Diego L. García / El ojo astillado: Acerca de Vidrio, de Juan Rapacioli

“By and by, I’ll break my chains
Into the bush, I’ll go
And you’ll be dead
Behind me, John
When I get to Mexico”

Jim Jones at Botany Bay,

The Hateful Eight

Hay libros que si pasan desapercibidos exponen la pérdida de nuestro foco-lector en el cotillón contemporáneo. Que no nos pase con Vidrio (editado por Buenos Aires Poetry, 2017) de Juan Rapacioli (Buenos Aires, 1987).

 En el prólogo, Mario Arteca menciona, no por casualidad, a Leonard Cohen y yo aprovecharé esta referencia para traer una cita: “There is a crack, a crack in everything / That’s how the light gets in”. Me interesa cuando la escritura se hace cargo de eso, de esa ruptura que termina siendo matriz del tejido. Y eso ocurre en esta obra.

 Miro por el ojo astillado del vidrio. Otra trampa (tenés razón Juan). Entro en un ritmo que conmueve, se arpegian los bajos de una historia turbia:

los encontraron tirados
en la casa congelados
atados en la casa

los encontraron atados
eran tres en la sombra
las caras contra el suelo
el hielo en los ojos

Los títulos y la forma no lineal de encadenarse de los textos me remiten a escenas que podría haber pensado Quentin Tarantino: “La lista”, “El testigo”, “El traidor”, “La montaña”, etc. Hay una situación inicial que se despliega hasta revelar un tapiz inesperado, extrañado con respecto a lo que inicialmente se presenta. Es un giro en el punto de vista lo que permite el juego:

cae un día
rompe su forma

(…)

no cae un día

sólo quien lo mira

-o-

lo vi partir en la noche
me hice el muerto
abajo de la mesa

(…)

lo vi partir en la noche
mientras me desangraba

Esas estrategias para desenlazar un conflicto sorprenden tanto por su efectividad visual como emocional al abordar como tema central la violencia y sus formas. Un hilo transita de lo personal a lo social por un dolor análogo. Como baladas de sangre resuenan en un asqueroso vagón de este tren de carga que llamamos “mundo”:

 

nadie tuvo tiempo de nada
dejaron las luces prendidas
dejaron el agua corriendo
dejaron la comida en el horno
el agua no pudo con el fuego

(…)

las mujeres violadas por la patrulla
la nueva patrulla sin nombre

que vigila la tierra de nadie
que reparte agua por turno
que alimenta las bocas elegidas

(“El incendio”)

En una entrevista el autor ha hablado de una tensión ficcional (por ejemplo, entre lo urbano y lo agreste) que dio lugar a la escritura de estos poemas. Lo interesante es cómo logra proyectar esa tensión sin una capa lisa y estable como trama, es decir, sin necesidad de hacer pie en una narratividad efectista. Más bien se rige por un vaivén melódico y ese riesgo es sin dudas uno de los puntos más salientes del libro.

La tremenda canción de Cohen de la que tomé el fragmento en la introducción (“Anthem”) plantea una mirada sobre lo positivo que en el “todavía” resiste. De algún modo, la poesía que en esos infiernos “todavía” pare textos como Vidrio nos rehumaniza, o al menos tiende a ello, con una fuerza más que necesaria.

 

 

 

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