BACKSTAGE: Lucho Chueca: “No tiene sentido hablar de generaciones cada diez años”./ Maurizio Medo

Hace algunos años sostuvimos esta conversación con Lucho Chueca, poeta muy querido, autor de los libros Rincones. Anatomía del tormento (1991), Animales de la casa (1996), Ritos funerarios (1998) y Contemplación de los cuerpos (2005), quien además ha escrito ensayos entre los que destaca Consagración de lo diverso. Una lectura de la poesía peruana de los noventa.

 

Es difícil, sobre todo para quienes solo te conocen “de oídas” no relacionarte con “los 90”, sabes que lo digo especialmente por la publicación de tu ensayo Consagración de lo diverso. Una lectura de la poesía peruana de los noventa al cual podríamos considerar (casi) como el identikit para una “generación”, ¿es una generación? ¿Estaríamos hablando de “tu generación”? Si fuera  así, ¿ese ensayo no te convierte en juez y parte de la misma?

 Sí, podría verse como un identikit, aunque prefiero decir que se trata de un rastreo inicial que busca hallar y ofrecer algunas pistas para siguientes recorridos. No pretende, pues, un balance o una mirada definitiva, ni lo guía tampoco un criterio antológico que busque fijar lo que “vale la pena” y lo que no. Es un acercamiento a algo en movimiento correspondiente a ese tiempo que fueron los 90: guerra interna, violencia, desempleo y precariedad laboral generalizada, miedos, diáspora, naufragio de las miradas utópicas; todo ello envuelto en el perverso disfraz de progreso con que se vestía la consolidación del neoliberalismo de la dictadura fujimontesinista. En el 2000, cuando comencé ese trabajo (que apareció el 2001) no había casi nada escrito sobre la “poesía de los 90”, globalmente, y la búsqueda, por supuesto, fue necesariamente incompleta; no hay que olvidar que las páginas culturales estaban ya casi extinguidas entre nosotros, e internet todavía estaba en pañales: ni blogs ni el buscador de Google ni archivos digitales. Aunque en ese momento todavía no se hablaba de la poesía de los 90 como el derrotero de un empobrecimiento poético progresivo (afirmación que hay que tomar con mucho cuidado), el tácito abandono crítico llevaba implícita una cierta displicencia y a mí me parecía que había cosas que atender, tanto en la obra puntual de varios poetas como en el proceso que se había vivido y se vivía: cómo se relacionaba con la poesía de las décadas anteriores, cómo se entroncaba en la vida de esos años, qué ejes estaba recorriendo esta poesía, qué estaba cambiando o qué no. Es en ese sentido que la “consagración de lo diverso” (la cara complementaria del abandono de la hegemonía de lo conversacional) me parecía (y me parece) una situación que valía la pena auscultar, lo mismo que otras que anoto en el ensayo: la caída del “mito Rimbaud” del poeta adolescente, el adiós al espíritu gregario (inscrito en la corriente que se traía abajo, en general, todos los proyectos colectivos) tal como había sido entendido por buena parte de los poetas de las década anteriores, el abandono de las posturas parricidas, la negativa a afrontar desde la poesía el proceso de guerra y dictadura que se vivía en el país (aunque ese dar la espalda es otra manera de responder, o al menos de reaccionar, frente a ello). No son novedades absolutas (la dispersión, por ejemplo, como sabemos, está presente ya claramente en los 80), pero se consolidan en los 90. Esto, que podríamos pensar obligaría a la poesía a una serie de replanteamientos, se tradujo en primer lugar, para los poetas que comenzaban a aparecer, en una crisis casi de “sálvese quien pueda”: “agarra lo que alcances, escribe como refugio o como salvavidas; no te preguntes demasiado por nuevas poéticas o nuevos lenguajes porque no hay ahora ninguna posibilidad, ni ánimo, de respuestas”. En ese sentido, creo, que se aplica lo que dice Willy Gómez en la entrevista que le hiciste sobre que “en los 90, la esperanza de todo era un después”. Se trató quizá de una estrategia de sobrevivencia poética frente a un desconcierto y a un desencanto demasiado grandes. Este instinto de conservación tradujo, lamentablemente, en cierto (o mucho) adormecimiento poético (y vital), que puso por delante, en general, una escritura correcta y cuidadosa y a la vez bastante aséptica y poco dada a los riesgos de contaminaciones con otros discursos o con preocupaciones supuestamente “extrapoéticas”. Es duro, pero no deja de ser interesante y necesario entender ese proceso más allá de la rápida descalificación que implica decir que se trata de un momento de caída. Coincido, entonces, en que “los 90” no significaron ninguna refundación o corte radical en nuestra tradición, aunque también hay que decir que no pueden verse solo como epigonales o vacuamente artificiosos Zona dark de Montserrat, el conjunto “Las quebradas experiencias” de Echarri, que cierra su libro homónimo, Pista de baile de Martín Rodríguez-Gaona o los primeros poemarios de Rafael Espinosa, por citar algunos nombres, a los que podrían sumarse algunos más. Además habría que rastrear –acordémonos que ya quedó desterrado el mito del poeta-genio-adolescente– cómo las primeras entregas de ellos mismos, o de Victoria Guerrero, Miguel Ildefonso, Chrystian Zegarra o Yrigoyen son pasos necesarios en el camino que recorren luego: sus propuestas más interesantes no se explicarían sin los tránsitos que realizaron en los noventa.

Sobre la segunda parte de tu pregunta: ya desde ese ensayo señalé mi incomodidad y desacuerdo frente al rótulo generacional. No tiene sentido hablar de generaciones cada diez años. Es urgente intentar otras lecturas del proceso de la poesía peruana que se alejen de los protagonismos que quieren colocar a la década propia como la más importante. Por otro lado, el concepto de generación, aunque se intentara aplicar con seriedad (lo que supondría ver en paralelo los procesos sociales, los de otras prácticas literarias, otras artes, otras disciplinas) conlleva un sesgo homogenizador que debe tomarse con pinzas. En ese  sentido no tengo a los 90 como mi “generación”, aunque sí podría hablar de mi “promoción” en tanto en esos años comencé a publicar. Cuando iba trabajando mi primer libro, Rincones (Anatomía del tormento), que apareció en el 91, empecé a participar de recitales, lecturas, reuniones con otros jóvenes que también comenzaban a darse a conocer por esos años. Se trata de mis contemporáneos, algunos de mi edad y la mayoría un poco menores. Pero esta vinculación en mi caso es extraña, porque a la vez, mi experiencia de estudiante universitario data de los 80 y  mis primeros acercamientos a la movida poética se dan en esos años, aunque no publicara nada entonces. Como tú has dicho en otro lugar, hay una suerte de des-generación (o degeneración) en esto de haber nacido a la mitad de la década: uno participa de dos momentos según los cortes establecidos y la inscripción más clara en uno de ellos es en casi parte una casualidad. Creo que la identificación con los 90, en mi caso, tiene que ver precisamente con el ensayo que comentamos. Con esto entro al último punto de tu pregunta: ¿juez y parte? Creo que una de las características de la crítica de poesía en el Perú desde los 80, por lo menos, es que los propios poetas son los que se han encargado de la crítica, y esto por el abandono de los medios y el desinterés por lo más contemporáneo frecuente en la academia. La crítica sobre el trabajo de los pares se vuelve entonces una necesidad, casi una urgencia. Si la pregunta apunta a la pérdida de objetividad que implicaría esto, habría que decir que la objetividad plena no existe: uno siempre habla desde un lugar, y ese lugar debe tenerse en cuenta al leer que se escribe. No obstante, como decía, no tengo mayor interés en defender o criticar particularmente “los 90”. Más allá de mi involucramiento en el proceso esos años y de las relaciones personales que puedo tener con varios de sus poetas (como con varios de los 80 o de los 70), creo que estas no han distorsionado mis opiniones o mis análisis de su poesía. A lo que voy es que me sitúo frente a mi trabajo crítico sobre poetas de los 90 con la misma libertad como lo hago frente a la poesía de Eielson, Rose, Hernández, Watanabe, López Degregori o Domingo de Ramos. Abordo lo que me interesa y no he tenido problemas en hacerlo, más a allá de conocer o no al autor. Quizá si tuviera que hacer crítica periodística o reseñas de nuevas publicaciones, sentiría la incomodidad, pero no es lo que ocurre en mi caso.

En dicho ensayo observas que, en los 90, nuestra poesía abandona el centro estructurador de lo conversacional y que, como una consecuencia de esto, hay un aumento en progresión geométrica de los registros por los que transita. Señalas, y bien, que esto es parte de un proceso, y una consolidación de la dispersión, lo que podría implicar que se empieza a escribir sin un ‘terreno seguro’ –al menos para los ojos del canon –uno muy debilitado. ¿No es paradójico que, habiendo ocurrido esto, para muchos –me incluyo- estos años representen una crisis en donde la poesía asomó como ‘entrampada’ frente al peso de su propia tradición? ¿Cómo explicamos esto?

No es que se abandone lo conversacional, sino que este deja de ser hegemónico, o “centro estructurador”, como dices. Lo conversacional continúa, hasta hoy, incluso, en el trabajo de muchos poetas. Y supongo que seguirá, en sus diversas líneas y posibilidades. No creo que sea paradójico ese entrampamiento que mencionas frente al peso de la tradición; las coordenadas de esas búsquedas sin “terreno seguro”, que podrían haber llevado a rupturas más radicales pero no lo hicieron en esos momentos, reflejan, como dije, el desconcierto del que hablaba en la respuesta anterior. Pero si bien “los 90” no trajeron rupturas ni inauguraron caminos, algunos poetas de esos años –varios de los que mencioné, por ejemplo– han dado, ya en la primera década de este siglo, evidencias que cuestionan ese entrampamiento. Por otro lado, el entrampamiento frente al peso de la tradición, si a lo que te refieres es al peso de lo que es aceptado o reconocido habitualmente como “poesía” (supongo que sí porque hemos conversado sobre este asunto antes), es parte de nuestra tradición en general. Nuestra poesía es muy “poética” en ese sentido, incluso en las radicalizaciones discursivas del conversacionalismo que se registran claramente entre los 60 a los 80. Son pocos los que han roto con esa percepción de “poeticidad” y no constituyen un hilo sostenido a través del tiempo. Puedes ver a Verástegui y Ramírez Ruiz en algunos de sus trabajos; antes algunas cosas de Eielson, de Pablo Guevara definitivamente, quizá de Luis Hernández en sus textos más híbridos, y más atrás a Churata, y Vallejo, claro. También podemos poner a Calvo si asumimos como parte de su legado poético (y esta es una opción que me interesa mucho) Las tres mitades de Ino Moxo y los tres tomos de Edipo en los Andes. Con todos estos nombres se podría pensar que hay suficiente para construir una tradición-otra fuerte, pero se trata quizá de los textos menos frecuentados de estos poetas, al menos los menos procesados por los poetas que han venido después. No obstante, frente a lo anterior, habría que decir que tampoco hay que ver la tradición como una condena. Es una base extraordinaria que ofrece posibilidades de aprendizajes inapreciables, y se va rearmando, no se trata de algo cerrado; la cosa es no repetir, ensayar filtraciones,  salidas de cauce, contaminaciones, intensidades diferentes. Y obviamente recurrir también a otras fuentes, otras tradiciones y otros discursos. Y ahí, volviendo a los 90, hubo también un vacío enorme: no conocíamos prácticamente nada de lo que estaba pasando en otros espacios y menos en otras lenguas. Pero lo dicho no debe hacer pensar que todo apunta a que lo único valioso es lo “nuevo”, porque además cabe preguntar qué es nuevo en este tejido interminable de reciclajes y cómo se establece y hasta se canoniza, quizá, como tal.

En lo personal creo que el abandono del centro estructurador de lo conversacional es cierto, creo también que se dio una exploración de distintas líneas maestras pero bajo ciertos preceptos, todos ellos delimitados por la tradición. Hay tanteos, es verdad, pero epigonales a ciertas propuestas (generadas desde un lado del canon) pienso en Hernández –me parece, tú también lo has escrito, que Rincones podría situarse en esta línea- en Ojeda –Reino de la necesidad de Jorge es un libro que quizá dialogue con este- y tal vez en Eielson –adonde podría ubicar, parcialmente, a mi escritura de aquel entonces… pero, ¿qué pasó?¿por qué, al menos hasta los 90, no encontramos una propuesta capaz de sacudirse del peso de esa tradición?

 Creo que ya he dicho algo sobre esto en las respuestas anteriores. No es que debamos sacudirnos de la tradición (en un sentido laxo de la herencia que recibimos), que más bien hay que utilizar, dialogar con ella, discutir, apropiarse de lo posible, tijeretear, intervenir, filtrar, articular con otras tradiciones. La tradición se va reconstruyendo todo el tiempo, cobrando nuevas formas a partir de nuevas lecturas y nuevas escrituras. Lo sí habría que hacer es sacudirse, como dices, de su peso entendido como lastre que impide pensar otros caminos u otras intensidades; eso sí es fundamental. La tradición peruana ofrece, por lo demás, como dije, muchos espacios todavía poco trabajados luego de su aparición. Ahora, eso no implica que se deba abandonar o despreciar lo que se inscriba con más comodidad en la idea de poesía que suele manejarse, que también es o puede ser válido o valioso. Creo que así como es empobrecedor estar con ese lastre encima o darle vueltas a lo conversacional una y otra vez en los mismo términos como única posibilidad, también lo es buscar lo “nuevo” solo porque es nuevo (o creemos que lo es), o lo antipoético o contrapoético como únicos caminos: si todo se inscribiera, “porque hay que hacerlo”, en la línea de una escritura que rompe con los parámetros de los géneros discursivos, habríamos sucumbido a un nuevo lastre, igualmente pernicioso. La poesía implica inconformidad, pero eso por imposición, sino por necesidad, y cuando esta se da, uno se exige nuevas búsquedas, busca desasirse de caminos recorridos, probar otros, ponerlos a dialogar…

Contemplación de los cuerpos es un libro que a mí me gusta mucho posee una serie de elementos –variedad de registros, estrategias narrativas puestas para ‘el servicio de lo poético’, intertextualidades y transtextos- que están manifestando ese riesgo del cual se careció y en los 2000 encontramos algunos libros así, se me ocurren Ya nadie incendia el mundo, Anticiclón del Pacífico Sur, La transformación de los metales…., sin embargo, salvo tal vez Guillén, ninguno de los autores de los libros que señalo a priori podría ser considerado como un ‘novísimo’, escriben desde cierta experiencia, algunos incluso desde los 90, ¿crees que en los 2000 asistimos a la consolidación de esa generación, la misma que empieza a cumplir con esa tarea pendiente?

Lo primero que dices es precisamente a lo que me refería: en varias de las propuestas para alcanzar esos riesgos a los que te refieres se ha debido atravesar un tiempo, hacer aprendizajes y desaprendizajes. No creo que tenga mucho sentido pretender la madurez rupturista en el poeta adolescente o post-adolescente. Puede darse o no. No creo que sea importante, lo importante es cómo la poesía, una tradición, nacional o de la lengua, va encontrando sus desarrollos, abriendo sus cauces, desbordándose o infiltrándose de otros discursos. Sobre los 2000 no puedo hablar mucho porque no tengo un conocimiento suficiente como para hacerlo, aunque creo que no hay todavía demasiada diferencia con lo ocurrido en los 90, quizá seguimos viviendo el mismo proceso.

Y si así fuera, ¿cómo es su convivencia con la escritura de los más jóvenes? Habiendo pasado 13 años puedo preguntártelo, ¿qué aportes traen ellos consigo?, ¿hay algo nuevo o hablamos de lo mismo: el confuso camino de la dispersión?

 Como dije, no he seguido con detalle la producción de los más jóvenes. Conozco algunos trabajos, pero no como para plantear una evaluación. Luego de ese tiempo de confusa dispersión, que no creo que haya terminado, es más difícil dar con salidas de los entrampamientos. Pero no me cabe duda de que hay y habrá aportes de parte de ellos, así como los está habiendo, y muy interesantes, en varios de los poetas de los 90. Pero en paralelo a preguntarse por ello, que es como preguntar qué está pasando y qué elementos o situaciones comienzan a producirse con los actores de estos nuevos tiempos, es indispensable pensar el proceso de nuestra poesía (y ese “nuestra” es todo otro asunto a problematizar) alejada de esos corsés generacionales: qué movimientos más grandes se producen, qué cosas se van introduciendo y con su presencia permiten modificaciones no solo en lo que viene, sino en nuestra percepción de lo anterior.

Uno de los aspectos que más me interesaron de Contemplación… es que en muchos momentos su escritura se sitúa ‘fuera de la literatura’ y parece gestarse al borde de una crónica y, al mismo tiempo, también corcoveando por lo que podría significar una investigación. Basándome en esta idea y retomando algo de lo conversado con Vicky, ¿no crees que el camino de renovación de la poesía peruana podría estar ‘contra la poesía’, entendida solo como un género? ¿No tenemos sobre nosotros un ‘exceso de literatura’?

 De acuerdo, es necesaria una fuerte inyección “contra la poesía”, pero no para que todo quede ahí (es decir que la “nueva” y “verdadera” poesía sea la que se mueve en ese territorio-contra, que terminaría convirtiéndose en una nueva hegemonía), sino para abrir pistas, indagar, reconocer o imaginar puntos de fuga, salidas del cuadro, y esto como proceso constante. Habría que repolitizar la escritura en el sentido de activar todas sus fuerzas de inconformidad contra sí misma, contra el estado de cosas allá “afuera”, contra sus propias autocomplacencias… Quizá esto haría pasar del momento de la confusa dispersión adormecedora (si todavía la hay, supongo que sí) a una dispersión (creo que la dispersión no es solo inevitable sino saludable) de permanente agitación y pregunta.

Bonus track

Primera muerte

“Entra”, me dicen. El cuarto luce pulcro, el Cristo colgado en la pared, las cortinas cerradas. En la cama está mi abuelo. Imagino ―a falta de precisión en el recuerdo― sus ojos cerrados. Los míos también porque he comenzado a llorar. Me abrazo a su cuerpo, lo acaricio, beso su rostro. Rezo: que no sea él el muerto sino yo. Pero suena en mis oídos la ley que ordena que los hijos entierran a sus padres y a los padres de sus padres. No puedo imaginar cuántas veces tendré que ver quebrado este principio.

Mi abuela sigue de pie junto a la cama. No dice nada pero sus manos tiemblan como si hubiera sostenido un peso mayor que el de sus fuerzas. Alguien habla con la agencia funeraria.

Salgo de la habitación con una marca que tambalea mis doce años. El desfile ha comenzado.

 

Los signos y las cosas (i)

Frente a la seguridad de la semiótica acerca de la distancia que separa al signo de la cosa que este representa (la efigie puesta sobre el lecho funerario del rey muerto parece estar a la raíz del término representación), están los que afirman que en un buen poema las palabras son capaces convocar la presencia verdadera de aquello a lo que nombran.

Sobre esto pienso ahora que sostengo una fotografía de C y escribo este poema. Y las palabras no llegan a mostrar un cuerpo lozano en todo su esplendor. Digo C y solo alcanzo su borradura, apenas tenue sombra o recuerdo defectuoso. Quizás la marca de la muerte es la definitiva imposibilidad de recuperar la imagen del ausente. Burdas copias, reproducciones, intentos se repiten fracasando cada vez. El poema que busca hundirse ritualmente en el misterio gozoso de la vida se estrella contra la única verdad de su reverso doloroso: ninguna representación de aquel que ha muerto alcanza siquiera un hálito del ser.

Cuzco 1984

 La imagen ofrece un lugar común: en Cuzco, seis muchachos en fila delante de la piedra de los doce ángulos. Es 1984, están de vacaciones y no alcanzan los veinte años. Tienen la belleza de la edad y refulgen a pesar de la jornada agotadora. No lo saben, pero miran hacia algo que la proximidad de la piedra representa.

Veinte años después me detengo ante la fotografía que conserva aquel instante. Recorro la toma contra el orden propuesto por el lente de la cámara. El último en la fila (el primero en mi repaso) es Juan Pablo. Vive en Europa y recibo sus correos con largos intervalos. En uno reciente me habló del tiempo y la distancia que taladran la memoria. A Pancho, a su lado, lo vi hace pocos días. En el 84 era el único en quien podíamos reconocer la escritura inmediata de la muerte: la ausencia de su madre le había dejado una marca en la mirada. Pancho ha ilustrado algunos de mis poemas y quizás quiera hacer un dibujo de este retrato funerario. Al despedirnos acordamos buscar a Paco, que está dos puestos más allá. Paco será el primero que lea este libro cuando lo haya terminado: comparto con él varios nombres de este listado y es posible que encuentre en él algún asomo de su voz. Para ambos escribí en 1988 un texto cuyo final decía: “Regresamos, uno por uno / a la última esfera del infierno”. Eran tiempos oscuros y pensaba ingenuamente que el poema serviría de exorcismo. De César, ubicado entre ellos, no tengo noticias. Diría que la tierra se lo tragó si no fuera porque sé que hay abismos que de pronto se agigantan. Luego de Paco estoy yo, aunque alguien piensa que es imposible reconocerme. El primero al lado de la piedra es C. Él guardó los negativos de ese viaje adolescente del que queda como único testimonio la imagen que comento. Murió casi de golpe hace tres años: la piedra absoluta de la ausencia creciendo desde el centro de su cuerpo. Lo visitamos ―Pancho, Juan Pablo, Paco, yo― varios sábados seguidos pero no pudimos verlo. Lo siguiente fue el velorio y el entierro.

Para ellos escribo este poema.


Documental

 Un video narra las horas finales de Pompeya en el año 79 dC. Explica el arqueólogo que el motivo de la muerte de sus habitantes no fue la lava del Vesubio sobre los cuerpos, sino el contacto de estos con una temperatura superior a los 500 grados. “La coloración rojiza hallada en algunos cráneos es una particular incógnita. Podría ser el cerebro que comenzó a desbordarse previamente a la explosión. El calor fue tan intenso que puso a hervirlo antes de explotar”, anota fríamente.

Ensayo esa misma frialdad documental en este poema y añado, sobre acontecimientos más cercanos: “Lo que quedaba de los cuerpos fue entregado a los familiares en cajas de leche Gloria. Poco antes se hallaron, enterrados, camino a Cieneguilla, restos de un maxilar superior y cinco dientes, el cráneo de una mujer con un agujero de bala, retazos de un pantalón calcinado y un juego de llaves, que permitió identificar a las víctimas y seguir la pista de los cuerpos embolsados”. O transcribo, en un nuevo giro, el comentario de un marino que explica que, a diferencia del Ejército, en su arma a los detenidos “los matan desnudos para que no los reconozcan, ni sortijas ni aretes, ni zapatos ni ropa interior. Y las prendas las queman”.

Ni el asíndeton he tenido que inventarme. Tampoco las imágenes o la contraposición.

Me pregunto si hay algo que aumentar en este poema.

 

Recycling nude

Me traen un libro y algo me inquieta al revisarlo. Recycling nude hace un recorrido que va del siglo XVI al fin del milenio para mostrar cómo el desnudo femenino ha sido permanentemente reinterpretado en la historia moderna de la pintura occidental. La plenitud de la vida, el erotismo, la ternura, la delicada perversión. El sueño, la magia y el deseo. La postura desafiantemente obscena y la sutil sensualidad. Pareciera que todas las posibilidades de la mujer desnuda están cubiertas por la selección ofrecida.

Algo, sin embargo, me sigue incomodando. Busco otros libros y abro uno de  fotografías de código realista. Y encuentro la imagen que mi memoria reclamaba entre tantas páginas de cuerpos femeninos. La muchacha viste jeans y calza zapatillas, y solo el torso está desnudo. Los brazos tienen cortes y el rostro se ha vuelto invisible tras la masa sanguinolenta que lo cubre. Cuatro hombres sostienen a la joven por los miembros para depositarla en un camión. No tiene vida ni se conoce su nombre. La leyenda que acompaña la foto informa que “es trasladada a la morgue de Ayacucho tras un enfrentamiento entre miembros de Sendero Luminoso y efectivos de la policía nacional”.

El horror y la muerte también son posibilidades.

 

Los signos y las cosas (ii)

Después de lo anotado, ¿qué palabra conserva su sentido?

Si digo muerte, ¿alcanzo a reflejar el horror, la ausencia, la anulación de todo movimiento? Es el silencio que se tiñe de negro sobre la manta vieja de la historia, la plena absurdidad que recupera su única y privilegiada posición.

¿Es la muerte, acaso, una palabra?

Pero debo decir, o no escribir un nombre más en estos poemas. Escribir aunque las puntas desgajen las yemas de los dedos, porque se trata de acariciar cada palabra entumecida por la muerte que se acerca imperturbable y silenciosa. Y removerla, trozarla, sacudirla. Alejarla del baile de disfraces, de los juegos de máscaras y encapuches. Revivirla boca a boca.

 

 

 

 

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