Idea de la fealdad en “El fondo” de Susana Cella / Diego L. García

Cada libro responde a qué es la poesía (o la literatura). Algunos lo hacen con un puñetazo en la cara, otros con nuevas preguntas y, en este caso, Susana Cella parte hacia su propia resolución exhibiendo la blandura de la lengua.

El fondo (Barnacle, 2017) no se alinea con las corrientes de la superficie. Se construye a sí mismo al construir una dimensión no pocas veces evitada: la profundidad. Quiero decir, para llegar al lenguaje de estos versos: “Era el inconmensurable, el más / y nos enredamos los púlpitos por sacarlo a flote, / porque no era de mucho divinar y sí / en oscuro espiral andaba con cresta de promesa”.

Tras leer el poema “Bagre y hombre” pensé en la fealdad (“Cara chata y temible, sucio pez y pesante máscara”) como una punta posible para desandar el descenso. La fealdad es una mancha (pública y espiritual en su etimología romana), negrura que no puede ocultarse, asco de un otro claro. Y ahí nomás, en ese linde de la ética y la estética, la muerte. El tema (si es que hay un “tema”) por el que nos desplazamos. Pero ¿cuándo la muerte se convierte en una mancha?

Más allá de las circunstancias biográficas posibles, me interesa pensar desde los textos. En “Alimañas” dice: “Muerte de rabiosa furia y espanto arrimó el murciélago / tirado en plena luz por el pozo de aire / para caer seis pisos más abajo y nomás sol y día pudo dejar / el asqueroso cuerpo de ratón con / alas, sin inconmensurable vuelo por el azul brumoso /  del vampiro que olvidó su límite y peligro / por amor muy más que suplido”. El ánima de las alimañas es una paradoja (o claroscuro para un tenebrismo poético como el de Cella) que propone para lo “asqueroso” (así como para la “suciedad” del Bagre) una doble función: repeler y sobre-vivir.

Uno puede tender a pensar, como consecuencia de una lectura livianamente hermenéutica, frases como en el fondo de la muerte está la vida o el fondo es en verdad esta vigilia. Esas interpretaciones de, llamémosle, “primera instancia” se ampararían en una idea de la poesía como circuito lineal de ocultamiento-y-revelación; una especie de juego de escondidas entre dos cómplices. No creo que esté mal entrar en esa maquinaria, pero es notorio que en este libro hay un registro más que se adelanta a otras zonas.

Veamos un poema para que el lector luego retome su propio hilo de Ariadna:

 

Por los nítidos elementos

Que no brillanteen chirriando las hojas asesinas
ni se amengüen por terror las cimas vigiladas,
se despojen hondura y cresta aguas de sal
o se callen estertores de hueso brillador,
si filosa segadora aplasta con ilusión de astilla
blanda tierra de hojas abrazadas
en campos amplios a pastar,
si mentidas lamparitas ensartadas en cinta de engañoso fulgor,
agua insulsa estirándose entre pobre resaca
robada al poco terrón repudiado
y cegueras inducidas
arreciaran en furia derrotadas
por estallarse nunca siempre en altura y coraje
luminando todo la cegadora luz perenne
aun si en escasez capturada
cuando a retobarse empiezan
los nítidos elementos.

(léanse otros en: https://transtierros.org/2017/10/05/susana-cella-el-fondo/)

No es la realidad lo que se retuerce (lo que la poeta retuerce) sino el impulso para dar cuenta de ella. Ni siquiera digo “la forma de dar cuenta”, es la dirección como una carrera violenta hacia el afuera lo que llega retorcido (deforme como la voz de un radioaficionado en una tormenta). Ese ruido, ese crack que hacen los huesos de las palabras, es parte del asunto. Entonces aquí no se trata de un mero simbolismo condescendiente sino de la poesía habitada por un sujeto outsider; un enunciador convertido en monstruo por la fealdad que acecha desde el exterior. Hay un procedimiento especular. La voz femenina (doble, viva y muerta) y su envés: lo horrible y lo vital.

Una tragedia, como toda Tragedia, cantada desde el fondo de la existencia, es decir, de la lengua y sus incidentes.

 

 

 

 

 

 

 

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