BACKSTAGE: Róger Santiváñez: “No hay límites en la poesía” / Maurizio Medo

Róger, vives de la mano de la poesía y hoy, ésta, al menos,  parece encontrarse en entredicho. Se le impugna. ¿Crees que la poesía, que eso que entendimos como poesía, está en crisis?

 Actualmente vivimos una etapa de cuestionamiento y destrucción del cómputo sagrado y visionario  de la poesía, concepto que viene desde el Romanticismo hasta las vanguardias  del siglo pasado y que —de un modo u otro— empezó a ser subvertido en los 1980s. Un rol central en este proyecto lo está jugando el neobarroco y la poesía del lenguaje en todo el ámbito de la lengua. No comparto el concepto epigonal de la literatura porque creo que ella es un gran intertexto que se recrea y se transforma perpetuamente. De igual forma, pienso que la idea generacional carece de sentido en nuestros días, debido a la extraordinaria diversificación y pluralidad de la sociedad actual ya sea en el plano del tiempo o el del espacio.

No creo que haya una crisis. La poesía es un flujo continuo que se enriquece así como pasa el tiempo y nos ofrece nuevos frutos igual que la tierra bien labrada y mejor Labranda.

¿Cuáles son sus límites?

 Ninguno. No hay límites en la poesía. Ahora bien: me gusta esa frase de Eliot, según la cual un poeta debe conocer las reglas de la poesía para poder violarlas.

Transcurrido el tiempo, ¿cómo ves tú al muchacho que, hace ya varios años,  publicó Homenaje para iniciados?

 Siempre recuerdo una máxima que alguna vez me confió Rodolfo Hinostroza: “Ni envidioso ni envidiado/ni matar ni morir.” De modo que quizá lo único que ha quedado del poeta joven que escribió Homenaje para iniciados es aquella vocación infinita por componer poesía. Dicho libro lo escribí bajo la influencia de dos sucesos claves en mi experiencia: la muerte de mi padre y mi separación de la poeta Dalmacia Ruiz-Rosas —mi primer y grande amor. Mi visión anarquista del mundo —nítida en este poemario— continúa hasta hoy día  y tal vez actualmente con más clarividencia que nunca. Lo único que ha permanecido hasta el Roberts o Virtú es esa necesidad insaciable de escribir apasionadamente poesía todos los días.

Y “en peruano”.

 Para comprender aquello de escrito en peruano habría que saber lo siguiente: hacia fines de los 80s yo andaba en una búsqueda que radicalizaba el conversacionalismo. Pensé: ¿Dónde está la coloquialidad más extrema? Y decidí que en el habla del lumpen, creación viva y efervescente de las esquinas de los barrios y sus zonas de peligro. Me metí a fondo en ello, paralelamente a una puesta en práctica del apotegema de Rimbaud para ser vidente. Se necesita un meditado y riguroso desorden total de los sentidos. Estando en medio del proyecto me di cuenta que realizaba un alucinante viaje hacia el fondo de mí mismo, esto ocurrió durante los meses del verano de 1990. Esos son los poemas que conforman Symbol. Fue a partir del deseo de radicalizar el coloquialismo que —si así puede decirse— me di una vuelta completa en dicha profundización y —sin darme cuenta— aterricé en unas playas distintas, desconocidas para mí, en las que el lenguaje se había autoiluminado —en cierto modo ya no era poesía conversacional estríctamente hablando— se me abrió el camino entonces hacia el tono de Eucaristía.

Una impresión al adentrarse en tu escritura es la de encontrarse audicionando un jammin en donde —más que versos— aparecen una serie de secuencias fónicas que terminan por elegir el tema.

 Yo no tengo un tema cuando empiezo a componer un poema. Arranco, sí, es verdad, con una secuencia puramente fonética, sónica, sonora, fónica o musical, como quiera llamársele. Escucho —dentro de mí— dicho sonido y empiezo, luego sigo por asociación enhebrando otros sonidos, como si estuviera componiendo música. Un sonido me lleva a otro y éste a otro y así voy formando la cadena paradigmática y —simultáneamente— voy encontrando el tema —que puede ser un objeto, una memoria, una imagen pura— que se va convirtiendo en la semántica del poema. Lo concreto es que no hay referentes específicos. El lenguaje es autónomo. No hay —en sentido estricto— una vinculación con la realidad real —digamos— sino se trata de una especie de fantasía verbal. Es decir, la realidad verbal del poema es independiente, completamente aparte de la realidad objetiva. La poesía crea un mundo aparte, tiene su propia realidad que es la del lenguaje. El lenguaje que posee vida propia en los marcos y lindes del poema.

Cuando llego a  Estados Unidos (2001)  y descubro Medusario me di cuenta que el procedimiento que llevaba a la práctica tenía varias similitudes con la nueva del neobarroco y con la cual —naturalmente— simpaticé. Me impresionaron las obras de José Kozer, Eduardo Espina y Reynaldo Jiménez. Es con ellos con quien he sentido convergencia y sintonía.

Para quienes recién te conocen les resulta sorprendente que, en una época de tu vida, hayas participado, por ejemplo, en la producción del primer disco de Leuzemia . La cuestión es ¿cómo concilias esa onda barriobajera, subte,  con la onda mística que caracteriza tu última producción poética?

Bueno, la verdad es que el destino me trasladó —en 1975— desde la impoluta burbuja de la pequeña burguesía piurana hasta el popular mundo del Rímac, donde —con los años— y mi temporada en el infierno del pastel mediante, devine en prácticamente un lumpen.

Pero la poesía siempre estuvo en mí, día a día. En la época del Movimiento Kloaka (1982-84) tomé contacto —gracias a Kilowatt— con lo que pronto se conocería como rock subterráneo. Por mi trabajo en la revista Oiga yo tenía relación con el productor de El Virrey, Wiland Kafka; fue a él a quien le hablé de Leuzemia y fue así como llevé —esto es literal ya que fue en mi auto— a la banda para la grabación de su primer disco en 1985. Estando en la última etapa del pastel —y en su salida— tuve una suerte de regresión a los estados místicos, carmelitas de mi primera infancia —mi mamá era una mujer superreligiosa— entonces pude escribir Eucaristía hacia 1994-95 (aunque se publicó recién en 2004). Para mí, la poesía y el religare siempre han sido una única y radical experiencia de iluminación, además estoy convencido con Ezra Pound que Dios es un estado de la mente. En realidad —desde mi primer cuaderno Antes de la muerte (1979)— en mi poesía  ha habido una preocupación metafísica: ¿De dónde venimos, qué hacemos acá, hacia dónde vamos? La gran pregunta que —recuerdo— trataba de responder cuando a los 15 años escribí mi primer poema estando en cuarto de media, colegio San Ignacio de Loyola en la lejana e inolvidable Piura. La onda contemplativa la he desarrollado aquí en los Estados Unidos al convivir con la sagrada naturaleza del río Cooper y sus églogas orillas que me fueron destinadas.

Desde mis inicios en la poesía —guiado por mis maestros sanmarquinos Marco Martos, Hildenbrando Pérez, Antonio Cisneros— estuve obsesionado —y por mucho tiempo— con la máxima poundina Poetry is Speech es decir: Poesía es habla. Estaba empeñado en transmitir poesía a través de la suprema oralidad del lenguaje. Toda la primera parte de —como se dice— mi modesta obrilla, está sostenida por esta presunción, hasta Symbol en que fui conducido a extralimitar dicha propuesta. De hecho, existió la creación de aquella jerga que tú citas. Incluso la tentativa de escribir propiamente en la jerga callejera en la que vivía inmerso. Pero tambien es cierto que no podía despojarme del todo de aquel “lenguaje culto” que nos viene por la tradición. Los post-estructuralistas (Foucault, Derrida, Deleuze) decían que la literatura es siempre una lengua extranjera, porque se trata de un lenguaje otro. En ese sentido entiendo tu mención a que mantengo un cómputo que es y no es castellano. Al mismo tiempo debo decirte que otra de mis obsesiones era escribir en peruano como algo diferenciado del castellano o español. Y como siempre he sostenido una actitud radical de transgresión en el plano del lenguaje puedo decirte ahora que soy un ecléctico: la conciliación —no sin una feroz lucha dialéctica— se hace posible porque abrevas de todas las fuentes que podrán alimentar tu propia poesía —tuya e intransferible— y calmar esa sed creativa que late diariamente en nuestro corazón.

 


 

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