BACKSTAGE: Juan José Rodinás: “… la originalidad es una observación sociológica, hija de la competencia” / Maurizio Medo

¿Qué significa para ti el nombre, es algo fundamental?

 No sé si es fundamental, pero me ocurrió una anécdota significativa. El 2011 me invitaron como parte de la delegación ecuatoriana a la feria del libro de Bogotá y, previo a esto, me escribió un escritor mexicano homónimo comentándome —con cordialidad hay que decirlo— que lo habían confundido conmigo y felicitado por el viaje a Colombia. Entonces, decidí cambiar mi nombre literario, como les piden a los actores americanos que tienen algún homónimo antes de formar parte del respectivo sindicato.

En tu obra el lector asiste a un proceso de desnaturalización lingüística en el cual se privilegia, se va privilegiando, conforma avanza, el fragmento, ¿ese fragmento es lo que aparece de la realidad que no se nombra pero que está latente o sobre o a un costado de la realidad inmediata?

Me interesa que cada libro sea distinto al anterior, pero que a la vez haya vasos comunicantes entre uno y otro “poemario”. Me interesa la estética del fragmento porque creo que expresa de forma precisa el ritmo de esta época así como la interacción de ideas y sistemas de pensamiento muchas veces contradictorios. Desde luego, me interesa que el libro posea elementos que hagan desacato y desajusten, pero con el tiempo me dado cuenta que hay que hacerlo con inmensa precisión. Sin embargo, el ejercicio de hallarle un equilibrio a esas “piezas” (Ponge, Creeley) es arduo y muy complejo. A veces, en un mes uno puede acabar un libro, pero una versión definitiva puede tardarse varios años. A mí me interesa que esos fragmentos eslabonen algo sugerente, intenso, que dialogue de modo concreto con varios niveles de la realidad. No sé si lo consigo, pero trabajo en ello, digamos.

Creo la pregunta se conecta por tu interés temas más próximos a la neurociencia y, según veo, a la física cuántica, ¿has tenido oportunidad de leer a Stephan Lupasco?

 No, la verdad.

Bueno, para Lupasco no existen energías constitutivamente estáticas. ¿No te parece que este principio podría aplicarse perfectamente a tu poética? ¿Podríamos decir los diversos flujos por los que atraviesa el lenguaje que planteas hasta concentrar y expandir el otro, el que se habla alrededor, parte de una operación de recepción/producción de códigos establecida sobre la base del movimiento?

Me gusta la idea del movimiento perpetuo (Monterroso). Ignoro si se puede hacer trasvases puros y duros del discurso científico al texto poético. Quizás no. Sin embargo, la ciencia muchas veces se explica mejor en metáforas que en meras discusiones conceptuales. Las metáforas logradas poseen un poder evocativo enorme.

 Hay algo curioso. Estamos hablando de todo esto y el lector (que no accedió aún a tu obra) podría pensar en un conglomerado de construcciones lírico-científicas, y no es así. Lo que tú obras, creo yo, está también fuertemente vinculado con el pop, ¿cómo podríamos conjugar esto Juan Jo?

 No creo que tenga un vínculo tan fuerte con el pop, si nos referimos exclusivamente al género musical.

Hablaba, más bien, de la cultura contemporánea.

 Ah bueno, está presente de manera muy extensa a lo largo de mis textos, pero como un ingrediente adicional sobre los grandes problemas de la humanidad que son los mismos desde hace siglos, aunque se hayan acelerado algunos nuevos como la alienación y la competencia brutal del capitalismo. Sobre la naturaleza, he tratado de incorporar detalles, imágenes del mundo contemporáneo para mostrar este proceso de transformación hacia lo que Appadurai llama los tecnopaisajes. Y es que varios de mis primeros recuerdos no están relacionados con la naturaleza, sino con lo sublime del artificio.

¿Cómo así?

Mi madre antes de irse por varios años a España cuando yo era niño me llevó de viaje a Machala y me compró en sus pobrezas de entonces unos robots con imanes. Creo que allí descubrí la poesía (o, al menos, a la poesía de la física). Ahora bien, la cultura contemporánea y sus múltiples sistemas de referencia entran por muchos lados. De las que soy consciente, puedo citarte la música que escuchaba a partir de mis dieciséis años y salí de un colegio fiscal a un colegio particular de alumnos problema. Allí la gente escuchaba cosas más frikis. Un gran amigo de aquella época tenía una banda de trash metal y en su casa oíamos Cannibal Corpse, Sepultura, pero también Charly García y algo de trova. Descubrir Sepultura fue genial porque yo era un adolescente emo, medio nerd, medio geek, pero sin banda sonora. No me metí en la movida de conciertos porque siempre he sido muy introvertido, pero los oía en casa. Hoy casi toda la trova me suena vieja, pero hay cosas que están cerca de ese género y que me gustan mucho y que me imagino que me gustarán hasta la muerte como el dueto argentino Pastoral, por ejemplo. Luego, en la época universitaria, llegó Soda Stereo, Caifanes, Héroes del Silencio. En la facultad de periodismo de la Universidad Central por donde pasaron, graduados o no, casi todos los poetas quiteños de mi leva, conocí a un amigo y poeta (Danny Torres) que gustaba mucho del metal y con quien hicimos un taller literario junto al genial Cachibache y otro sujeto muy innombrable. Luego me metí con ciertos géneros del rock (King Crimson, Radiohead), del jazz (Coltrane), de la música académica (Dvorak, Xenakis), del cine, de la pintura, de la salsa (Lavoe).

Otra referencia que aparece continuamente es el cine de terror, ¿verdad?

 Me considero medio experto en el tema, en particular sobre el gore y las películas de zombis (quizás allí está la sintonía con Ángel Ortuño que pescó estas referencias en su lectura de mi antología Los Páramos Inversos).

¿Crees, como señala Goldsmith, que el texto poético hoy se muestra como un nuevo collage el cual se ensambla con lo propio y con lo ajeno?

 He leído a Goldsmith, y hay cosas que me seducen y otras que francamente me irritan. Te diré en qué no estoy de acuerdo con él. La idea del collage es fundamental para mí, pero no es la única dimensión del texto poético. Esa idea de Goldsmith me recuerda a ciertos políticos de la derecha liberal (aquella más interesada en los problemas de gobernabilidad, ambiente y seguridad que en resolver las inequidades sociales) que creen que ya no hay izquierda ni derecha: que sólo hay gestión. Es decir: que ya no hay ideas. Demasiado cinismo. Yo creo que incluso la poesía de metatexto, de cita, de guiño, de parodia que a mí me gusta debe tener ideas fuertes, inventivas y singulares, no sólo en la estructura exterior del texto, sino en el uso de las imágenes, en el fraseo entre las líneas. La historia literaria es ya demasiado vasta y el Internet define la cotidianidad de casi todos los que alguna vez leyeron —o siguen leyendo— libros impresos, pero eso no supone que la imaginación haya perdido su lugar —esencial para mí— en la creación artística. Ojo: digo imaginación y no originalidad, porque la originalidad es una observación sociológica, hija de la competencia, en cambio el despliegue de la imaginación es individual y libérrimo.

Pensaba en la idea de este probable collage para saber de la relación de tu escritura con lo literario.

 En la jerga académica utilizan la palabra literariedad que querría decir algo así como “la condición que hace que un texto literario sea literatura”. Esto se configura socialmente. Lo hacen los académicos, los premios, los lectores anónimos, las instituciones culturales, los periodistas. Es como si el texto fuera sumando puntos, aunque también podría perderlos súbitamente. Los más difíciles de perder son los ganados en el ámbito académico y en el lector anónimo. Básicamente porque el académico está condenado a convertir su autor en fetiche y, por ello, paradójicamente, tiene que defenderlo a muerte (al menos por unos años, considerando la cultura de la contingencia que nos determina en este tiempo). Por su lado, el lector anónimo simplemente comprará el libro y con eso hará mucho, particularmente en el ámbito de la poesía. En cualquier caso, es mejor no considerar demasiado estas cosas porque uno puede llegar a enfermarse de gula social. Sin embargo, yo creo que el poeta sí debe tener algunas cualidades emotivas que, sospecho, pueden ser evaluadas desde la sicología experimental como la capacidad de crear imágenes, un aguzado sentido del ritmo y de la música en el lenguaje, o la habilidad para configurar ideas complejas en axiomas muy breves. Esas son características de la mente, del cerebro. Además de una visión personal del mundo, de una cierta dosis de carácter en la escritura que, a larga, resultará conflictiva para muchos de sus pares. Si alguien no te odia, es que no creas conflicto y eso supone que eres prescindible.

Retomando, sin una dosis balanceada de esas cualidades o una dosis muy fuerte de al menos una de ellas un poeta no puede existir.

Eres uno de los lectores más voraces de poesía que he conocido, desde tu óptica ¿cuáles son las líneas discursivas que hoy marcan el panorama de lo contemporáneo?

 Cada vez leo menos poesía porque me sorprende menos. Imagino que es como ciertas de cepas de virus: tiene que venir algo realmente extraño para sacudirte. Sin embargo, sí leí mucha poesía. Y tu pregunta es muy difícil porque no creo que haya leído todo lo que ha circulado y porque, incluso habiéndolo leído, sospecho que puede ser arbitrario y reduccionista ubicar sólo algunas líneas de fuerza. Hecha esta salvedad, creo haber encontrado al menos cinco modelos expresivos que muchas se combinan y otras veces aparecen más nítidos: 1) una épica que trata de acumular sobre sí todas las huellas de la historia en la línea de Dante o el Pound de los Cantos; 2) una escritura civil, de trazado experimental pero irónica, situada o situacionista, que busca sus límites discursivos en la experiencia concreta, hija o nieta del objetivismo anglosajón; 3) una poesía de las imágenes, a veces sobria, a veces trepidante, que cree en la trascendencia y en el poder evocador del silencio; 4) una poesía de la anécdota, casi narrativa, unas veces burguesa, otras veces neomaldita, que formula viñetas sobre lo cotidiano; y 5) una poesía artefacto, más difícil de encuadrar, y más cerca del arte conceptual que de la literatura convencional.

Desde luego, estos son apenas apuntes y la mayoría de escrituras que he podido leer —amplia o fragmentariamente— coquetea con dos o más de estas vetas expresivas.

Ahora que estás en Inglaterra, ¿no crees que los latinoamericanos no podemos renunciar a nuestra provincialidad, esto es algo cultural?

 Latinoamérica es una provincia del mundo. No somos el primer mundo. No somos Occidente. Somos otra cosa. Y, siendo otra cosa, no somos tampoco —entre nosotros— lo mismo. Cada país tiene su pequeña historia cultural a cuestas. Acá hay gente que me ha preguntado que si soy de Indonesia o de Italia. Les explico que soy de Sudamérica y se pierden un poco.

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