Migrante, de Giovanni Collazos/ Maurizio Medo

El tema de la migración siempre me resultó un fenómeno problemático –fundamentalmente por diversos aspectos vinculados con mi propia biografía hasta que opté por declararme genovés, y abolir así la inclemente impertenencia de un apátrida, al menos con respecto al ande.  Sin embargo, y a pesar de las paradojas ocultas en el ser migrante, este fenómeno resulta también para mí comprensible pues el “centralismo” en el Perú obligó a sus habitantes a tentar la fortuna a través del transtierro y tanto así que Lima, esa insufrible ciudad erotocéntrica, capital del Perú, y sólo por defecto, alberga bajo su cielo gris, color panza de burro, a 3 millones de provincianos, un 32.3 % de su población. No se crea que este es un caso sui generis. En Arequipa un 65% de la población proviene del altiplano y Tacna, una ciudad fronteriza, un 70% de ellos. No se confunda. No soy amante de lo estadístico. Sin embargo considero pertinente acudir a estos datos para explicar que Giovanni Collazos- nacido en Lima un octubre del 77- pertenece a un país de migrantes, la mayor parte de ellos provincianos. Pero un momentito, escribí “pertenece” y no que proviene pues, como dice Gilberto Gimenez “se puede abandonar físicamente un territorio sin perder la referencia simbólica y subjetiva al mismo, a través de la memoria, el recuerdo, la nostalgia”. Siendo así, ¿Giovanni es realmente un inmigrante o, más bien, se trata de un nómade quien se rebela ante la posibilidad de partir?

Tal vez para explicarme deba abandonar los intrincados laberintos de la sociología y echar mano de mi conocimiento de dibujos animados. En “El Show de Pebbles y Bam Bam” aparecía un curioso personaje conocido como Mala Suerte. Este era muy tímido, y lo recuerdo -¿hasta dónde es capaz de llevarnos la poesía?- como alguien que anda temeroso por el mundo, y sin ganas de llamar la atención. Para Mala Suerte, y no es que necesariamente la tuviera, pasar desapercibido era imposible: una nube negra lo perseguía adonde fuera y no dejaba de llover en su cabeza. Creo yo que, al igual que Mala Suerte, Giovanni Collazos puede desplazarse al lugar que le antoja pero resignado a que sobre él estará siempre esa nube –no necesariamente negra- desde la cual no deja de llover el Perú. En ese sentido Collazos, quien no ha terminado de desterritorializarse –de la metafísica connatural a su terruño- tampoco pretende reterritorializarlo en “otro lugar”. Tal vez por eso me atrevo a decir que Giovanni Collazos nunca se fue del Perú y por ello no terminó de llegar. Es un nómade que se negó a partir, diría Toynbee.

Sin embargo dejaré de lado mi opinión sobre la naturaleza de Giovanni y acudiré nuevamente a sus textos –los mismos que conozco desde su gestación- dejando abierta la posibilidad de haberme equivocado en esta percepción. Migrante se plantea desde la concepción de un recorrido a través de la senda del cada día. Uno en el cual encontramos una serie de estrategias con las cuales sus observaciones se desnaturalizan, ¿tal vez esto podría constituir en primer indicio de su, aún etérea, necesidad de  reterritorialización; o más bien nos presenta una serie de fotogramas compuestos a través de la yuxtaposición pasado/presente y que deja al futuro la posibilidad de un agenciamiento a través del cual pueda establecer alianzas y relaciones entre la resaca de todo lo vivido con aquello por vivir en la Ciudad Circular?

Escribí esta idea y me detuve de pronto. Hace un año dije a Giovanni “no leo poesía peruana”, una estratagema a la que eventualmente acudo para evitar las chácharas melifluas en torno a la poesía –y su parafernalia indigesta- evidentemente le mentí. He leído en los últimos años la suficiente como para atreverme a decir que Migrante  es uno de los libros más peruanos que he podido encontrar. Y no porque gire alrededor del Perú sino, más bien, porque en su composición consigue establecer un diálogo con su tradición rescatando el carácter conceptual que constituye una de sus señas de identidad.

Migrante no se trata de una audaz remasterización vallejiana después de paporretear ciertas claves y ciertos códigos cuyo quid tal vez ni el propio Vallejo hubiera sido capaz de explicar. Sí de una sintonía con lo más esencial a través de la cual consigue reestructurar esa identidad. Pero este aspecto no opera como un fuerza centrípeta –donde Collazos es devorado por Vallejo. Al contrario. Giovanni sabe que sólo Vallejo es capaz de salvarnos de Vallejo y así, de pronto, el diálogo que pudo entablar con el hombre de Santiago de Chuco lo desplaza hasta concertar nuevos encuentros con las músicas que derivan de ésta. A punto tal que la “migración” de Collazos se realiza en dos niveles, completamente distintos entre sí: una, a través de la tradición poética del Perú; y otra que se desplaza –y a veces se arrastra- observando las diversas particularidades que descubre en el entorno más inmediato. No como tópico, sí como un pretexto para incluso ir más allá.

No encuentro un parangón entre lo que escribe, y cómo escribe Collazos, con lo que se escribe, y cómo se escribe en el Perú, pero esto no me hará caer en la tentación de colgarle el sambenito de una ficticia insularidad. Pero sí reconocer que Migrante es un libro sui generis el cual aparece poblado de los fantasmas que la nostalgia reúne con el único propósito de presentarnos una mirada diferente en ese caleidoscopio que es la realidad.

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