México City (fragmentos) / Carlos Riccardo

Una historia del trayecto caminaría diecisiete pasos irreales de la frase suspendida en el pasillo hacia la recámara. Bajo artificios verbales se velarían entonces la extenuación física y mental, el deambular entre barras, el asentir entre puntos la certeza de no esperar ya nada.

Abres los ojos. Miras fijo hacia la ventana, como sonámbulo. Las varillas de la persiana proyectan sombras planas que al interceptar las transparencias de luces de la calle reverberan imperceptiblemente al pie de la cama. Si ellas se mueve simulas dormir, pero en realidad permaneces despierto, esperando la aparición súbita y reluciente del cuchillo.

Allí tendido, soportando el roce de su piel, respirando el agrio aroma que despide su cuerpo y se impregna en las sábanas

 

 

 

Al abrir las puertas notas que las ventanas están cerradas, las persianas cerradas y puestos los seguros. En el interior no se escuchan ruidos y el aire huele extrañamente, a pelo quemado.

A pesar del encierro, la claridad de la calle se cuela por algún lugar inadvertido, ya que alcanzas a ver, difusos pero vibrantes en la sombra, el contorno de los muebles, las imperfecciones del piso y la puerta semi entornada de la habitación contigua

Adentro, el aire es más desagradable todavía. Intuyes el bulto de su cuerpo acurrucado en la cama. Te mueves despacio, tratando de no despertarla.

Silenciosa y quieta, aparece ahora parada en el vano de la puerta, su figura apenas se recorta en la oscuridad gris del pasillo. Tiene la boca rígida, tiesa. Los brazos le cuelgan inertes a los lados y en una de las manos sostiene débilmente un cuchillo.

 

 

Dice que han intentado forzar la puerta.

Observas, dispersas a través del cráneo, las diminutas cicatrices que se ha provocado con la hoja de afeitar. La tocas. Al rozar su piel sientes algo así como una descarga de resentimiento.

El desorden es de varios días. Hay ropa sucia amontonada sobre el sillón, platos desparramados por el piso. En el aire persiste acre el aroma del pelo quemado. Abres las ventanas.

La oscuridad del ambiente se tensa detrás de su figura tenazmente dibujada por las huellas de luces y sombras coloreadas que irradia la pantalla del televisor.

¿Estás aquí? ¿Estás? Aqui? –dispersa en la atmósfera de la sala la pregunta se modulaba desde los labios hasta los gestos casi fluctuantes de las manos en el aire enrarecido de la casa.

De lo real solo queda un residuo de miedo.

 

 

tocas la puerta, con los nudillos, dos o tres veces, pero ella no contesta. Está en un rincón, descalza, encogida sobre las baldosas azules. Tiene las piernas flexionadas de tal forma que al rodearlas con los brazos, a la altura de las rodillas, las manos quedan libres para esconder en ellas la cara.

Una historia del encuentro permanecería en la superficie de lo extraño, marcaría encrucijadas, desplazamientos por un mapa desierto hasta el declive final en algún oscuro rincón de la casa.

Insolubles, ante mí se abrían diecisiete sílabas de espacio entre el punto donde la realidad me encontraba y la silla junto a la ventana, único lugar inteligible, por donde se filtraban, armónicas y espaciadas, las luces rojas y naranjas de la ciudad

Fugazmente percibí que ella corría refugiarse en el baño. La ducha seguía abierta. Pensé que sólo me atacaría después de bañarse pero estaba equivocado: en ese instante se abalanzaba sobre mí con una tijera.

 

 

 

Una historia de la noche hacia la noche volvería siempre a un punto de encuentro, cercano pero difuso.

Una historia lineal de la noche buscaría entonces la escena continua y futura; desarrollaría, por fragmentos, mediante breves instrucciones a la segunda persona, la asfixia de un presente clausurado. La descripción se daría al modo arbitrario de la realidad. Se limitaría a los ángulos de una mala noche, a las aristas y su centro.

La imagen física de una noche que no acaba, que no va a acabar aunque tras la persiana se vislumbre, exponiéndote a la ambigua radiación de lo vivido, la luz próxima de la mañana

 

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