Zurita/ Maurizio Medo

Zurita dijo que no.

Le comenté que si algo había sabido de él fue, hace muchos años atrás, gracias a la revista Hueso Húmero.

Zurita dijo que no. Pero insistí tanto que él titubeó.

—Sí, fue en esa revista —sentencié.

Hoy, gracias a una crónica de Róger Santiváñez, lo confirmo: la primera vez que leí algo de Raúl Zurita fue gracias a la publicación de El desierto de Atacama en esa, para nosotros, histórica revista.

Santiváñez cuenta: “…fue algo sintomático —para mí— que Antonio Cisneros —a la sazón mi profesor y amigo—, uno de los principales exponentes del coloquialismo hispanoamericano, me dijera una buena tarde, mientras lo visitaba en su casa, refiriéndose al poema zuritense que acababa de salir en Hueso Húmero: “Esta es otra cosa”.

Pero como, en ese entonces, en los 80, para poder obtener información uno requería del mayor tiempo posible, y el mío era usurpado por la tiranía escolar —todavía era un alumno—, o se debía contar con el dinero suficiente para  cumplir con tal cometido, el cual tampoco tenía, al final uno se resignaba con saber ciertas cosas “de a oídas”.

Si algo supe después sobre Zurita fue nuevamente gracias a Santiváñez.

Róger había regresado de La Habana donde compartió algunos días con él.

“Ese patita tiene otro vuelo” alcanzó a decirme. Y como yo buscaba justamente eso, “otro vuelo”, uno distinto al del repertorio usual que, por ese entonces, ofrecían los poetas en boga, seguí con mis pesquisas infructuosas. La poesía en el Perú, como en la mayoría de países latinoamericanos, parecía un avestruz, el cual, tal vez, movido por una especie de pánico escénico, escondía la cabeza si no se encontraba con algo que no fuera otro avestruz.

Esa fue la razón por la que creí me tomaban el pelo cuando me dijeron que Raúl Zurita había escrito en el cielo de Nueva York su poema La vida nueva y que, para lograrlo, utilizó cinco aviones que escribieron con letras de humo blanco a 6 km de altura. Cada frase midió, aproximadamente, 8 km de largo y pudo ser vista desde muchos lugares de la ciudad.

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—Pero ese tipo está loco, ¿no? —observé entonces

Zurita no está loco, nunca lo estuvo.

Él buscaba, él busca aún, ir más allá del concepto establecido para lo “real” y, más allá también de todos sus límites y todas sus limitaciones. Siempre buscó acabar con ellos, demolerlos, para convertirse en parte de la escritura. Esta es para él la única dimensión válida y posible.

Alguna vez, con el poeta Diego Maquieira, nos cuestionábamos sobre la razón por la cual Zurita se exponía de tal manera, ya por entonces Raúl se traía el Parkinson encima, y no encontramos una respuesta convincente. La interrogante quedó flotando: ¿por qué se expone así este loco de mierda…?

—El Zuru eligió ese camino, Mauro —me dijo Eduardo Milán— y lo seguirá haciendo, cueste lo que cueste.

En 1994, Raúl Zurita visitó la ciudad de Lima. Yo aún vivía en la ciudad. La curiosidad por conocerlo era muy grande. Pero no pudo darse el encuentro.

Poco antes, en 1993, a 57 km al sur de la ciudad en Antofagasta, en pleno desierto de Atacama, Zurita había realizado un geoglifo con la frase “Ni pena ni miedo” (3.154 metros de largo, 400 metros de ancho y 2 metros de profundidad). Para conseguirlo utilizó, nada menos, que una excavadora.

 

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En ese lejano 1994, el encuentro con Zurita no se dio básicamente por mi fobia ante el establishment, pese a que, por ese entonces, me las ingeniaba para vivir a sus costas. Yo trabaja como periodista cultural pero, a decir verdad, sobre la visita de Raúl no supe, o no se dijo mucho. Sólo algo sobre un encuentro “muy tenso”, como me dijo Willy Gómez Migliaro, entre Zurita y el gran poeta peruano Juan Ramírez Ruiz. Ocurrió en el bar Queirolo de Quilca. Zurita y Ramírez Ruiz, estuvieron frente a frente, sentados en la misma mesa. Nunca se hablaron. “Parecían dos bestias, una parecía intuir la fiereza de la otra hasta que el instinto las hizo paralizar”, me dijo Willy, quien fue testigo de este hecho,

He recordado todo esto al recibir un e-mail. Un poeta español me pregunta sobre mi teoría sobre la presencia de la hamartía en la poética de Zurita. “Yo no soy ningún especialista en la obra de Zurita”, le he respondido. “Sólo soy su amigo”. Nunca creí que respondería así. Y no para referirme a una de esas patéticas relaciones, surgidas por algún interés particular. Hablo de una amistad que surgió desde que comenzamos a leer juntos las “marcas de papel” que la poesía peruana pudo ir registrando a través de su historia.

El trabajo fue por encargo de una institución estadounidense.

Debíamos hacer una “antología” —eso nos pidieron. “No, decir antología es muy pretencioso. Sólo una muestra”, respondimos. Había que ingeniarse un “modo” y esto derivó en un frenético intercambio epistolar.  Pero como lo que había que decirse, y lo que se fue descubriendo en la marcha —pese a que el resultado, el libro en sí, no refleje todo lo que implicó este proceso, y resulte apenas digno—generó en ambos el deseo por conocernos.

Ludy y yo recién habíamos llegado a esta casa, mi casa.

Zurita y Paulina, su esposa, habían iniciado su relación.

Era uno de esos momentos, digámoslo así, poco propicios para pensar en “conocerse entre poetas”. Sin embargo, un día, fui yo quien le preguntó con la mayor naturalidad:

—Oye, ¿y por qué no te vienes aquí a casa unos días y conversamos?

—Perfecto, en marzo, ¿puede ser?

Poco después Ludy  empezó a  poner todo en orden por si esto realmente ocurría.

— ¿Crees que vendrá así por así? —me preguntó.

—No lo sé.

Lo sabríamos poco después.

Aquella vez, Zurita se hospedó en esta habitación, mi “taller”, como la bauticé. Fueron varios días y durante ese tiempo —que resultó breve— él fue uno más en la casa, como si siempre hubiera vivido aquí.

Es cierto, como contaba que antes de su llegada, Ludy y yo estábamos nerviosos, ¿se sentiría bien aquí? Pero esa tensión recién alcanzaría el clímax uno o dos días antes de su llegada.

Recibí un email:

Querido Maurizio, esta vida es alucinante. ¿Te acuerdas que te dije en un mail de la mañana que iba a manejar con cuidado para llegar a Arequipa? Fue como un presentimiento. Bueno, a las 16:30 de hoy, de vuelta de donde Nicanor, a 120 km. por hora ME QUEDÉ DORMIDO, ME DI VUELTA, SALTE LA BARRERA DE CONTENCIÓN Y TERMINÉ A DIEZ CENTÍMETROS DE UN CANAL AL OTRO LADO, VOLÉ Y CAÍ DERECHO.

Y NO ME PASÓ NADA.

EL AUTO QUEDÓ HECHO PEDAZOS, SALTARON LOS VIDRIOS Y LA PUERTA DE MI LADO Y NO ME PASÓ ABSOLUTAMENTE NADA.

ALGO O ALGUIEN QUERÍA QUE NOS JUNTÁRAMOS EN AREQUIPA.

RECIÉN HABÍA PASADO A OTROS AUTOS Y EN ESE INSTANTE NO VENÍA NADIE EN LA CARRETERA, NINGÚN VEHÍCULO EN SENTIDO CONTRARIO. VOLÉ, LITERALMENTE VOLÉ.

CUANDO FINALMENTE EL TORBELLINO SE DETUVO, SEGUÍA TODAVÍA EN MI ASIENTO CON UN MONTÓN DE VIDRIOS, SENTADO, CON LAS MANOS AL VOLANTE. EN ESO VI UNOS NIÑOS QUE VENÍAN CORRIENDO, DESPUÉS OTRA GENTE QUE VENÍA Y YO LOS MIRABA A TODOS SENTADO AL VOLANTE, MUY CORRECTO, CON EL CINTURÓN PUESTO.

NADA, NI UN CORTE, NADA.

ACABO DE LLEGAR A SANTIAGO.

AHORA ME VOY A MI CASA.

Detengo un instante esta crónica. Me dirijo hacia los estantes de la  biblioteca. Busco el libro de Don Nicanor, Rey Lear & Mendigo. Han pasado los años —casi una década— y, puedo jurarlo,  aún caen esquirlas de vidrio, como si estas se hubieran resistido a desprenderse, a pesar del tiempo transcurrido.

Desde el aeropuerto de Lima, horas antes de llegar a casa, Zurita, algo más recuperado, me explicó que “…el auto, bueno, el costado izquierdo parece un bandoneón, pero arrugadísimo. Saltó, además, la puerta de mi lado. Todas las ruedas reventadas, ningún vidrio. Pero como no fue frontal, el lado derecho impecable, una pequeña magulladura. Obviamente el auto no estaba asegurado. Y aunque hubiera sido así, tenía el carnet de manejar absolutamente vencido. Afortunadamente los policías no me jodieron con eso porque entre los que pararon había un abogado de la zona, aficionado a la poesía, y otros ángeles custodios que aparecieron en ese mismo momento. Todos querían calmarme. Decían que “el de arriba” no había querido cargarme y me pasaban y pasaban vasos con café, que traían no sé de donde, cargadísimo, por si me hacían la alcoholemia. En realidad había tomado muy poco (dos vasos de vino con Parra) y sólo fue el sueño que me da esa hora, pero que me da sólo si no tengo donde dormir —si me acuesto no duermo. Unas señoras se persignaban. Otros decían que “las latas eran sólo latas”. La verdad —te lo juro— era yo quien quería calmarlos. Yo estaba contentísimo porque desde hace años que sabía que me iba a pasar (me he quedado microsegundos dormido manejando muchas veces, pero siempre alcanzaba a despertar a tiempo) y ya, finalmente había sucedido, pero yo estaba ileso, con una alegría que nadie podría en ese momento haber comprendido. Después el abogado tenía un papá de mil años, médico con una consulta, y me llevó para que me tomara la presión. Lo hizo. Me dijo que tenía la presión de niño de 12 años y salí más contento todavía.”

No importa sobre qué hablamos o sobre qué dejamos de hablar durante esos días. Sí que gracias a ellos, Raúl y yo recuperamos algo de lo que creímos haber perdido, en momentos y circunstancias distintas: la idea viva de los compañeros de ruta y, con ella, la de lo humano, en su forma más bruta y genuina: la amistad.

Fue tal la sintonía que decidimos inventarnos otro encuentro. Esta vez sería en su casa, en Santiago de Chile. En realidad, no me interesaba conocer Santiago —hoy mismo no me gusta esa ciudad. Simplemente, adonde quiera que fuese, para mí de lo que se trataba era de retomar los hilos de una conversación, aunque ésta jamás se había interrumpido, lo cual, claro, resulta paradójico, pero funciona aun así. Incluso lo expresamos públicamente cuando, tiempo después, en un Chile Poesía, se nos preguntó si solíamos mostrar nuestros textos a alguien antes de publicarlos, y ambos nos señalamos de la manera más franca y conchuda. Es decir, hablábamos, y seguimos hablando, cada vez que se nos da la oportunidad, sobre “nada” o sobre algo, como lo es la escritura. Pero hay algo en lo que quiero ser muy claro: Zurita tuvo el don particular de hacerme creer en ella, la cual, la mayoría de veces, en el Perú pasa de incógnita. Aunque, sí, lo admito, para los “críticos” mi escritura puede resultar molesta, y ser una de aquellas de las que se prefiere no hablar.

“Justamente porque es importante y eso no conviene a muchos”, me decía Raúl.

Cuando nos conocimos yo estaba por terminar Manicomio, un libro cuya primera edición fue posible gracias a su gestión y respecto del que, cuando me venía la depresión —tal como pasa con esos títulos que parecen querer desgraciarnos—, él me animaba: “Vamos Mauro, libros así se abren camino por sí solos. No necesitan de la ayuda de nadie”.

Por entonces Zurita había publicado LVN: el país de tablas, con la editorial de Chico Magaña, Monte Carmelo. Tuve el honor de escribir el prólogo de esa edición. Luego aparecerían Los países muertos y varios otros títulos, con los que Raúl empezó a gestar un sueño, el ZURITA —para mí el libro más importante escrito en lengua castellana en lo que va del siglo. El hecho de haber sido testigo privilegiado de su proceso es para mí algo que no tiene precio.

A través de la amistad con Zurita —si es que ésta fuera un lugar— aparecieron otros habitantes: los poetas de la Novísima chilena, algunos peruanos, Eduardo Milán —para mí lo más parecido a lo que es, o debería ser, un maestro, debido a todo lo que influyó en mí— y otros más jóvenes, especialmente mexicanos: Ernesto Lumbreras, Alejandro Tarrab, Rodrigo Flores…, pero si alguien aparecía y desaparecía, para alcanzar siempre un protagonismo, tan extraño como notable, ese fue Nicanor Parra.

“Estuve con Parra. Me preguntó por ti, puta, qué memoria de este viejo, y te iba a falsificar una firma y una dedicatoria para él y entregarle de parte tuya El hábito elemental, pero justo cuando estaba por hacerlo alcancé a fijarme en el epígrafe que usas de Rojas. ‘Mierda, sonamos’, me dije. No tenía una gillette a mano para sacarle la hoja. Lo haré la próxima.”

Cada tanto Don Nicanor volvía a aparecer de una forma inesperada, como lo hacía Hitchcock en medio de sus filmes. Pero, entre todas sus apariciones, recuerdo especialmente una, la misma que impactó de sobremanera a Raúl:

“Querido Maurizio, fue un fin de semana angustioso, llevaron a Parra de urgencia el sábado por la noche a una clínica y me pasé prácticamente el fin de semana con él. Lo han operado tres veces de la próstata —tiene 90—, pero pasado el susto parece que ya está listo y no van a tener que operarlo más.

Insisto que este tipo es alucinante. Cuando entré me dijo:

—Hola, soy un moribundo buena onda.

Y de allí una larga cátedra acerca de los moribundos mala onda —ejemplo, Lihn que se murió refunfuñando y alegando—. No, él es un moribundo buena onda, pegado a su cuaderno donde anota todo y me muestra. Mira mi epitafio, lo acabo de hacer:

EPITAFIO
LO PEOR YA PASÓ
MAYOR HUMILLACIÓN QUE EXISTIR NO HAY

Luego, largos capítulos sobre su vida, sobre su infancia y rivalidades, Neruda y sobre todo su negativa a leer todo aquello que tenga pretensión artística. ¡Ya no —gritaba—, ya no más cosas con pretensión artística! Salvo ésta y ¡zas!, suelta un poema de Blake en inglés de memoria. Luego otra larga cátedra de por qué la decadencia comenzó con Homero.

Gran ejemplo —según él— de lo que carece de pretensión artística:

La mujer del carpintero
se fue con un principiante
porque el maestro que tenía
ya no aserrucha como antes

—¡Eso, eso! ¡Qué maravilla, carece de pretensión artística!

Otra frase que lo tenía alucinado porque era probable que lo operaran de nuevo:

EN ESTOS CASOS SE RECOMIENDA LA EXTRACCIÓN DEL MIEMBRO VIRIL.
MEJOR SOLUCIÓN QUE ESA NO EXISTE.

Pero todo esto en una clínica —tiene 90 años—, donde efectivamente se puede morir.

Acabo de despegarme de él, comimos helados. Tuve que dejarle mi lápiz porque se le acabó la pasta al suyo y al final:

—¿Te acuerdas que te recomendé como título para el Purgatorio MEIN KAMPF?   —Era verdad, estuve a punto de ponerle ese título, pero el poeta Anguita me disuadió, así que seguí con Purgatorio. Que MEIN KAMPF lo use él, a ver si se atreve, pensé. —Podría haber sido ¿ah? —me dice, y veo que este viejo se acuerda hasta de los suspiros.

Ojo, estamos hablando de hace 30 años. Y, una vez más, en los 35 años que lo conozco a él solo podría decirle: eres impresionante querido viejo loco, viejo loco de mierda.”

Si Zurita admira así a Parra —además de por su escritura— es por una de las razones que, precisamente, hacen que yo le admire a él: es una de las pocas, poquísimas personas, cuya pasión por la escritura es mayor que el peligro al que pudieran enfrentar.  Esto pude confirmarlo un 31 de octubre de hace varios años. Zurita había dejado de enviar señales durante algunos días, era algo raro.  De pronto llegó un email explicándome la razón:

“Te cuento una policial querido Mauro. Anoche, en la más dura, nos asaltaron en casa a las 11 de la noche. Yo estaba solo con el niño más chico y a la Paulina la encañonaron cuando entraba el auto. Entraron así. Eran seis tipos con máscaras de Halloween y todos con pistolas. Nos amarraron y nos cubrieron con una frazada, pero no nos hicieron nada fuera de los empujones. Se pelaron el auto, tres computadoras, unas cuantas huevadas más: equipos de música, DVD, ‘joyas’, pero lo que no cacho es que se hayan llevado mi cagada de celu que era del año de la corneta. Como uno es muy loco yo recién había terminado un poema y como me iban a pelar el compu lo recitaba de memoria mientras nos asaltaban para que no se me olvidara. La gran suerte es que la hija mayor no estaba, se había quedado a dormir con una amiga, porque allí el cuento podría haber sido totalmente otro. Tiene 16 años y es muy bonita. Menos mal. El pendex chico me impresionó, no se le movió un pelo. Hoy día almorzamos fiado en un restaurante de cerca porque nos dejaron 0 absoluto.

Nada hermanito, te lo quería contar porque con todo, fue emocionante.”

Apenas leí el e-mail, que más tarde aparecería en The Clinic, le llamé y, efectivamente, “había sido emocionante”, tanto como lo pudo haber sido volar juntos sobre los acantilados, con un fotógrafo para realizar algunas tomas panorámicas, aventura que nos queda pendiente y que, espero, algún día se nos dé.

Ahora —ya ocurrió antes—, el poeta español me ha preguntado si para mí Zurita es una influencia. En algunas ocasiones he sonreído, en otras he retrucado cínico, pero, finalmente, la respuesta que doy es, y será siempre la misma:

Zurita está más allá de eso.

 

 

 


 

 

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