BACKSTAGE: Jorge Posada: “Más que un espectador me gustaría una persona dispuesta a desarmar la pantalla y averiguar su funcionamiento”

En una entrevista te decía que, si bien parte de mi generación, dejó de mirar la frontera (de lo conversacional), la tuya comenzó a explorar el horizonte para descubrir que la poesía no era plana, y que no terminaba en abismos. ¿Qué hay en lugar de esos monstruos?, ¿en qué términos podríamos o deberíamos referirnos a la poesía actual?

 Los monstruos ya no viven en las fronteras, están en nuestro cuarto: gracias a Internet puedes explorar los abismos oceánicos sin aprender a nadar. Lo gracioso es que los poetas para autentificar su experiencia andan con escafandra y traje de buzo.

 Lo más sencillo y estéril es referirnos a la poesía actual como la escritura que producen dos o tres nacidos a finales del siglo XX y que en su vejez ganarán los premios importantes de su región. Lo más arriesgado y fructífero: una escritura hecha por un grupo de poetas que continuaron la exploración del lenguaje desde sitios y herramientas que a principios del siglo XXI resultaban inéditos.

 ¿Crees que la concepción global mantiene la frontera ideológica que separa lo hispano de lo latinoamericano?

 No. La crisis económica y política nos acerca. Si revisamos los últimos 40 años hay coincidencias grandes. España y Latinoamérica después de décadas de dictadura tuvieron gobiernos de transcisión que prometieron paraísos democráticos. Semanas de frenesí y años de desencanto, deuda externa, privatizaciones y desempleo. En este momento la crisis nos une más que un idioma o un pasado común.

El nombre de tu obra reunida es Habitar un país es llenar de tierra una piscina, esa tierra con qué se llena la piscina es realmente la “de un país”?

 En principio ya no es un país, porque ese concepto necesita la unidad, que el territorio sea algo sólido, que no se pueda excavar, remover y trasladar a un recipiente como una piscina. Esta idea es una imposición que pretende la permanencia de una clase política validada por la democracia.

Lo que está en esa línea es la posibilidad de tener un país a través de la acción: alguien habita un país cuando cambia de sitio la tierra (las raíces, los muertos, etc.), incluso cuando esto resulte absurdo, en una primera lectura llenar una piscina de tierra es ilógico porque vuelve inútil tanto la piscina como la tierra.

¿Podríamos hablar de tu obra como la borradura de un territorio con el propósito de inventar el país que se habita?

 Esta fragmentación, esta diversidad de imágenes son una reacción contra los conceptos de lo nacional (un solo y único idioma, un solo y único pasado, una sola y auténtica raza), contra la construcción de la identidad como un bloque, como un cuerpo cerrado. En México sólo existe lo que ocurre en el centro, lo que no sucede cerca del poder es invisible. Intento a través de la dispersión trazar de manera distinta el territorio, de notar la vida de sus habitantes desde un sitio sin jerarquías. De ahí ciertas marcas textuales: la ausencia de signos ortográficos, de mayúsculas, de títulos, cada elemento para mostrar que el país está vivo y es vertiginoso. Esto también es una reacción contra la tradición mexicana que prefiere lo inmóvil e inerte: muerte sin fin, dios mineral, piedra de sol, etc. Más que una borradura un caleidoscopio digital.

Pensaba en esas imágenes como en los fragmentos de algo. Y con ello estoy diciendo que tales fragmentos no son “lo que queda” de antes, ni las “primeras piedras”, los cascajos, para construir lo que viene. ¿Se trata de lo que ocurre casi en “tiempo real”?

 Sí, cada texto, cada línea ocurre en el mismo instante. No son ruinas o cascajos sino casas o familias en su desgaste. Tampoco creo en las fundaciones, en América la imaginación fue pobre, existieron para el bienestar de los conquistadores las Nuevas Españas, las Nuevas Inglaterras. Lo más seguro es que los pueblos que se construyan en otros planetas se llamarán Nueva Hiroshima, Nuevo Chérnobil.

Más que zapping, una cantidad enorme de pantallas, en algunas se verá cómo se seca un par de pantalones, en otras un hombre guarda su sueldo en una maceta.

Pienso en la “poética del receptor”, en tu caso, ¿sería la de un televidente imaginario?

 Al pensar en ese televidente imaginario obtengo dos asuntos que me desagradan. A) El gran hermano. B) Los adictos que mueren por no despegarse de la pantalla (ven second life, la broma infinita o sábado gigante). Más que un espectador me gustaría una persona dispuesta a desarmar la pantalla y averiguar su funcionamiento.

 Estas estrategias de construcción, ¿convergen con otras, propias de algunos de tus contemporáneos?

 En México Tiselli, Luis Eduardo García, Los KFGC, Efraín Velasco, Warpola e Ismael Velázquez Juárez.  En el continente Senseve, Los Ánima Lisa, Rebollo Gil, Urayoán Noel.

Me pregunto cuánto influye en ello tu labor de agitador de las redes, a través de tu trabajo en blogs y revistas virtuales. ¿Estuvimos antes aislados?

 Leer y mirar blogs me da una velocidad y un vigor especial. Es una resonancia magnética de las ideas que resulta excitante y me mantiene eléctrico. No evita el aislamiento pero propicia el tráfico de pdfs, de links y referencias. Acceder a sitios como UBU o Memoria Chilena es como tener pases gratis a tu parque de diversiones favorito.

 En Latinoamérica han existido valiosos intentos de vinculación por medio de revistas y editoriales, ese esfuerzo sigue con las herramientas actuales que dentro de poco sabremos obsoletas.

¿Crees que en la escritura mexicana aparecen algunos flujos que podrían provenir del sur? ¿Influyen en tu poética?

 Me gustan esas descalificaciones. “Esto no es poesía”, “por qué escribes como sudaca”, “no se sabe si eres hombre o  mujer”.

Lo literario en México tiene dos centímetros de diámetro en los que caben los estridentistas, los Contemporáneos, los chicos Paz y ahora los disidentes y ultramodernos Deniz. En ese conjunto se ven pocas mujeres, se ignora a los escritores en lenguas distintas al español y lo demás se achica llamándolo “experimentalismo fallido”. Esto por la preocupación de pertenecer al canon y al sistema de becas y premios nacionales.

Estar publicado en Argentina, Puerto Rico o España me ha permitido el diálogo. Me interesa cómo ve, cómo respira, cómo siente una persona a 5000 km de distancia y a 500 y a 5, etc. Quiero saber cómo es el mundo para los otros y estar atento y abierto al intercambio me ayuda. Me interesan los poetas que aún no descubro como dice Clara Muschietti.

Los escritores mexicanos que me atraen tienen más de un pie en el sur y no solo ahí, Nettel, Herrera y Herbert escriben sobre mi país pero su técnica, sus referencias, su bagaje no se definen sólo por lo mexicano (la personalidad y lo cultural no tienen relación exclusiva con la geografía). En cuanto a la poesía, Pimienta, Guerrero, Bencomo, Uribe, García son dueños varios telescopios dirigidos hacia Sudamérica.

En mi cabeza están los libros de los caribeños Cindy Jiménez-Vera, Homero Pumarol y Frank Báez. En el centro Jeymer Gamboa con un manual de fotografía. Más al sur hay subdivisiones, me fascinan los argentinos Grinberg y Cristobo, las muchas argentinas Anníbali, Díaz, Arango, Kasztelan. La diversidad chilena, los González (Gladys y Yanko), Olivares, Brodsky. Adalber Salas y Auxiliadora en Venezuela. Freudenthal, Escobar y Rodinás aparecen con un esnórquel amarillo y verde. Perú es mi mayor caja de sorpresas, ahí caben las historias de ciencia ficción de Pimentel, los hombres rana de Espinosa, tus manicomios y escritoras desaparecidas y el visado Montabetti.

¿Podríamos hablar de un diálogo entre el norte y el sur de América?

 Existe diálogo y curiosidad. De nuestro lado están las traducciones de Zaidenwerg, Winter, Olivares, García Manriquez y Adcock. Las presencias de Robin Myers, John Komourki y John Pluecker con sus obras y sus versiones, fomentan el interés. Esto sin olvidar las incursiones de Bencomo y Petrecca en la poesía alemana y china actual. Es un buen momento para ampliar el número de voces en las literaturas del continente, para encontrar nuevos interlocutores. La geografía es relativa, para un habitante de Alaska la inmensidad del sur debe ser inimaginable.

 

 

 

 

 

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