BACKSTAGE: José Kozer: “Hasta no hace mucho la muerte para mí era escándalo” / Maurizio Medo

José, eres un migrante quien, a su vez, proviene de otros migrantes (quienes llegaron tanto de la ex Checoslovaquia como de Polonia). Mientras tanto, en Cuba, tu abuelo fue fundador de una sinagoga. Me pregunto, ¿cómo se conjugan en tu escritura todas estas culturas y sonoridades, más que mestizas, creo yo que paralelas?

 En efecto, vengo de una amalgama de hablas, las calificas más de paralelas que de mestizas. Eso me resulta interesante, nunca me lo había planteado así. De niño las sonoridades del yidish se divertían incrustándose en las del cubaneo, hasta el punto que me inventaba palabras valija (como comprenderás, siendo niño, aún no había leído ni a Huidobro ni a Joyce) que eran aleación de palabras en yidish vueltas español, cubaneadas. Creaba verbos trasmutados del yidish al español, los cubanizaba, les daba una pátina de realidad que me divertía: esas palabras merecían, merecen, la casa del diccionario. A esa urdimbre se suma luego el destierro: el idioma inglés, que hasta el día de hoy resisto con toda cordialidad, más el menjunje de idiomas que conforman eso que llamamos el español, y que van originando en mi escritura, también en mi habla, registros compuestos, lenguaje amalgamado que refleja el idioma de los peruanos o de los argentinos, de los andaluces y los madrileños, de los chilenos o las gentes del Caribe, conforman lo que en mi país llaman un arroz con mango[1].  Hace poco en Ecuador oía a mucha gente decir con toda naturalidad la palabra chévere[2] (que es cubanismo, algunos dicen que se originó primero en Venezuela): pregunté si eso era algo nuevo, y para mi sorpresa me explicaron que en Ecuador se dice chévere desde hace décadas.

Ya no hay palabras “nacionalistas” que pertenezcan a un solo lugar.

 El registro localista, costumbrista, unívoco, han desaparecido. Las palabras se internacionalizaron, nos pertenecen a todos, de modo que un chicano o un cubano americano, son dueños de asimilar todo el lenguaje de lengua castellana, sin sentir el menor empacho. Y el que no lo haga, considero, está fuera de la modernidad. Lo moderno ahora es hablar Babel. Y siéndolo, la escritura que hago, que hacemos varias gentes del continente latinoamericano, es una escritura barroca natural. No estamos imitando a los clásicos, ni mucho menos desvirtuándolos o derrocándolos. Por el contrario, desde una devoción y un respeto ecuménico, asimilamos las lecciones maestras de Góngora, Gracián, Quevedo, el Cervantes más denso, el registro de los llamados barrocos menores, que de menores no tienen nada. Un poeta que anticipa a Góngora es Baltasar del Alcázar: es un monstruo de la jocosidad (sus poemas serios no me interesan pero su poesía jocoseria me maravilla): desde esa asimilación que se incorpora a nuestro sistema sanguíneo, a mi juicio expresamos, desde una densidad, desde índoles de ocultamiento, de pliegues y repliegues, de recodos y revueltas de caminos, la vida actual en toda su dificultad.

Es decir, hay poesía de la dificultad porque ésta es un reflejo de la situación que vive el mundo.

Así es. El mundo ha dado un giro tremendo, nos desconcierta, nos asombra y maravilla, y a la vez nos pone a temblar. Ese temblor, unido al metafísico, es lo que produce ese lenguaje amalgamado, barrocón y denso, que exige, o al menos me exige a mí, incorporarlo para poder hacer una escritura más o menos cercana a la realidad cotidiana: una realidad que aparece momento a momento más en función de imágenes que de escritura, imágenes que al poeta le corresponde poner sobre el tapete, con el lenguaje que le resulte más idóneo: sea coloquial, sea barroco, es lo de menos; lo demás es que sea verdadero, que refleje en cuanto es posible, la realidad, y en concreto, desde un texto que funcione; es decir, que en cuanto texto no tenga caídas, flojeras, abaratamientos ni bobadas o chorradas que venden barato al texto. Rigor, lenguaje amplio y denso, dejarse llevar por vericuetos, cantar, contar, nada descartar, correr riesgos, los mayores riesgos posibles, y así, hacer poemas.

Me extrañó encontrar cierta declaración de Ernesto Cardenal respecto a los poetas de hoy, a quienes calificó de herméticos, ajenos al intento de escribir poesía “para interesar a la población”.

Lo que Cardenal declara me hace pensar que mejor haría en predicar las “verdades” de su religión (sospecho de la verdad de su religiosidad). Su punto de vista respecto a la poesía es banal y gastado. A estas alturas, hablar de ese modo es rizar un rizo que se descompuso hace lustros, el bucle está deshecho, la trenza está deshilvanada, y lo que queda es pelusa y greña que de poco sirve y nada dice. No hay poesía fácil ni difícil: hay buenos poemas que surgen de la mano de momentos poéticos en poetas (son pocos) tocados por un talento luminoso extraño y difícil de corroborar. Un poema difícil se vuelve legible en todos o muchos de sus pormenores leyendo y releyendo, trabajando. El Ulysses de Joyce está desenredado hace tiempo y el Finnegans va por el mismo camino. Celan es legible (me refiero a su última poesía) como lo pueden ser Hölderlin o Nerval (más “asequibles”). Si queremos, desde la pereza rechazar, conmigo que no cuenten; si queremos desde una solidaridad lectora interior entender, participar de lo revelatorio, y desde la extrañeza y la irrealidad con que considero todo salta a la vista y se configura y reconfigura, día a día, ante mi atónita mirada, cuenten conmigo.

Quien te escucha confesar: escribo todos los días… o: escribí hasta hoy 9400 poemas, podría decir: Ay con este Kozer, qué pesado, ¿por qué vivirá empecinado en escribir así ?. Me pregunto, ¿es para ti el poema una circunstancia o se trata, más bien, de un instante que rompe con la rutina?

¿Qué más da la cantidad? ¿Qué importancia tiene el número, a fin de cuentas supeditado a la letra? ¿La letra, otra incertidumbre, otra desazón que encubre la vanidad de quien se aferra?  Yo hago poemas, o se me hacen, desde la perspectiva del amanuense, del alfarero, los hago y los olvido (encarpeto) y si en efecto los contabilizo, esa contabilidad de chino ante su ábaco nada pretende sino sumar donde por igual se podría restar,  acumular cúmulo de la Nada, si hago galas de lo cuantitativo, a quién le interesa eso, el juego es mío, juego de muchacho lúdico, de vejete enredado entre sonajas y batintines que oye y oye desde la acumulación cómo todo en su rededor, y en su interior, se deshace.

Pero eres tú quien los cifra.

Como quien habla del poema como un momento del día, en general del amanecer. Vivir es respirar y también, ¿por qué, no? hacer poemas, segregarlos. El pintor amanece pintando, el compositor componiendo, el novelista prolongando su trama y su trauma, el filósofo meditando sublimes constancias dentro de la inconstancia de todo, y a éstos no se les cuestiona la proliferación, la cantidad, mas al poeta sí, por qué. ¿Somos sublimes? ¿Somos artesanos dependientes con exclusividad del numen, de lo sibilino? Por favor, basta de puerilidades. Escribo desde hace más de una década un poema al día, y qué. ¿Registro? ¿Y qué?

¿Y por qué escribir?

Prefiero escribir poemas a pelar papas, prefiero escribirlos a vender franelas o resmas de basura, preferiría pescar a diario conversando con Li Po a hacer mis propios poemas, con los de Li Po, en añeja y hermanada conversación, tendría suficiente.

¿La escritura de “ese poema” constituye para ti un acto de resistencia, tal vez, pienso,  contra la muerte?

Hasta no hace mucho la Muerte para mí era escándalo, injusticia, multitudinario naufragio, y dolo y dolor. Algo cambió, y ahora la Muerte es para mí una inexistencia más, la misma que conjura ese espacio anterior al nacimiento y que poco o nada significa. La Muerte no me obsesiona, es un recurso crítico, un subterfugio más de escritura poética, al que acudo como acudo a la estética Zen, y al pensamiento encontrado de culturas diversas, y en lenguajes diversos, dentro de mi español, a la hora de hacer poemas.  Yo puedo imaginar que la Muerte tiene su razón de ser, y si la tiene, vivo cruzado de brazos ante su ingente realidad, que no dirimo ni especulo; brazos que descruzo para hacer un poema, corregirlo, guardarlo y al tubo, al zafacón, al saco recosido de los olvidos.

¿Por qué persistir en un oficio que durante tiempo te ha “ocultado”, censurado en algunos países, persigues alguna utopía?

 No persisto en ese oficio en función de utopista, o porque necesito resistir más allá de ajenos ninguneos, o soslayos, persisto con la mayor naturalidad que se pueda concebir, tal y como se despierta luego de un sueño reparador, o se abre la boca para comer a una hora más o menos fija, que es la hora del hambre que pide, exige, ser saciada. La poesía no utopiza, es un hecho en el que cada poeta, haciendo lo que puede, y según su costumbre, fija sobre papel poema, poemas, y se aleja. Yo no persisto en cuanto poeta o en cuanto autor de poemas, persisto de pura casualidad, justo al hacer unos poemas.

 

Hay teorías que sitúan a Perlongher como “líder de un movimiento”
—aquel entendido como neobarroco, el cual, fuera de su emergencia histórica, debe asumirse, creo yo, como un espíritu. Con respecto a lo que te decía de Néstor, se me ocurrió una suerte de reescritura de “El dinosaurio” de Monterroso: “Cuando Néstor despertó, el dinosaurio—es decir, ese neobarroco—  ya estaba ahí”. ¿No te parece que es un lenguaje natural?

 Tienes toda la razón. De entrada, los que escribimos desde un aire de familia, un cierto tipo de poesía, poetas como Roberto Echavarren, Néstor Perlongher, Eduardo Espina, Maurizio Medo, Reynaldo Jiménez, Glauco Mattoso, Roger Santiváñez, Paulo Leminski, Gerardo Deniz o Tamara Kamenszain, cuyo estro va tomando otros vericuetos propios y de muy buena calidad, no están envueltos en una carrera de galgos corriendo tras la liebre de la fama, el jamón del reconocimiento que es dinero y es poder, por el contrario, todos esos poetas hacen su trabajo en solitario y constituyen, como forja, unos Primus inter pares, es decir, somos primos más que hermanos, somos amigos que no están ahí guapeando para conquistar territorios y mandar. Y quede claro que constituimos una minoría sin  poder, prestigio tal vez, poder ninguno: hay quienes creen que yo puedo chasquear dos dedos y por arte de birlibirloque conseguir que un editor publique a quien yo indique, nada menos cierto. Se me hace el mismo caso que a una efímera posada en una venta esperando que la ventana se abra para el insecto de marras salir o entrar.

 

¿Eres un grafómano como declaró alguna vez Jacobo Sefamí[3]?

 El término grafomanía es parte de una caricaturesca mentira, si una persona escribe un poema todos los días durante, pongamos doce años seguidos, esa persona, ¿es grafómana? ¿Entonces un barrendero que barre todos los días para ganarse el pan es un barrendero mayor, sin otra existencia ante la realidad que la de ser barrendero, su gran categoría? ¿El panadero o el carnicero acaban siendo un super qué? ¿Supercarnicero, o panadero mayor del Reino? No hay reino, no hay grafomanía, no hay cantidad; hay actividad.

Y la poesía es una actividad que existe a pesar de los “contra” que la amenazan, como por ejemplo, todo ese rollo reaparecido sobre la “poesía ante la incertidumbre”.

 Hay incertidumbre, Maurizio, y mucha: la hay respecto a la realidad, al destino humano y al destino de las demás (todas) criaturas, y hay una incertidumbre de época histórica, la nuestra, donde están sucediendo cosas peligrosas a niveles político y socio-económicos. La basura impera y hay que rechazarla, con sutileza, no desde las revoluciones, sino desde la resistencia pasiva que se alza e insurge contra un consumo idiota que devasta un hermoso planeta que merece contar con seres humanos más razonables e inteligentes, menos descarados (descabellados) y prepotentes. A todo tipo de incertidumbre se debe oponer el propio trabajo, el amor entre los demás, la relación no virtual sino carnal, de los seres entre los demás seres. La vida es fascinante, divertida, interesante, pero exige intrepidez, decisión, certidumbre, y es posible, no me cabe la menor duda, crear un mundo mejor, no utópico sino mejor: una riqueza mejor distribuida, una sociedad alejada de ideologías y pueriles nacionalismos, de poéticas falsas que negocian desde la propia pobreza del poeta, de tantos poetas como por ahí asoman la cabeza para tirar la piedra y esconder de inmediato cabeza y mano. Harto estoy de poetas ensalzando el grafiteo de las paredes ciudadanas, que deberían estar blanqueadas (punto) mientras ellos toman el fresco al pie de bellos y tranquilos lagos.

¿Qué significó para ti la obtención del  Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda?

 Un paso lateral en la falsa pugna entre poesía mayoritaria (conversacional) y minoritaria (densa): paso lateral en el sentido que de pronto se empieza a considerar como digno de ser premiado a un poeta que está más cerca de los escritores que no reciben premios y que tal vez desde ahora empezarán a participar de los premios existentes y que hasta la fecha han caído casi todos en manos de poetas de la índole contraria o muy distinta. En todo caso, no está uno mal acompañado, ya que tampoco fueron premiados Joyce, Lezama, Proust, Getrude Stein, Virginia Woolf, gente escritora de poco premio y mucha obra inmortal.

Los premios literarios están minados por el oportunismo.

 De acuerdo completamente, el Premio Pablo Neruda de Chile, que yo sepa, es de los pocos premios que conozco donde no ha mediado el prejuicio nacionalista, político, o la conveniencia sino, por el contrario, el otorgar un espaldarazo a una obra que se considera valiosa, sin atender a consideraciones ajenas a la calidad de la misma. Tan sólo con fijar la vista en los premiados hasta la fecha, el dato se corrobora: son nombres que merecen, evidente que no me excluyo, qué caray, y que merecen desde perspectivas distintas: los hay más poetas de la transparencia y de la manera directa de expresión, y algunos, como siempre los menos (Belli, Carmen Berenguer y un  servidor) que hacemos poesía desde la densidad, los registros de la tradición barroca, con lo que eso implica de dificultad para el lector hecho a la lectura rápida, de una vez, y en general por una sola vez, lectura que exige un menor esfuerzo, lo cual, por favor, no tiene nada que ver con la calidad del texto: calidad hay en Cavafis como la hay en Góngora; la hay en Frank O’Hara como en Charles Olson; en Holan como en Mallarmé.

¿La obtención de este premio ha influido positivamente en tu relación con Cuba?

 Al contrario, en el exilio, mi poesía es atacada, o más bien mi persona y de paso mi poesía: los ataques suelen ser venales, pobres, hijos del resentimiento, y de la frustración de muchos practicantes de poesía que siguen rimando banalidades y creyéndose los mejores poetas del mundo (por supuesto que incomprendidos, aunque el tiempo dirá, bla bla bla, etc.). Esto ocurre desde el ala de los poetas de mi generación, y de poetas de larga trayectoria desconocida, pero por el contrario, no ocurre de un tiempo a esta parte, entre los jóvenes poetas y lectores cubanos que se han exiliado en la última década: son mis adalides, mis defensores, mis lectores, y en verdad los lectores que respeto y quiero.

¿Hace cuánto que no vas a Cuba?

 Sólo he regresado en febrero del 2002 por una semana.

¿Crees que tu país apoyaría el hecho de que se premie a un exiliado?

 Por razones políticas evidentes, no. Lo que me atañe y alegra es que en mi país se me lee, hecho incontrovertible que ningún régimen puede controlar o impedir, ya que por mucho que se prohíba a un escritor, su obra penetra por canales secretos, a oscuras y segura.

¿Eres, o fuiste,  un escritor “prohibido” por el régimen?

 No, por el contrario se me publica, y el gobierno no se mete con o contra mi trabajo: ni lo alienta ni lo rechaza (que es bien pensado un modo de inexistencia que a mí en concreto no me hace daño).

¿Cuál es la situación de los intelectuales cubanos exiliados?   

A los cubanos que nos exiliamos, hasta hace poco tiempo, se nos excluía sistemáticamente, ya que se nos percibía como gentes de derecha, como retrógrados y contrarrevolucionarios. Hay que decir, y digo, que en la izquierda hay tal cantidad de oportunistas mediocres como en la derecha; tal cantidad de ortodoxia pseudo revolucionaria y enmascaramiento detrás de lo político de las propias deficiencias, como la hay en la izquierda; y hay que añadir que esta división entre izquierdas y derechas empieza a desaparecer, a volverse un anquilosamiento histórico que nada dice ni de nada sirve. Los que se aferran a esa dicotomía se aferran porque no tienen otra cosa que los sostenga, ya que no tienen obra que merezca la pena considerar. Son unos moribundos a la defensiva, chillan y despotrican, cierran puertas, pero cada vez tienen menos puertas que cerrar, y francamente, si algo sé a estas alturas, es que puerta que a uno le cierran, otra se le abre. Desde mi perspectiva me considero un hombre de tendencia izquierdista (no izquierdosa, que es asquerosa) creo en un reformismo fuerte y valiente y no en revoluciones (menos si son sangrientas) que acaban, no siempre, en tragedia: revoluciones que se hacen para cambiar la historia y acaban no cambiando nada, como quien dice se hacen para que nada haya cambiado. Prefiero lo lento, el festina lente de los latinos, a los cambios radicales y por la fuerza, que son fuente de resentimiento y desavenencia continua. Tal vez el Premio que me otorgaron estimula en estos momentos ese tipo de relación con el texto entre ciertos lectores que antes no se interesaban porque no había un gatillo que al detonar los metiera de cabeza en esa poesía. De ser así, es de agradecer el Premio. Y creo, por lo que voy viendo, que empieza a ser así, pues por donde quiera que voy se me acerca gente que dice haber empezado a leerme, yo sonrío y callo, qué puedo decir. Lo que por otro lado tengo claro es que los jóvenes de América Latina que aman la lectura, en concreto la poesía, y que son devotos lectores de poesía, no se arredran para nada ante la lectura de textos “difíciles”, de textos “neobarrocos” y del lenguaje; éstos ya empiezan a ser una fuerza, casi legión. Y si es así, quienes hemos hecho este tipo de trabajo por fin tenemos un espacio libre y abierto, noble y real, para nuestro solitario trabajo.

Hace poco releía a Charles Bernstein gracias a la traducción de Enrique Winter, ¿con qué autores estadounidenses encuentras afinidades?

 Llegué a Nueva York en 1960, viví en la Urbe casi 40 años, me retiré de la Universidad donde enseñé 32 años en 1997 y me fui a vivir unos años a España y luego a La Florida, a una hora al norte de Miami, alejado del mundanal rüido (cubano). Nueva York trastornó mi vida, la hizo otra cosa: así, en mi país había leído a poetas latinoamericanos y españoles, y había descubierto hacia 1957 a los simbolistas franceses, pero mi verdadero encuentro con la poesía ocurrió en Nueva York, a partir de la década de los sesenta, y ahí entré en los territorios de Eliot, de Pound, Wallace Stevens, William Carlos Williams, Berryman, y a través de Kenneth Rexroth, en la poesía china y japonesa, gracias a sus traducciones publicadas en libros de la New Directions de James Laughlin.

¿No te parece que, cuando en Latinoamérica hablamos de poesía estadounidense, en realidad estamos hablando de un breve racimo y que existe un desconocimiento tan grande como el que existe en España respecto de nosotros, los latinoamericanos?     

Sí y no, se está haciendo mucho al respecto, ahora mismo acabo de llegar de Nueva York, estuve con Enrique Winter, a quien mencionabas —y sí, el prólogo que hace Winter sobre Bernstein es de primera fila, tanto como la publicación misma de Standing target en la editorial que ha montado con gran esfuerzo Ernesto Carrión desde Guayaquil. Las traducciones son excelentes.  Se está empezando a conocer y a traducir a poetas norteamericanos del calibre de Charles Olson, Louis Zukofsky, Lorine Niedecker, John Berryman, Robert Duncan, Jack Spicer, o Denise Levertov. A mi juicio, estos autores son más leídos y conocidos, claro que minoritariamente, en América Latina que en España. También opino que la Beat Generation ha usurpado el espacio de la poesía norteamericana de los últimos decenios, a expensas de los antes citados y otros: y ello porque lo Beat es masivo, apoteósico, muy asequible por contestatario, asimilable desde una deplorable instantaneidad que poco tiene que ver con la calidad de los textos y el rigor que todo poema exige. Diría que se trata del triunfo de lo epatante, esa banalidad. No tengo nada contra Corso, Ferlinghetti o Ginsberg, y mucho menos contra poetas como Michael McClure o Lew Welch, pero sí tengo mucho contra espacios usurpados a expensas de poetas que merecen un reconocimiento y una lectura pautada, pausada, amplia y a fondo, dado el valor de su trabajo.

Pero la poesía, observada desde un ámbito global sigue constituyéndose en una cartografía de divorcios. No nos conocemos, norteamericanos, hispanos y latinos.

 Porque el Poder no invierte un centavo en ello. No le conviene invertir en obras que lo puedan perjudicar, cuestionar, hacerle la santísima puñeta. Hay un divorcio grave, una falta de comunicación, entre la actual poesía española y la latinoamericana (Brasil incluido) notable y muy visible en México y España, entre ciertos personajes concretos. ¿A qué se debe? A los intereses creados por grupúsculos poderosos en los que ciertos individuos cierran puertas a ciertos poetas y cierto tipo de poesía, que ven con malos ojos.

 

Habría que preguntarse por qué se actúa de esta forma.

 Para mí la respuesta se cae de cajón: miedo a lo distinto, miedo a lo experimental, al riesgo de la experimentación, y temor a perder un espacio que consideran propio e inalienable que los hace anquilosarse en la más ardiente bobería que ojos humanos jamás hayan visto. Prefiere que nos bestialicemos con los aparatejos, los “gadgets” y basta con salir a la calle, Maurizio, para encontrarse a todo mundo contestando los teléfonos y twitereando su basura a un mundo cada vez más compuesto de chatarra. Una nueva generación, a la  que denomino La Generación cabizbaja.

 

 

[1] Se refiere la expresión a una combinación que resulta incongruente, sin sentido, algo descabellado; significa lio  o confusión.

[2] La palabra chevere o chévere es un palabra producto del venezolanismo que fue creada a principios del siglo 20 principalmente por la gente que residía en el centro de Venezuela, específicamente en Maracay, Valencia, y Los Teques. Se dice que la palabra chévere es de origen cubano y llega a Venezuela hacia comienzos de los años 40, proveniente del calabar (dialecto nigeriano) “sébede”, que significa adornarse profusamente, vestirse con elegancia.

[3] Jacobo Sefamí nació en Ciudad de México en 1957 y se doctoró en Letras Hispánicas en Austin (Texas), con una tesis sobre la obra de Gonzalo Rojas. Es profesor de Literatura latinoamericana en la Universidad de Irvine, California, y crítico literario especializado en poesía latinoamericana y literatura sefardita.

Anuncios