Los discursos de la belleza / Tito Manfred

 

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Escribir poemas consiste en salir a pescar truchas con una caña rudimentaria
y volver con la canasta vacía o llena de pescados de menor valor.
Con esto quiero decir que es una experiencia frustrante
y que deberías dedicarte a la práctica del squash.
He visto tus hermosos tríceps. Pero si vas a insistir con la pesca,
te aconsejaría que la próxima vez que fueras al río
describieras la forma en que las truchas se te escaparon de las manos
cuando ya las hacías en la sartén o por qué los peces que atrapaste
no eran truchas sino una manifestación de tu incapacidad.
Oh me agrada esa poética, quiero un poco de eso.
Observa a aquellos pobres infelices volver alegres de la precordillera.
Ya en sus casas junto al fuego, alardearán con sus mujeres
sobre la docena de truchas que pescaron en el río,
pero tú y yo sabemos que sus canastas sólo contienen un vacío de truchas.

Ah, no sé cómo decir que los peces de mi pecera murieron de inanición.

 

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El amor a los poemas es el único amor posible, esta idea me puso de buen ánimo hoy a la mañana. Las mujeres son fantasmas y muchas veces hacen sus vidas de ectoplasma sin advertir tu presencia, y cuando la advierten es una película de terror. Por el contrario, los poemas que he leído son una presencia tangible (ahora mismo acaricio un poema de Creeley), me acompañan siempre y vibran en cada cosa que hago. Hace un tiempo escribí unos poemas de amor que me parecieron aceptables. Días después releyendo a Pound y Williams, descubrí lo que ya sabía: mis estúpidos poemas eran una reverberación de ideas que yo ya había leído en esos autores. Esto me puso muy contento. El amor (a los poemas, a las mujeres) tal vez sea eso: la actualización de un amor que nos antecede, una reescritura. Todo está íntimamente conectado.

 

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Anoche leí un poema de Spicer que iniciaba de esta manera: «Passion is alien to intellect / As hot black doves are alien to trees». Esta mañana vi a una de las palomas negras del poema muerta a los pies de un árbol. Pensé todo el día en esa imagen y en cómo Spicer lo había hecho para anticipar la muerte de esa ave. Creí que el poema estaba servido para mí, pero las horas pasaron y la belleza no fue al encuentro de mis ideas. Tal vez algún día lo haga; mientras tanto dejo constancia de algo que pensé.

 

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Es agosto del 65 y Jack Spicer le dice a Robin Blaser: «Fue mi vocabulario el que me hizo esto. Tu amor te permitirá seguir». Luego Spicer muere, Blaser reproduce las últimas palabras de su amigo y los libros de historia dejan registro de ellas. Más de 50 años después llegan a nosotros y las aspiramos como esporas. Obviamos la parte del amor y una materia oscura cierne los pulmones.

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La escritura y el amor se desplazan en esa zona oscura que supone el lenguaje. Un obstáculo se interpone entre nosotros: estas palabras, estos residuos de mi pensamiento. Trato inútilmente de hacerme entender, de acercarte esto inaccesible. Piensa en estos versos de Creeley, reflexiona en torno a ellos, comprende con desazón la imposibilidad de ponerlos en práctica: Por amor, abriría / tu cabeza y pondría / una vela detrás / de los ojos. Tú y yo sabemos que no hay motivos para celebrar que escribimos, para celebrar que amamos.

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Esta es la imagen que rechazaste: un bosque con una cabaña al interior. Un fuego rompía el verde o los leños. Una persona se quemaba y emitía un ruido intraducible, pero no sabíamos dónde. Envuelto en llamas, un hombre salía de la cabaña y se internaba en el bosque o corría desde el bosque e ingresaba en la cabaña.
Algo hace imposible que nos entendamos, pero no sabemos qué.

 

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Disponemos de lenguaje: un paisaje agreste de olas. Luego tenemos palabras: una playa de conchas, aguavivas, bolsas plásticas. Está bien, no tiene nada de malo acumular lo que bota el mar, pero lo que a mí me interesa son esos bañistas que se internan más allá de las boyas. Una ola tal vez los devuelva hinchados de pequeños peces.

 

 

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Volver periódicamente a tus poemas
Nunca considerarlos acabados
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