Presentación de “Tres impresiones”, de Mario Arteca. Buenos Aires, 1/12/2017 /Diego L.García

Escribí una reseña sobre Tres impresiones (Añosluz editora, 2017) para la revista Jámpster en la que utilicé como epígrafe una cadena de citas sobre la idea de revisión. Un disco de Bob Dylan que se inspira en un poema de Pessoa y una apreciación de Philip Larkin sobre esa obra del músico Nobel de literatura.

El verso de Pessoa dice: “¡No me vengan con conclusiones!”. Creo que en ese artículo no lo dije, pero esa expresión funciona como una especie de arte poética para Mario.

Citaré algunas partes de ese texto (con el agregado de nuevos apuntes):

Se trata de tres libros reunidos: La impresión de un folleto, Hexágono y Diagonal, Nuevas impresiones, en los que el centro gravitacional es la pintura. Ahora bien ¿qué pintura? Esta pregunta, más que conducirme a enumerar a los artistas que toma el autor, me lleva a otra de sus caras que es la de indagar: ¿qué escritura? Lo pienso como un camino escurridizo por donde se gambetean grandes masas de discurso precocidas. Podemos pensar en un catálogo como aquello que sobrevive a su evento; un acto programado para desaparecer pero que resiste en un ritmo diferente. Un folleto del Instituto Di Tella de los años 60 ya no cumple su función original y así se aprecia una sustancia tras-técnica, impropia de todo. No se trata de “descripciones” de los cuadros ni de miméticas incursiones en las voces de los escritores evocados sino de estar del otro lado de la cinta que dice “no pasar”, y desbordar incluso al poema como tal.

Veamos unos versos:

Y comiendo helados, chupetines,
pequeñas piezas de ensamblado posible,
proyecciones golosas llamando
una sensualidad sin sentido.

Estos versos pertenecen a “PINCHAS BURSTEIN (MARYAN) por Dennis Adrian / Uniformes irreconocibles. Óleos”.  El pintor polaco conocido como Maryan que estuvo en Auschwitz y el crítico de arte Dennis Adrian tienen el mismo valor que “proyecciones”, “golosas”, “sensualidad”, “sentido”; es decir, no son voces ni citas incrustadas (y si lo fueron ya han dejado de serlo), sino piezas de una escritura donde las jerarquías se ubican en el efecto del lenguaje como presente. La poesía de Arteca no se sostiene en un encofrado de referencias consagradas. Las palabras en el poema no responden a leyes exteriores, son en ese sentido “disfuncionales”, su razón no es la de un análisis filológico.

Un material inválido es puesto a andar, repuesto, oído como un disco viejo. Cito un fragmento que me parece fascinante:

Máquinas tragamonedas, carteles, televisores,
films, revistas, catálogos de venta por correo,
displays de alimentos. Desde la crisis, el arte
no conoce motivos más locales, y en realidad
las obras recientes están envueltas en un aura
nostálgica, perteneciente a la época en que
se desarrolló la infancia de los artistas modernos.
Técnicas de comunicación. El aspecto de mayor
interés es la actitud hacia el motivo.

Hay un planteo sobre la comunicación. El arte al que se refiere acá fue pionero en la deconstrucción de una cultura comunicacional caduca. La síntesis, la mixtura, la velocidad, el placer son algunos de los elementos que se introdujeron y que estos poemas captan con la necesaria espontaneidad para que allí pueda encontrarse belleza.

Como preludio a las Nuevas impresiones, se habla de lo panorámico y del canon (como composición musical). Dos procedimientos o direcciones para tomar una ruta imprevista: la sucesión abarcada y el contrapunto o rebote. No hay un plano trazado como estadio previo sino un hacerse perpetuo. Las impresiones son tramos de un visitante que entra y sale de cuadro: tramos intermitentes, porciones de un participante casual. El canon puede ser un retorno infinito que apunta a lo que Arteca en un ensayo ha denominado “el segundo asombro”[1]. Se trata de una segunda capa en la experiencia de lectura (o autolectura) en la cual el sujeto debe poner en práctica una arqueología estética. Tras la primera conmoción, evanescente, entra en juego el descarrilamiento verdadero. Cito ese trabajo:

“Más allá de todo esto, la escritura no se vuelve carga trágica, sino continuum, o en términos plásticos, all over, que es una técnica utilizada por los expresionistas abstractos norteamericanos, algo así como una cobertura ampliada de la superficie. (…) hay una mixtura a primera vista, por lo que el lector se ve obligado no a elaborar un texto (segundas lecturas, etc.) sino a acondicionar su mirada fuera de los arquetipos funcionales de cualquier disfrute de un poema.” (El segundo asombro).

En estos términos Arteca piensa la poesía de John Ashbery. Una escritura sin “carga trágica”, sin conclusiones, que de alguna manera sintetiza lo mejor de su propia poesía.

Para terminar, de entre las joyas de este libro me daré el gusto de elegir otro texto (en voz del artista húngaro Víctor Vasarely):

 Víctor V.                   

 

Una nota: “… no podemos dejar el disfrute
de la obra de arte a la élite de los expertos.
El arte presente se transporta hacia innúmeros,
a deseos donde el arte de mañana será tesoro
común, o no será. Las tradiciones degeneran,
las formas usuales decaen en vías por un instante
condenadas. El tiempo juzga y elimina, mientras
el renacimiento pasa por una ruptura en la aserción
de lo auténtico, y viaja hacia una ilusión discontinua.
Doloroso, sí, indispensable, como abandonar antiguos
valores y garantizarse una ética, u otra estética,
y asimismo cambiarlas en el ojo de un remolino
ya deshecho por la idea de una obra que no resiste
planteo artesanal. El mito de la ‘única parte’,
la concepción misma de pasatiempo y desarrollo,
cede ante una imagen fija en dos dimensiones
mientras desarrollan idénticos Lascaux. Así el futuro,
y esas formas donde la belleza se reserva inmóvil
para un puñado, antes de batirla bien y sacudir”.

 

 

[1] Arteca, Mario, “El segundo asombro”, en: ¿Quién habla en el poema?, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2013.

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