claro. Meterse en esas lecturas es ingresar sin rival en un género que privilegia más la invención que la factura de los metros. Hasta el propio Carlos Germán Belli, con el tono petrarquista de algunos de sus poemas, rompe sentido desde la forma. El mapa más concreto lo dan las muestras País imaginario y anteriormente, Pulir huesos, donde la diversidad es mucha y los mecanismos de escritura hacen de esos textos verdaderos planteos escriturales de escritores de poesía. Pienso en los poemas del querido Enrique Bacci, el no menos querido Roberto Appratto, en Rodrigo Flores, en tus propios escritos, en la poesía ecuatoriana que está dejando una huella increíble en el continente, o también la poesía de Verástegui, Hinostroza, Gonzalo Millán, Santiváñez, Zurita, el pampeano Bustriazo Ortíz, Jorge Leónidas Escudero, el enorme Viel Temperley, etc.

Entonces, ¿cómo asumir la poesía?

Como una obra más de ficción, donde los sentimientos y la concentración de la palabra crean climas y universos donde la lógica creativa se ofrece como una desmentida de cualquier  procedimiento. Creo en verdad que somos escritores de poesía. Pero somos escritores, en principio.

Publicas tu primer libro, Guatambú, en el año 2003, no es uno de aquellos propios de un debut, aunque sea un debut, y desde Guatambú hasta hoy has publicado de manera continua. Si algo une a tus libros es un proceso de construcción en el cual el poema, en muchos momentos, aparece en la medida que deja de ser poema –de acuerdo con los estereotipos- para acercarse a lo que podría asumirse como un ensayo, ¿escribes ensayos?

Hablábamos en la pregunta anterior sobre la mezcla de discursos, que a veces se da como zaranda de géneros, ¿no? Nada nuevo, Maurizio, pero constante en los últimos tiempos. La poesía se alimenta incluso de aquello que parezca no ser parte de ella, dado los compartimentos estancos que previamente se dan antes de la lectura. La poesía traza una línea delgada entre la intensidad y la intencionalidad, y es esta última la que fabrica la dirección de todos los procesos creativos. Hablabas de mi primer libro, Guatambú, como un trabajo contradebut (disculpá el neologismo), pero era lo que podía ofrecer a mis 42 años de aquel entonces y con la experiencia de haber escrito mucho antes, aunque no me sentía con la solvencia necesaria para editar. Si no fuera por Reynaldo Jiménez y Aníbal Cristobo, ese libro aún estaría inédito. Lo interesante para mí de ese laburo es que están concentrados varios de los discursos, y recursos, que después pude trabajar, como una especie de laboratorio inesperado de lo que llegaría después, en otras publicaciones. Antes, mi escritura estaba contaminada de un nerudismo muy fuerte que, a pesar de haberme proveído un diccionario (Neruda es perfecto para eso, ni duda), me sentía ahogado como piojo nadando en una taza de vinagre. Después hubo otras lecturas, y leía poesía con una voracidad que no sé si hoy la conservo. Cuando me hicieron leer a Montale, ahí cambió mi encuentro con la escritura. Lo que quiero decir es que pude leer a un escritor que tenía no sólo sus herramientas a disposición sino que desarrollaba un mapa sonoro y de sentido como nunca había encontrado en alguien. Así se fue distribuyendo una serie de lecturas, desde Gelman hasta Pacheco, Lezama, García Vega, etc., donde me pude ver como un infiltrado que goza del voyeurismo de la lectura. ¿Qué otra cosa es leer sino convertirse en un fisgón del trabajo de otros, no? Y lo que conseguí interesar en mis escritos son los recursos que uno halla en la poesía de otros escritores, incluso con los que no comulga por antonomasia. Entonces, el recurso del pensamiento, el ensayo, la estructura filosófica, las veía como una extensión dinámica de un procedimiento que incluía la intervención verbal. En Guatambú, entonces, lo ensayístico comenzó a asomarse y a convivir con otras escrituras, estilos, formas de asomarse a la práctica de escribir. A veces veo a mis libros como una serie de mecanismos que hicieron arribar, en silencio, a mis últimos trabajos, como una manera de ensayo, justamente, y error, pero escribiendo hacia adelante y sin acomodarme a fórmulas ya domesticadas. Siempre me interesó escribir ensayos, y lo siento como una proyección necesaria de la creatividad. Se trata de ensayos literarios, no académicos, cabe aclarar, porque tiene mayor licencia que un escrito duro destinado a una edición universitaria. Es una forma de confluir la fluidez con la fijeza, así lo veo. El ensayo literario ayuda a reflexionar sobre la escritura. Al escribir sobre otro escritor o sobre un libro determinado, siempre se cuelan funcionamientos parentales, algo que hace ligar una escritura con la de uno. Además, veo al ensayo como otro género de ficción, donde se pueden elaborar lecturas que te lleven a posicionamientos y asociaciones a las que no se estaba acostumbrado llegar. Una lectura y su desarrollo en un escrito es un modo de poblar las ideas y de mejorarlas, o mejor, aumentarlas, pero sin conocer adónde es la meta, cuál será la conclusión. Por eso el toque ensayístico de algunos poemas míos se incorporan a los textos, ya que poema y reflexión son parte de un mismo sistema de referencias.

Dado que “apareces en la escena” casi como en un destiempo, creo que valdría la pena hablar un poco de tu relación con ésta, ¿cómo ubicarse, si es que uno se puede ubicar, con quiénes dialogar? ¿Fue difícil haber aparecido cuando tu generación ya se había consolidado, a punto tal que, incluso, ya  se hablaba de ciertas voces como las “consagradas”?

Empiezo por lo último: fue difícil, y mucho, ser un escritor de poesía que no había “cumplido” con el ritual de ser un joven édito. Sin embargo, ese supuesto “desfasaje” (que vos le llamás “destiempo”) me hizo leer no sólo a poetas y narradores que uno admiraba, sino también a mis contemporáneos. Esa lectura en presente continuo me dio la posibilidad de resguardarme de cualquier novedad de estilo, y de elegir cómo y de qué manera escribir, sin estar atado por necesidad a ninguna escuela o método. Después de publicar mi primer libro, conocí a gran parte de mi generación, que por lo general son un poco más jóvenes que yo. Tengo una relación de amistad y de respeto con la mayoría de ellos, así que el tiempo que pasé sin publicar lo gané en escritura y paciencia. La verdad es que nunca me sentí que debía responder a una determinada generación, como si uno siguiera una carrera donde estar en determinado momento te garantizaría compartir un escenario en conjunto. Pero lo que sí siempre intuí es que el camino de escribir tiene que tener una necesidad anterior a la edición. ¿Qué quiero decir? Que un escritor no debe distraerse en buscar, procesar influencias, garabatear, pensando en que haya una posible respuesta futura a esos intentos. Nadie sabe cómo llegan nuestros trabajos a la lectura del otro, pero sí que el exceso de ese resto de esfuerzo es sustraído cuando eso se convierte en libro, después en obra. Nunca creí que llegar después me hubiese privado de un antes, y lo digo no sólo por mis libros, sino también por la relación con mis contemporáneos. Cuando me encuentro con escritores que tienen incluso menos edad que yo, pero que editaron mucho antes que apareciese mi primer libro, siento que estamos hablando un mismo idioma, un idioma empírico, de eso se trata, porque lo que interesa es que tipo de recorrido con la escritura se hace y no la cosa cuantitativa. Eso siempre lo tuve en claro.

¿Te has planteado “cómo serían las cosas” de haber publicado, digamos, 10 años antes?

Tal vez mi escritura hubiese ido por carriles muy distintos. Sigo teniendo una relación de distancia con lo que vos llamás la “escena”, pero es una distancia muy diferente a lo que puede ser un preconcepto sobre ella. Lo cierto es que me gusta elegir los momentos de aparición o desaparición, y aquello de estar en todos lados al mismo tiempo siempre lo vi como una forma de narcisismo, que puede llevar a la parálisis creativa. Me interesa eso de escribir sin que haya un origen, aunque no reniego de ciertas tradiciones. A veces pienso que la llegada de internet solucionó el modo de relacionarme, no sólo con los escritores, sino también con los editores, y que parte de mis libros jamás se hubiesen editado sino fuera por ese interpósito flujo electrónico. Fijate que allá por el años 1999 ó 2000, empecé a trabar relación con José Kozer vía mail (alguien que vos conocés bien), o con Víctor Sosa, Reynaldo Jiménez, o Eduardo Espina, con Daniel García Helder, o Daniel Freidemberg, con el editor y queridísimo amigo Gustavo López, Daniel Samoilovich, etc., y allí, en ese intercambio, se me abrió un toponimia diferente a lo que sucedía en aquel presente: me sentía parte de una experiencia de comunicación y de comunión de escritura (más allá de las sensatas diferencias de procedimientos) que derivó en que se pudieran ramificar las influencias. Entonces, más allá de mantener muy buena relación con todos ellos, estaba y estoy muy cercano a trabajos no sólo de escritores de mi edad sino también a los más jóvenes, de los que se aprende y disfruta, como si fueran una continuidad en la complejidad.

Me pregunto, ¿alguna vez te asaltó la idea de no estar escribiendo poemas?

En los últimos libros ese concepto de obra conceptual se hizo cada más patente. Pienso, a diferencia de algunos colegas, en un libro, y de acuerdo al tema se va desplazando el tono. Salvo estos últimos que escribí y que algunos publiqué (Hotel Babel, Piazza Navona, Noticias de la belle époque, Nervermore y Yo no tengo perro), los demás libros son cápsulas de funcionamiento que hacían avanzar, así lo creo, la escritura hacia lugares a los que no estaba acostumbrado manejarme. Son poemas, claro, por el corte del verso, por el trabajo con el espacio y básicamente por el tiempo, por el abordaje temático, pero también veo a los libros míos como bloques intercambiables y de una unidad dudosa, en el sentido que no existe en mi caso una preocupación porque la forma se mimetice con el sentido. Muchas veces, respondiendo a tu pregunta, no veo dónde cesa el poema y dónde comienza un proceso narrativo. Alguna vez, ante una pregunta de Osvaldo Aguirre para Diario de Poesía (una revista que marcó un antes y un después en la poesía argentina y de gran parte de América Latina) contesté que me sentía como un novelista que escribe poemas. Desde ya, es una exageración, pero esa respuesta ponen en dimensión lo que a muchos nos pasa: que estamos muy cómodos en trabajar desde sitios indiferenciables. Por eso es muy común en mis textos que aparezcan colgajos de diálogos que no necesariamente sigan el decurso del poema, sino que son incrustaciones autoimpuestas con el fin de interrumpir el hilo ontológico de lo que se escribe, dejando por momentos zonas de vacío de sentido, para después retomar. Es como si dobláramos al poema y sólo leyéramos una parte de ese doblez, para después seguir con su anverso. Eso me interesa, hace que la lengua se mantenga viva, porque lo que hace que el lenguaje se vuelva dinámico es su grado de dificultad. Eso no lo inventé yo, desde Dylan Thomas hasta Ashbery hay ejemplos de sobra. Lo que ocurre ahora, y lo veo en las últimas camadas, eso se ha hecho más natural. Hay una absorción muy marcada de lo que fueron las vanguardias (sobre todo la de principio del silo XX, la experiencia concretista, el neobarroco, el objetivismo y también del arte pop) y pone todo en el único campo de disputa posible: la lengua.

Alrededor de tu escritura parecen abrirse universos paralelos –amén del político, claro está-,  yo distingo nítidamente dos: el filosófico y el cinematográfico. Me parece, incluso, que  tuvieran un “peso” mayor al de lo literario. ¿Cuál de estos universos sería el más propicio para acercarse a tu obra?

Tal cual. El discurso filosófico, que a veces se afilia al tono ensayístico (por ejemplo, en El pronóstico de oscuridad), me parece no sólo un recurso más de la escritura, sino que a veces auxilia esos rasgos de lirismo que pueblan en todos los poemas. No es que demonice el lirismo, nada que ver, sino que, en mi opinión, un poema debe buscar equilibrio incluso desmintiéndose. La frecuente alusión al cine tiene que ver no sólo con una cuestión de gusto. A mí me parece que la poesía y el cine son parientes muy fraternales, sobre todo porque hay en el cine un procedimiento semejante al de la poesía contemporánea. Cuando uno ve una escena donde una persona se baja de un auto y en el siguiente fotograma está en un departamento y esa persona está bebiendo un café en soledad, no nos importa si subió por escalera o ascensor, sabemos cómo llegó sin importar los pormenores. A eso le llamo el detalle, justamente, porque la poesía no informa ni comunica sino que sugiere desde una imagen  que se va constituyendo a medida que se lee, traspasada por los sentimientos y el sonido que esto provoca. Y se conforma como detalle por la misma razón que la poesía no tiene necesidad de describir ni apuntar montada en una situación general, o sobre una especie de efecto-paisaje, sin pliegues ni cesuras, porque lo que interesa de cualquier poema es cómo leemos desde los huecos de la lengua. Desde ese lugar recomendaría, al que le interesara leerme, que asuma la lectura de cualquier libro mío sin preguntarse qué tiene entre manos; que se sumerja sin preaviso. Las mejores experiencias que tuve leyendo poesía se dieron cuando no me puse a pensar qué cosa nos está diciendo determinado texto. Sumergirse en la escritura del otro es una experiencia que no tiene que ser por qué un placebo, o aliviar algún dolor particular. Ese preconcepto sobre la poesía me parece totalmente desterrado por las últimas generaciones. Ya el lector carece de inocencia, a la par de los autores.

Bonus track: https://transtierros.org/2017/08/31/2-poemas-de-tres-impresiones-de-mario-arteca-adelanto-anosluz-editora/

 

 

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