La casa de cartón / Martín Adán

En el embrujado espejo de la calle llovida: gota de leche, el globo opalino de un farol; gota de agua, el cielo arriba; gota de sangre, uno mismo por esta estúpida alegría de invierno que llega sin aviso… Yo soy ahora el hombre sin raza y sin edad que apare­ce en los tratados de geografía, con la ropa ridícula, con el rostro sombrío, con los brazos abiertos, orien­tando yerbas de tinta china y nubes carbonadas —el ralo, roto paisaje del grabado—: acá el oeste; el norte, en esta pared; el sur a mis espaldas. Por aquí se va al Asia. Por aquí, al África. Todo lo que está más allá de la sierra o del mar se acerca de pronto, meridiano a meridiano, en un hombre, por sobre las aguas morenas de la calzada. El turco es el levante y el occidente, apretado haz de latitudes: la cara, española; los pantalones, franceses; la nariz, roma­na; los ojos, alemanes; la corbata, búlgara; el fardo, ruso; la inquietud, judía… Si vamos por el este, asciende la enumeración. Si por el oeste, ella descien­de. Dakar o Pekín. Alegría harémica de la tela azul al asomar por los ajineros, de bordes pardos del hule negro. El campo, sarpullido de huacas, en la boca abierta de los jirones. Penumbra de garúa que cae. Arboles con los pájaros mojados. Para algo el mun­do es redondo… Y estos autos, sucios de prisa, de orgullo, de barro… Los ficus hacen crecer las ca­sas en sus espejismos de follajes de lodo y musgo, casi agua, casi agua, agua por arriba y abajo, los sedimentos, clorofila o arcilla, qué sé yo… Gorrio­nes, saltamontes. Uno mismo abre los ojos redon­dos, ictiologizado.[1] En el agua, dentro del agua, las líneas se quiebran, y la superficie tiene a su merced las imágenes. No, a merced de la fuerza que la mueve. Pero da lo mismo, al fin y al cabo. Pavi­mento de asfalto, fina y frágil lámina de mica… Una calle angostísima se ancha, para que dos vehículos —una carreta y otra carreta— al emparejar, pue­dan seguir juntos, el uno al lado del otro. Y todo es así temblante, oscuro, como en pantalla de cinema.

 

 

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fotografía de alex prager

Ella tenía una blusita parroquial y un dedito índice muy cortés. Maestra fiscal. Veintiocho años. Salud cabal. Resignación cristiana a la soltería. La carita, muy blanca. La naricita, muy frágil, y unos lentecitos que ataba a la oreja derecha una levísima cadenita de oro. Y, sobre todo, jabón de Reuter —olor blanco y pedagógico—. La piel de ella en la nariz era más fina y sensible que en cualquiera otra parte de su cuerpo, aunque esto nadie pudo llegar a comprobarlo. Pero, ¡bah!… también todo el mundo sabía que ella no se casaría nunca, y esto nadie po¬día comprobarlo de antemano, y, sin embargo, ello era verdad. ¡La verdad…!, un entusiasmo de fraile misionero, un tema de cornudo frenético, lo malo de un libro bueno, lo que sea, pero no la piel de una pedagoga de veintiocho años, ¿verdad? La nariz de ella la llenaban los lentes de dificultades: ellos eran un falderillo que ladraba reflejos. También las cos¬tumbres modernas y las noticias de «La Prensa»  fruncían: su nariz, pero menos, menos… A las siete de la mañana, florecía la cara de ella —insólita, inesperable flor— una mata de begonias de una maceta verde en su ventana, en el alféizar de su ventana, en su casa, en su casa, en su casa. Pin, pin, San Agustín…  Después la cara de ella acababa por arriba un cuerpo largo, seguro, firme, de ángel guardián, de virgen prudente, de soltera voluntaria. En un torpe revolotear de sábanas en su alcoba —tonto aleteo inútil de ganso enjaulado— se iniciaba la cotidiana vida de la señorita Muler, negación del Fisco, mujer de su casa, doméstica, longa, blanda, íntima y fría como una almohada de cama a las seis posmeridiano. La señorita Muler todo lo hacía bien, con silencio, con indiferencia, con desgana. La taza, en el desayuno, la cogía ella con el dedo pulgar y el índice, como en una cita, y toda la mano se la hacía unas tenazas vitales, duras, inteligentes. Y su dedo índice, más curvo que nunca, tenía entonces virtud, exotismo, sonrisa, tristeza de ex duque ruso camarero en Berlín. A las nueve de la mañana, la señorita Muler con las campanadas del reloj se volvía en un instante maestra fiscal, instrucción elemental, sostén del estado: decía que no, y abolaba  as manos. En la tarde, se sometía la señorita Muler a los rumores, a los colores y a los olores, y tejía poesía con los palillos de sus piernas y de sus brazos, marfiles siempre nuevos como en las encías de un elefante. Posibles disparates de solteroncita: ubicuidad, corona y cetro, un prado celeste, ser un pájaro con cabeza de clavel, morir como una santa, ir a París… Dormida, soñaba ella con Napoleón jinete en un ca-ballo verde y con Santa Rosa de Lima. Ella solamente lloraba con pañuelo. Decía: «Bon Dieu», y se reía en escala, sin ganas. No comprendía a Eguren, pero le conocía de vista. Murmuraba: “De ninguna manera”… con los ojos alejadísimos. Y: «con mucho gusto». Y: «Jesús, Jesús…». Ponía un dedo medio y perpendicular sobre la página del libro que leía. Etcétera. La señorita Muler soñó con él una noche, a los tres días de haberle conocido. Antecedía a Ramón en el turno, un coronel que ganaba una Guerra del Pacífico —un sueño patriótico, de texto escolar nacionalista—. Al fin penetró Ramón en la subconsciencia de la señorita Muler; y una noche mi amigo predilecto se metió a fraile: él venía de Palestina, a lomos de míster Kakison: Lima se hizo un ovillo de torres: campanadas caían como piedras en un laberinto de terrones; un ángel italiano cantó en latín; una trompeta de «boy-scout» llamó sólo a los hombres de buena voluntad; el Jordán escapaba rien-do al cielo por el mediojo del puente bonachón  del virrey Superunda; Ramón, en hábito de mercedario y con la luna de Barranco en las manos, apaciguaba los elementos y tosía horriblemente la señorita Muler se enamoró de Ramón. Ramón no se enamoró de la señorita Muler. La señorita Muler tenía veintiocho años; Ramón, dieciocho, pero a pesar de todo, Ramón no se enamoró de la señorita Muler. Desde un millón de puntos de vis¬ta, en un tango largo como un rollo de película, filmaba una victrola a cámara lenta, el balneario— amarillo y desolado como un caserío mejicano en un fotofolletín ganaderesco de Tom Mix—. Y, detrás de todo, el mar inútil y absurdo como un quiosco en la mañana que sigue a la tarde de gimkana. Y un triángulo de palomas vulgares se llevaba los palotes de la señorita Muller en el pico, románticamente.

 

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fotografía de alex prager

Lulú vestía una batita fiesca y dura como una hoja de col. Su rostro de muñeca de solterona, tenía los colores demasiado vivos. Había sin duda que dejarla envejecer, desco­lorarse. Daba ganas de colgarla al sol, de la trenza. Lulú era el terror de las beatas parroquiales —regaba tachuelas en las ban­cas del templo; llovía el agua bendita sobre las fieles; enamoraba al sacristán, descon­certaba el coro; pisaba todos los callos, apagaba todas las velas… y era buena: una almita pura que sólo quería alegrar a Dios con sus travesu­ras. Lulú era una santa a su manera. Y en medio de aquel rebaño apretado y terco de santas a la manera eclesiástica, la santidad salvaje y humana de Lulú descollaba como una zarza sobre un sembrío de coliflores.

 

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fotografía de alex prager

Ahora sí que se acabó de veras el verano. El verano y el pretexto del verano, las muchachas de piernas alegres, los frailes ojerosos, los vocales de las Cortes de Justicia, el calor, las vacaciones… El pretexto… Los pretextos… Ahora se nos mete el invierno —un invierno, extracalendarial, ortodoxamente bergsoniano:  películas en veinte capítulos—. Lima, la sucia Lima, caballista, comercial, deportiva, nacionalista: tan seria… Ahora sí que se acabó el verano de veras. Hemos venido, Lucho y yo, al malecón intermedio, al cual hemos bautizado con el nombre de bulevar Proust. Sí, bulevar Proust —malecón, antiguo, valioso, notable, que no es un bulevar por los dos lados, sino por uno solamente— al otro, sicológica inmensidad del mar, la acera de la calle en que está la casa de la familia Swann, la puerta sentida en cada una de sus moléculas, el cálculo infinitesimal de sus probabilidades de emoción, etcétera. ¿Arboles…? —los faroles— troncos de arbustos que la luz tuerce y la sombra hace verdes. A las seis de la mañana, a las seis de la tarde, son los faroles lo más vegetal del mundo, de una manera analítica, sintética, científica, pasiva, determinante, botánica, simplísima —los troncos sostienen al extremo superior campanas de cristal que encierran flores amarillas—. En el gran invernadero del alba, en la doméstica estufa del crepúsculo —rayos oscuros, hipervegetabilidad, observación, resumen, esqueleto, verdad, exacta temperatura—. Pero ahora no es el mar un lado de calle de novela francesa —el mar ahora es el mar con olas y con su poco de ensoñación para tía soltera—. Y además, con sus colores —un ocaso discretísimo, la antítesis de una madrugada que llega en puntillas, casi una mañana mamacita, pero sin beso ni persignación—. Domingo y primera misa. El órgano se propaga en la neblina como un chocar de piedras en el agua. Hoy habrá plenilunio, luna llena, cielo inconstelado con su boquete de luz en medio — ombligo intacto y glorioso—. No dejaremos de venir aquí esta noche. En la taza de café del firmamento, flotará indisoluble, ingrávido, el terrón de azúcar de la luna. Y todo ello será poesía, amigo mío. Nosotros, previviremos una supervida, quizá verdaderamente futura donde todos los hombres serán hermanos y abstemios, vegetarianos, y teósofos,  y deportistas. Y la luna de azúcar se nos hará una dulzura horrible en la boca. Y una nube del color del café con leche ¿qué será? Es posible que no sea nada. O quizá sea ella un verso de Neruda. O quizás una costa de signo, patria de Amara,  sueño de Eguren. O si prefieres, simplemente una nube del color de café con leche —para algo tenemos dieciséis años y el bozo crecido—. Mañana, match de football en la grama difícil de no sé cuál terreno de las afueras de Lima. Campeón de tendonosas y peludas piernas mosaicas, rostro de áptero  angelón bizantino en la nube de polvo, emigrante romano, taquígrafo-mecanógrafo de la firma Dess, agencia de bolsa… y todo el match será el designio estúpido y perfecto del avance que parare en el de una dura bola negra cogida del suelo por un elástico invisible. Verano, patético, nimio, inverosímil, cinemático, de noticiario Pathé.  Un Rolls huyó bufando por la carretera asfaltada como un toro suizo y famoso, recién Castrado, y en ese Rolls se fue el verano al Polo, llevándose la superada esperanza de aquel octubre argentino lleno de gaviotas —el último octubre que hemos vivido—. Ser felices un día… Ya lo hemos sido tres meses cabales. Y ahora ¿qué hacemos? ¿Morir?… Ahora te pones sentimental. Es cordura ponerse lírico si la vida se pone fea. Pero todavía es la tarde —una tarde matutina, ingenua, de manos frías, con trenzas de poniente, serena y continente como una esposa, pero de una esposa que tuviera los ojos de novia todavía, pero…—. Cuenta, Lucho, cuentos de Quevedo, cópulas brutas, maridos súbitos, monjas sorprendidas, inglesas castas… Di lo que se te ocurra, juguemos al psicoanálisis,  persigamos viejas, hagamos chistes… Todo, menos morir.

 

 

 

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fotografía de alex prager

Ella era una brava catadora de mozos. Todos nosotros hubimos de rodar la cabeza por sobre su pechito duro y redondo. Así, de este amor inevitable, hacíamos una era —«Cuando yo enamoraba a Catita…”—. Pero era Catita quien nos enamoraba a nosotros. Al mirar, guiñaba ella los ojos sin advertir. Sus ojos, redondos como toda ella… y el nombre no lo decía bien. Esa ‘T’ antepenúltima la alargaba, la ensombrecía, la alejaba, a ella, próxima, redonda, alegre. Y, sobre todo, enamoradiza. Catalina es un nombre gótico; hace pensar en ojivas  lívidas de crepúsculos, en fuentes de bronce musgoso, en héticos burgos renanos,  en moñosos cinturones de castidad… Y Catita era una ventana rubia de mediodía; una pila de cemento blanco, moderna, pulcrísima; un sombrillón de trapo para la playa; un lazo loco de colegiala… Lalá, he aquí su nombre de ella. Pero Lalá era una chica desvelada y rápida. Lalá, Lalá, Lalá… Corazón blando y ojos de muñeca, y cara de risa. Ramón se arrojó en Catita como un nadador en el mar —de abajo arriba, primero las manos; después, la cabe¬za; por fin, los pies, flexionados, destalonados. En el palo del mes de enero, ensebado todavía con sucias nubes frías, quedó Ramón en cielo, en aire, en medio, en equilibrio, en ropa de baño, a la punta, con cien muchachos trémulos detrás que le apuraban, sobre Catita, mar. Ramón cayó mal, de barriga, de bruces, asperjándonos a todos nosotros, desprevenidos, observadores. Catita, mar para bañarse a las doce del día con el sol tontonazo en la cabeza, mariposa diseca, serojo de ictericia  o amarillo gorro de jebe. Catita, mar con olas porque no haya viejas, porque haya muchachos… Catita, do en un muelle semicircular, embanderado de ciudades… Catita, límite sutil entre la mar alta y la mar baja… Catita, mar sumiso a la luna y a los bañistas… Catita, mar con luces, con caracoles, con botecitos panzudos, mar, mar, mar… O amor también en que no había viejas, ni sombrerazos de paja, ni consejos, ni persignaciones… Catita, amor, con esperanzas lentas y gordas, amor que con la luna baja y sube, amor redondo, amor próximo, amor para sumergirse en él, para bucear en él con los ojos abiertos, amor, amor, amor… Catita, mar de amor, amor de mar. Catita, cualquier cosa y ninguna cosa… Catita, todas las vocales apareciendo ella, cabal, íntegra, en cuerpo y alma en la a y desapareciendo poco a poco, rasgo a rasgo, en las otras; en la e, tierna y boba; en la i, flaca y fea; en la o, casi ella, pero no… Catita es honesta y bonita; en la u, cretina, albina… Catita, algunas consonantes, tan parecida a la b en las manos, a la n en los ojos, a la r en el andar, a la ñ en el carácter, a la k en el ingenio, a la s en la malamemolia, a la z en la buena fe…  Catita, campo redondo en el mar, beso redondo en el amor… Catita, sonido, signo… Catita, una cosa cualquiera y la contraria precisamente… Catita, al fin y al cabo, una linda muchacha, verdadera, viva, coqueta como ella sola… Cogerla era tan imposible como comprimir con la yema del índice el chorro de agua en la boca de un caño grande; carne dura al tacto Por la presión, carne que se escapaba por los resquicios de la uña, por las rayas de la piel; que nos saltaba a la cara; que, si se depositaba en un recipiente, quieta, era sino luz densa, agua que se podía beber y en la que se podían echar barquitos de papel.

Agua, agua, agua… Y, al fin y al cabo, una linda muchacha enamoradiza, catadora de mozos, Catita…

 

 

 

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fotografía de alex prager

 Una cometa de heladero dio la nota a un aullar nocturno de perros, sinfonía de lata y luna, cosa desganada del principio que por el desgarrón deja ver caninos paladares, negros, erizados de papilas duras como callos. Si se melografiara  esta manera de canto, habría que hacerlo en una hoja de temperatura, en un papel cuadriculado, con una línea quebrada, con números impares. Esqueleto de música. Cuarenta y dos grados de Fahrenheit, fiebre mortal. Una tromba de luz y polvo asciende al sol en un terreno cercado por paredones de adobe. Un aire rastrero que se empina mueve la tromba de abajo arriba contrayéndola sin plegarla. Aire escondido, niño, preso… Sobre el camisón de barro, tras él, cometa mala, roto el embudo superior en torno a su eje de viento, circunferencia elíptica de inclinación, clara curva cenada. A la noche esta calle será otra. Por aquí pasaremos sin saber por dónde vamos. Al mediodía, no suenan los pasos. La sombra va al lado de uno, enana, informe, silueta de matón haraposo en finta ele ataque. El silencio cierra sus paréntesis en cada ventana. Ramón, jabón de afeitar, frazada verde, palma bendita a la cabecera del lecho,  y en la ventana, mal abierta al calor de un cielo amarillo —¡oh, segundos pisos en un pueblo chato!—un eucalipto gotero que deja caer en la acequia pintada minutos redondos, ingrávidas bolas de papel socarrado,  hojas quemadas y arrolladas —remedios caseros, antiguas recetas, reposos, reposos… Muchacha sudorosa y morena, feísima de pronto en un gesto, bonita si te sometes a la luz del filo de la acera, vaho de estío, sueño de siesta… Tú acompasas mi paso al tuyo. Yo no sé qué decirte. Repentino soplo de aire frío nos cambia la vida. Tú desapareces a cada instante de mi conciencia, y al volver, estás cálida, como el sombrero o un libro que olvidamos a pleno sol cuando huimos a la sombra. La calle ancha nos abre los ojos, violenta, hasta dolernos y cegarnos. Todo el pueblo se arrastra —postes, árboles, gentes, calles— a las orillas de este arroyo de frescura y brisas del mar. En el horno del verano, humean las casas, de masa de pan, y se requeman por debajo. Ya no vienes tú a mi lado. Una hora sacristana apagó el sol con la caña de un sauce. Y seis campanadas de acero: —Ite missa est—  dijeron, sencillamente, ritualmente, maquinalmente. Ya se acabó el bochorno, el estamos quietos, el fastidio encerrado, la sombra inevitable de esta misa de cuatro horas.

 

 

 

 

 

 

[1] De Ictiología, parte de la Zoología que trata de los peces. En este caso equivale a: como un pez.

 

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