Un manicomio, el periódico, Martín Adán / Maurizio Medo

Crecí en una casa que pareció haber sido arrancada del siglo XIX. No solo por las cariátides finamente labradas que uno podía admirar, después de ingresar a la sala principal, adonde uno, sorprendido, se encontraba con una colección de huacos prehispánicos, la mayor parte de ellos desenterrados por mi padre en los alrededores de la hacienda Santa Ana, ubicada en Casma, en el norte peruano. De pronto, los ceramios parecían confundirse con una extravagante variedad de instrumentos musicales, algunos de ellos colgado de las paredes, desde un banjo hasta un gong;  había también un arpa china, un aetérfono, una gaita, dos bandeones y distintos tipos de acordeón. Resultaba improbable que la atención de los visitantes permaneciera indiferente frente a todo ese exceso ornamental. Iba más allá de lo barroco. Era barrococó, diría mi amigo Eduardo Espina.

Comento esto pues el hecho de haber crecido en un lugar así provocó que muy pocas cosas tuvieran para mí el don de poder sorprenderme. Sin embargo esto cambiaría a raíz de mi primer trabajo en la casa del filósofo Alberto Benavides Ganoza, el Centro Cultural “Antares, artes y letras”. Entre los muchos objetos que uno podía encontrar en la oficina de Aberto había una vieja máquina Underwood y, junto a ella,  unas gafas, cuya medida era, más o menos, similar a la de un telescopio. Habían sido de Martín Adán, hecho que las convirtió para mí en un auténtico ícono, no de alguna religión en particular, sí, tal vez,  de la Humanidad.  Martín Adán para mí fue un hito.

Fui rival de un muñeco de trapo y celuloide que no hacía sino reirse de mí con una bocaza pilluela y estúpida. Tuve que entender un sinfín de cosas perfectamente ininteligibles. Tuve que decir un sinfín de cosas perfectamente indecibles. Tuve que salir bien en los exámenes, con veinte – nota sospechosa, vergonzona, ridícula: una gallina delante de un huevo-. Tuve que verla a ella mimar a sus muñecas. Tuve que oírla llorar por mí. Tuve que chupar caramelos de todos los colores y sabores.

Vale decir que la casa también fue el escenario de hechos muy dramáticos, los mismos que generaron conozca la depresión desde una edad muy temprana. Las continuas discrepancias entre mis padres empezaron a arrinconarme contra las cuerdas de una fulminante soledad, a la que, si debo algo, fue descubrir la escritura como una realidad alterna, cuyo poder era tal que, sólo a través de ella, podía experimentar una suerte de anábasis, la misma que me libraba de la oscura sensación de encontrarme en una especie de estercolero existencial. Esto era tan vívido que, en determinado momento,  ya no pude resistir más la sola posibilidad de abandonar mi habitación, allí me sentía a salvo. Si lo hacía era solamente con el propósito de huir de lo que, para mí, fue un erebo doméstico, y perderme por las calles de Santa Beatriz, mi barrio. Si bien Santa Beatriz fue lo más semejante a una patria, ruda pero con el alma limpia, en ese entonces pareció aliarse con la conjura que me perseguía, y tuvo la maña para estrujar mi corazón con dramatismo de tango, después de conocer el mal amor a través de una chiquilla, cuyo nombre pronto se desvaneció el viento. Sin embargo, en su momento, tal hecho terminó de abismarme dentro de mi celda. Pero en los albores de los 80  la palabra depresión, dicha así, de relancina, era solamente una “cosa de muchachos”, y, por ende, no existía, al menos no con la seriedad necesaria como para ser tomada en cuenta. Ese monstruo se me había venido encima y, creía yo, que sólo a través del laberinto que empezaba a serpentear a través de la escritura, podía librarme de sus emboscadas.

¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.

Dado que mi padre jamás ni siquiera sospechó los diversos sentires de mi educación sentimental, al saber que transcurría buena parte del tiempo encerrado en la “celda”, y muchas veces lloroso, con los ojos enrojecidos a causa del mal amor,  inmediatamente especuló: “son drogas” y, de súbito, sin que mediara algún diálogo, dijo a mi madre —una psicóloga clínica — que resultaba urgente que tomar alguna medida. Debo decir que, al menos en ese momento, con apenas 17 años a cuestas, aún no sabía nada sobre las drogas, para mí había cosas mucho más trascendentes. Mamá lo sospechaba pero ¿cómo iría ella a darle la contra a alguien que se jactaba de tener a  la verdad como su compañera?

Una tarde de abril de 1982, mi padre me advirtió: “seguirás un tratamiento para que sanes. Te irás unos días”. Fui sometido a una “rehabilitación”, y como lo demostraron los exámenes a los que fui sometido, no fue  del uso de drogas, como él creía. Hoy me gusta creer que dicha “rehabilitación” en realidad fue del peso plúmbeo de ese mal amor.

Manicomio del alba asilante un lucero
friolero, adormilado, tan ave todavía…
-Apenas a la tarde se pone luz, ap-te-ro,
cuerdo, inmóvil, etcétera, a toda celestía.

 

 

Manicomio

 

 

Ingresé al SEM[1] . Me detuvieron en la antesala del panóptico. Tenían que comprobar que “entraba limpio” y, después de catearme como a un criminal y convencerse, la enfermera, una mujer con alma de sabueso,  me obligó a tragar una copa de pastillas que me conduciría a una cura de sueño. Apenas puedo recordar la sensación de ir desvaneciéndome en pleno almuerzo, llamaban así a una miserable caigua rellena servida con una guarnición de arroz, el cual parecía ser más una asquerosa masa de engrudo,  y, luego, ya casi entre brumas, a  un recluso, bastante mayor que yo, quien apareció en mi habitación solo para decirme: “chiquillo, ya caíste. Estás cagado”.

Mamá, quien era la única que me visitaba,  me contó que ocho días después desperté. Apenas recordaba el rostro y el nombre de la fulana,  las muertes, las trifulcas  y todo lo acontecido. Sin embargo, me mantuve fiel a lo que deseaba hacer realmente —y de lo que hoy vivo— tanto así, que lo único que le pedí a mamá fue un cuaderno para escribir lo que sentía. Sin embargo el Dr. Arnaldo Cano ya me había advertido: “ahora viene la convalecencia”. Cano se refería a que, durante algunos días, mientras se bajaba las dosis de los fármacos, tendría que “socializar”, como advirtió también, con los pacientes, algunos llevaban años dentro.

 

 Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.

 

No me referiré a lo que significa vivir en una pintura de El Bosco. Pero fue así. El hecho es que mis “compañeros”, desde aquél que confesó estar poseído hasta el que sufría de un mal incurable, todos, al llegar a determinado tramo del pasillo, adonde una puerta permanecía siempre entreabierta, bajaban el tono de la voz advirtiéndose entre sí: “No hay que interrumpir al doctor”. “Cuidado, el doctor”, murmuraban. ¿Había que temerle?, ¿se trataba del encargado de la disciplina y quien decretaba los castigos? Nunca lo comprendí bien.

El tiempo no existe en un hospital psiquiátrico. Allí adentro solo se dura, ajeno a la supervivencia. Tampoco existen los nombres. Todos los pacientes son simples anónimos que existen sólo en su propio vacío.

Como dije, yo ya había recibido algunas visitas de mamá, mientras obedecía sumiso las “leyes” que regían ese infierno. Salvo en  las pocas horas que compartí con mi madre, opté por no hablar con nadie, tal vez a eso se reducía el hecho de “socializar”, a eso o aprender a estar dos veces callado, y más, cuando me tocaba pasar por ese oscuro tramo del pasillo,  pues me aterraba importunar al enigmático “doctor” y enfrentar sólo sabe Dios qué castigo.

Una mañana se develó el mito.

Yo estaba en el comedero y, de pronto, reconocí la figura de Juan Mejía Baca[2] al fondo de un pasillo. Parecía tramitar algo con el Dr. Cano. Me acerqué a él. Inmediatamente nos reconocimos. Don Juan era amigo de mi nonno y estuvimos al menos un par de veces en casa. Cuando me afanaba por explicarle la razón de mi estancia, de la que me avergonzaba,  tratara de un Don Juan me cortó de plano:

—A ver si me apoyas. Tengo un amigo aquí.  Te alegrará conocerlo. No ve bien y hay que leerle el periódico. ¿Podrías?

Luego de aceptar su pedido caminé con Don Juan por el pasillo hasta que, de pronto, se detuvo ante el umbral del lugar por todos temido, sí, el del “doctor”.

Yo me quedé inmóvil.

Juan Mejía Baca abrió la puerta.

—Pasa —me dijo.

En tanto tomaba valor para cruzar el umbral del lugar prohibido, Don Juan y él  conversaban. Yo apenas podía tragar saliva  hasta que me atreví a cruzar la frontera, la del “cuarto del doctor”. De pronto, como aparecido desde otro mundo, enfundado con un pijama claro, a rayas, descubrí que el “doctor” nunca fue tal. Me encontré cara a cara con Rafael De la Fuente Benavides, Martín Adán. Él sonrió. Juan Mejía Baca le había advertido: “cuando no me sea posible, este muchacho te leerá las noticias, es mi amigo”.

El poeta asintió.

 

ma2

 

Martín Adán era la antítesis de, se me ocurre, Leopoldo María Panero. Era un hombre elegante, aun cuando luciera sólo ese pijama a rayas. Hablaba desde un gesto, a veces dulce, pero altivo. Él decidió recluirse en el manicomio por voluntad propia e incluso cuando, hacia fines de los años 40, fue convocado por el Presidente Bustamante y Rivero —su primo— para trabajar como jefe de prensa del Palacio de Gobierno, rechazó el cargo: “Eso es pedirle a la oveja descarriada que vuelva al redil”, adujo entonces. Además tal responsabilidad le impedía cumplir con ciertas obligaciones: en el manicomio se almorzaba a mediodía.

La imagen que conservo de Martín Adán podría coincidir con la del testimonio de Pedro Casusol quien, al narrar el encuentro que Martín Adán protagonizó con Ginsberg, lo retrató como “un hombre melancólico, salido de ninguna parte”; e incluso con la imagen evocada por Sebastián Salazar Bondy: “un hombre sumido en sí, huidizo y sardónico”. Tal como nos lo contó Delia Sánchez Pisco, en una entrevista que le hicimos con el poeta Andrés Piñeiro: “Don Rafael  —Martín Adán— era una persona de fácil sonrisa, conversadora, muy lúcida y amable. Trasmitía mucha calma”.

Quisiera narrar algún hecho cuya épica pudiera dejarlos perplejos. Lamentablemente no ocurrió. Salvo, tal vez, la ocasión en la que  equivoqué alguna palabra al leerle el periódico en voz alta y me disculpé.   O cuando alguna vez él, un hecho inusual, tuvo ganas de conversar y me preguntó “y tú qué tal” para que yo, sorprendido, apenas responda “no sé”.

—Eso es verdad—retrucó inmediatamente—eso no se sabe hasta después que uno se ha muerto.

No hay más.

Tiempo después sabría las verdaderas razones que causaron que mi padre tomara una decisión tan drástica. Él, en el fondo, sabía que yo no tenía ningún problema con las drogas. Sí uno peor: “el de encerrarme a escribir poesía y otros adefesios”, como confesó a Cano. Mi padre creyó que, al alejarme de mi entorno, podría extirparme ese aberrante entusiasmo. Vaya ironía. Con esa intención terminó de arrojarme de bruces a la poesía.  Conocer a Martín Adán resultó para mí el símbolo de una revelación:

Poesía no dice nada:
Poesía se está callada,
Escuchando a su propia voz

 Era lo mío.

 

 

 

 

 

[1] Sanatorio de enfermos mentales.

[2] Juan Mejía Baca fue un librero y editor peruano quien llegó a ocupar el cargo de director de la Biblioteca Nacional del Perú.

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