Desleer, trasleer, contraleer, enleerse / Reynaldo Jiménez

Lo que sigue no podría ser sino una sarta de apreciaciones por parte de alguien que ha seguido, desde el extranjero, con interés de lector, el desenvolvimiento de la poesía publicada en el país donde nació, sin desconocer que este acompañamiento a distancia se ha visto sujeto a los avatares propios de la co-incomunicación impuesta entre Buenos Aires, donde resido, y el Perú. La mía es, sin quererlo, una intervención ambigua, pues si por una parte soy un observador parcial (debido a la distancia geográfica), por otra, y por razones de contemporaneidad en la práctica compartida, me siento implicado en lo que este libro trasunta al situarse problemáticamente en la mira de una cierta exigencia ética. Exigencia que infiero moción por una ética intrínseca a la creatividad, capaz de desestabilizar el conformismo de poéticas consagradas-para-exclusión-de-otras-variables, desde algunos medios teóricos académicos o especializados (sin dejar de mencionar la «indiferencia» mediática) como desde las ideas fijas, dadas como información preexistente, con que suele abordarse la experiencia poética.

Quisiera asumir a la poesía, ante todo, como una esencial disidencia al interior de los significados al uso, en relación a una continua pero siempre provisoria investigación del lenguaje y a la sensibilización instigadora de sus posibilidades connotativas. Entiendo que aun en la traslación de referencias reconocibles, temáticas, sentimentales o por vía de la descripción figurativa, y, sobre todo, en el recurso a los arrastres del habla (de las fablas), la poesía sólo necesita y exige precisión en el uso de la palabra, esto es, conciencia de las formas y su capacidad explícita o subliminal para transmitir, conmover, interrogar, presentar. Para mejor delinear este arranque: aprecio y me atrae el atravesamiento de lo connotativo más acá de cualquier autoexpresión (en el sentido del expansionismo monotemático de un Yo o un apriorístico Nosotros), siempre y cuando prevalezca la conciencia material, matérica, materializadora, de la palabra.

Me refiero a que concibo al poema, si hablamos de composición (concepto caro a Valéry), ahí donde se inscribe un para qué de la expresión: utilidad espiritual, en casi todo tiempo y lugar, de la poesía (poemas para algo, por algo, en el rango de la necesariedad (contundencia y sutileza): poemas para el nacimiento, para acunar al niño, para acompañar la muerte, para después de la muerte, para celebrar, para enamorar, para cuestionar a los poderosos, para el sexo, para acuñar un secreto, para destilar una clave, para informar acontecimientos, para cantar el origen, para recordar a los ancestros, para hablar con los animales, para hacer llover, para la libertad, para conjurar el miedo o la pérdida o atenuar el dolor, etc. Pues aludir a la connotación, aquí, no sería otra cosa que indicar la cuestión siempre urgente del sentido (de los alcances e influjos de la palabra, así como de la incorporación de lo indecible, de lo indecidible del silencio, que deviene presencia del sentido). Y, en todo caso, «entiendo» a la expresión poética abarcando la dimensión específicamente literaria, pero sin que ésta constituya su límite acondicionado para el cotejo confirmador (su puesta en marco, para tranquilidad de todo abordaje situado por encima o desde fuera de la experiencia poética en sí).

Experiencia poética: proceso, que no se agota en el poema, y que no desestima a la inspiración (de hecho la inspiración existe porque ciertos eventos poéticos resultan inspiradores, y es en esa transmisión de energía altamente condensada y continuamente retroalimentada por la sensibilidad, que cabe considerar los efectos conectivos de la entonación -dar un tono- de la poesía). Y el poema: no apenas el eslabón perdido, ya reubicado, en la cadena de los referentes, sino la abertura connotativa, amorosamente habitada por la expresión, atravesada por un doble movimiento: hacia la intimidad de la resonancia significativa, hacia el contacto con los signos compartidos vívidamente resignificados y enviados a la atención. Si no se debieran menospreciar las múltiples posibilidades de la poesía a riesgo de perderla también en su función social, ello se debe a su cualidad arcaica de tecnología espiritual, su participación y propagación de lo inspirador (lo creativo) entre las formas y las formalidades, su índole a la vez específica e incomparable. Pero porque se me reserva, sólo un momento, el privilegio de ser uno de los primeros lectores, en panorama de integridad documental, de los aportes de cada poeta-manifestante en su reunión como libro, también se me solicita, de algún modo, una primera observación del conjunto: donde los discursos chocan, se sacan chispas o se prescinden, puede plantearse un efecto paradójico de consonancia, en caso de que se me permita asimismo desviar, sólo un momento, el foco de lo debatido en dirección a lo que quizá realmente esté en crisis (en juego): no la poesía exactamente, su existencia-práctica en el mundo, sino los propios abordajes y perspectivas con que se encaran la interlocución y el intercambio de experiencias en (y manifestaciones con) la palabra.

Al inquirir, de base, por el sentido de la poesía, en el presente contexto por lo menos, no estamos sino revisando e interrogando una crisis más profunda, que de hecho es una crisis de percepción («crisis de paradigma» de la que la crítica, por justicia etimológica, no se exime) aunque con visos de alienación y violencia generalizados, también marcada por el vértigo de la voluntad de lucidez transformadora. Por el reconocimiento de las comunes zonas de opacidad, la reflexión se quiere más abarcante: para retomar la poesía en tanto participación de un proceso de transformación más amplio que la mera consideración estética (aunque sin evadirla, desde luego, situándola en primer plano). Así, recalco mi negativa a aceptar en el debate cierto elemento subyacente de corte localista, si no de trasfondo nacionalista, y asumo este rechazo acorde al espíritu de intercambio reflexivo, por «entender» que la poesía (ella misma disidencia en el seno de los significados rutinizados y obligatorios) no necesita ser rebajada a ese prejuicio, altamente violatorio del derecho de la libre circulación de las personas (aunque no de las ideas y menos aún las intuiciones), como es la noción de Frontera, no comentada siquiera por el conjunto de los documentos aquí presentados. Descreyendo de toda frontera (el trazado limítrofe: la primera reja del panóptico), incluyo la imposición de Identidad (sobre todo cuando ésta aparece revestida de un Nosotros, sea cual fuere su signo o su rango, siempre a la larga defensivo: nacional, generacional, grupal, etc.) en tanto dispositivo separatista, propiciador, no de la alteridad, sino de la misma violencia (la mutua irritación que impide el contacto y por lo tanto la escucha, es decir, en gran medida la interlocución) de la que surge, obligatorio y legitimador de subjetividades, ese Nosotros [1].

Preferiría optar, una vez más, por una vinculación en la conversa que no tendiese a neutralizar ninguna diferencia en favor de algún pro-medio (y entonces: no lo conciliatorio sino lo complementario, desde la constatación conciente de las respectivas incompletudes e inconclusiones), tomando cualquier límite por las astas de su potencia sumatoria, dadora de mezclas, a cambio de tanto voto de clausura en el feudalismo de los propios ademanes, fijados inevitablemente para instrumentar códigos de conducta (aduanas a la invención). Es así que, ante la propuesta de debate, insisto, me interesa resignificar esta intención, justamente desde su anhelo y contenido crítico, apelando a que la Crítica de las poéticas pueda, ella misma, ser reconsiderada también en tanto objeto de observación; en vez de la superposición de enunciaciones en disputa, enfrentadas por inconexas, por descuido de las conexiones más delicadas y complejas, para continuar con una ya demasiado alicaída pugna entre las estéticas. Es innegable el paralelismo entre frontera y «región estética», fundamentalismos ambos que la poesía simplemente no tiene cómo (ni por qué) conformar o confirmar, enfocada como suele en una precisa investigación de lo indeterminado e imprevisto, lo no producido ni inventariado, lo incondicionado y curativo por relacionante.

Por la poesía respira el matiz extraordinario, de manera que aquélla asume la cotidianidad (y las palabras compartidas) en su continua «primera vez»; el acontecimiento (que, según Braque, «estalla con la luz del día»), aun cuando no clasificable fetiche literario, aviva, al devenir ineludible, mera conciencia en sí (enigma de la vida y de la atención que la enfoca). Apelación a la presencia porque acto de presencia, el poema no surge para proponer una opción (acuerdo o desacuerdo), pero tampoco integra el coro de los ajustes al Nuevo Orden Mundial ni obedece programáticamente, bajo comportamiento asignado, los decretos o dictámenes de ninguna hipótesis, glosa, interpretación o preceptiva. No es infrecuente, por esta vía, que una poética realmente «nueva» (en la medida en que se haga cargo sincrónicamente de las tradiciones a la vez que de su permanencia en lo desconocido, o sea el presente con su indeterminación) proponga otras maneras de leer (nuevas tal vez de tan antiguas). Las poéticas que no responden a una programática, no se dejan subestimar por los pactos de lectura al uso (incluyendo las neoconvenciones centradas en el supuesto de transgresión o las «historias de vida» con que suele promocionarse a los autores-personajes), tác(t)icamente acordados entre las partes interesadas en el mantenimiento exclusivo de unos patéticos prestigios, fundados en infinitas discriminaciones y prejuicios alimentados como sabuesos al interior del deseo, dentro del estado de cosas, de lo que hemos llamado, hasta ahora, Cultura.

No que la poesía venga a proponernos otro estado de cosas ni otro Estado, sino que sea capaz, en su rareza, en su excepcionalidad, de afinar la atención, atravesando el mundo/molde, permeándolo desde una incisión significante. Porque los significados, según preferíamos creer, no estaban ni están dispuestos idealmente para reemplazarlo y hablar en nombre del sentido, como si éste pudiera (o tuviera cómo) responder a un comportamiento predestinado por mandato (como verificación consoladora en un saber, por ejemplo).

Por lo antedicho es que me permito dudar de la existencia de esa entidad denominada «poesía peruana» (podría ser igualmente «poesía argentina»), como si se tratara de una entidad preexistente a la que en masa debieran adherir las insurgencias poéticas, algo así como una dirección forzosa para la más delicada libertad. Como si estuviésemos hablando (como si tomar la palabra no fuese ya perderla) desde una afirmación identitaria (sostenida ontológicamente por incólumes pilares de algún proyecto común diferenciado y afirmado desde el recorte violento de la división política o cualquier otra, a la vez que proyectándola moralmente hacia la consolidación confirmatoria de un Estado). La lengua-mater, en tal imaginario, supónese obligada a hacerse depositaria de una cosmovisión ya reglada ante la cual el hacedor de poemas debiera rendir cuenta hasta de aquellos actos más inexplicables (tales como la formación de un fraseo particularmente inquietante por su insignificancia). Cuando digo Estado (y estado de cosas, también: pacto de lectura) no evado la persistencia un tanto sombría de lo pretendidamente sólido (esa inexistencia, en la medida en que se escinda de lo poroso): lo prestigiado por los dominios del Conocimiento (mientras, por su parte, la poesía no sería un saber sino un devenir): lo certero y ya dispuesto como capital simbólico, a la defensiva o a la sombra de unos valores institucionales que, para ser, necesitan repetitivamente ser/hacerse enunciados (Patria, Cultura, Tradición, Revolución, Literatura). Y esta rara acción en el mundo (nada menos raro que el mundo ante «la suspensión de la incredulidad»), que sería la poesía, dispuesta nada más que a lo receptivo, es decir, a una donación de la energía en sus formas verbales u otras, no podría (ni tendría por qué) hacerse cargo de ningún «Nosotros», término defensivo (otra vez la estructura contingente ante la intemperie de origen) de aplicación las más veces totalitaria, por allanar y pretender confiscar el escándalo del resplandeciente enigma, que es la presencia insobornable.

Por lo tanto, resultan alentadores, en el conjunto documental, aquellos pasajes en los que alguno que otro autor recuerda esas palabras, ahora mágicas, pero sin duda cargadas, dardosde curare connotativo, conjuradoras per se de la fragmentación: asháninkas, shipibos, campas (como podríamos decir, por nuestra cuenta y riesgo: tupi-guaranís o hopis o mapuches…). Tales nombres son el recordatorio votivo de la desaparición, de la pretendida desaparición, de pueblos enteros, en todo sentido originales (y, con ello, la destrucción sistemática de cosmovisiones-otras, cuyo reconocimiento no podría sino enriquecer el contexto americano y posibilitar, desde ahí, algún futuro presente más generoso). Pero así como el status quo (proyección que un Nosotros no desmarca) suprime a pueblos enteros, así barre constantemente (desde la hipocritocracia de la masividad manipulada que a lo comunitario pretende reemplazar) con los derechos más íntimos y pulsionales del individuo, primera y última minoría (de continuo subestimada).

¿Y qué decir entonces y a la vista de semejante manipulación acerca de la compulsión de agrupar, ubicar, analizar, organizar los eventos poéticos (cuál sería su fundamento)?: como si la tarea básica del crítico o el estudioso fuese colmar un inventario, en vez de arrojarse él mismo a la corriente magnética, es decir, abrirse concientemente la crisis, renunciar a su investidura formal y su aura razonable para prohijar la investigación ahora en sí mismo, en su propia circunstancia y condición, en comunión carnal con la esencial ignorancia, fuente del proceso creativo. De la misma manera en que el poeta (lector mallarmeano), al flexibilizar el lenguaje, está jugando con el fuego de su propia subjetividad, su conciencia de sí y sus vínculos, prefiero atisbar el panorama (para no asistir al panóptico) de esta confusión «americana» o «actual», donde y cuando la voluntad civilizatoria no ha dejado de mostrarse insaciable, hasta su degradación ¿final? como mercado y embrutecimiento de(s)preciador de la más ínfima conciencia recíproca.

La lengua castellana que, habiendo sido la del conquistador enquistado en el inconsciente colectivo, puede seguir siendo intervenida, reafectivizada, curada por la expresión exploratoria hasta de sus llagas más subliminales, para dejarla reverberar con su luz mestiza (y esto hay que recalcarlo en lugares como el Perú o la Argentina, adonde se topa uno con discriminaciones interpersonales de toda índole, y adonde, desde el substrato de la experiencia compartida, filtran su insistencia corrosiva además de los rumores de los «vencidos» y «desaparecidos» de los últimos cinco siglos, los aportes de las inmigraciones europeas, asiáticas y africanas), su insaciable capacidad de asimilación antropofágica (hasta ¿por qué no? el sincretismo), arreciada desde luego por confluencias e influjos regionales para, desde ahí, la multiplicación de eventos tonales. Pero cuando digo tono en la escritura, también estoy pensando en el tono corporal, la actitud sensible en la lectura, que hace a la calidad de disponibilidad para la interlocución y, por lo tanto, la actitud relacionante, que va más allá (llega más acá) de las meras poses o posturas. Y estos arrastres astillados, incrustaciones móviles en la lengua, confluyen con el silenciamiento (elocuencia alterna, de pronto, en el poema) que no es el silencio activo sino lo reprimido hasta la sintaxis por la ley moralizada o la moral legitimada por la fuerza (incluso la moral de la contramoral igualmente estatuida en función de una misma violencia), lo que perdió la voz al serle negada la escucha, secuestrada ésta bajo la altisonante obediencia a los discursos mediáticos y la propaganda (y qué decir de los analfabetizados, al margen de las supuestas comprensiones y beneficios de la lectoescritura instrumentada por los poderes). Abierto hacia su esdrújula flexibilidad el arco de referencias, por su propia contundencia se envían tantas flechas en tantas direcciones, que se hace imposible fijar un único BLANCO; la evidencia es a todas luces plural. La riqueza de la poesía proviene de su condición de integradora de andariveles de lo real, desmintiendo de esta suerte a los detentadores del sentido, al detonarlo (palabra y silencio), sin reducirlo a mera representación de contenidos previamente clasificados («poéticos», «antipoéticos»); de ahí que no baste ajustarla al parámetro del género literario, al parecer estimable en cuanto atesoramiento de valores reflejantes del imaginario de una identidad equis. De manera que aquí estoy, con la identidad y la frontera en cada mano: ambas nociones siamesas; pero a la vez, creo que los bordes preconcebidos para la separación no son tan estables como se pretende, menos aún unilateralmente determinables, y que, en todo caso, lo que nos separa, de ser a ser, no deja de vincularnos.

Mientras el poema es una trama de relaciones, pues participa de la realidad orgánicamente, la reciprocidad, mutualidad solidaria de la alteridad (y no la institución «familia burguesa») sería la célula del intercambio social, partícula para el concierto más vasto, al requerir la entrega de la escucha, la receptividad, en atención tanto a necesidades y dimensiones compartidas como a la interioridad más intraducible y no por ello menos real. Pues la comunidad que se realiza en la experiencia poética no se reviste de lugar común, ya que siendo lo imprevisto su naturaleza no concede la menor seguridad o soporte al afán de dominación del sentido. Si el lenguaje dimana de los cuerpos, de los nervios, de los sentidos que son más de cinco; si la palabra orgánicamente nos atraviesa; si la escucha es la entrega (la palabra en sí un oído ancestral que inventa sentido al emanarlo), cabe, por contraste, atender el efecto de tanta represión en el lenguaje «comunicacional» (la misma premisa de legibilidad pretende injertarse a la poesía), destinado sólo a requerimientos utilitarios y al comercio, si no a esa especie de ronquidos defensivos, instalados en la repetición mecánica de fórmulas y muletillas, que impiden, ya que no el tomar distancias, la disensión al mandato desintegrador implicada en toda reflexión compartida. Por su parte, la formalidad del sobrepeso referencial (cada vez que se afirma una Identidad, trátese de un país, una patria o una generación: bajo la presión de hacer de la poesía lo que otros ya hicieron) convierte de plano cualquier signo libertario en mera consigna y lo confisca, lo arranca de la circulación transformadora aplicándole un cliché (adonde la subjetividad se suma al espectáculo general de la época, la rebeldía estipulada deviene rictus).

Cuando al fijarse el eje de la escritura en un contenidismo o contingencialismo a priori (poesía de la ciudad o de la provincia, poesía del cuerpo femenino, poesía homosexual, poesía de esta o aquella década, poesía de lo joven) la Identidad se torna explotadora de la materia verbal, a fin de socavarla en su libertad incondicional, para sonsacarle calculadamente unos contenidos bajo premisa o precepto, sin interés ni cuidado por la vitalidad en sí de esos materiales delicadísimos con que trata (no sobrepasando, así, en su pequeña escala y aun bajo su repertorio de gestos aceptadamente transgresores, la inercia devastadora con que la autodenominada civilización explota el planeta y somete a su delirio antropocéntrico los otros seres que lo habitan). El peligro de oscurantismo cool que pretendo señalar, liga con recordar una vez más cómo operan, en tanto imaginario adiestrado, nociones de cuño restrictivo, verdaderas imposiciones de la Cultura mayestática en su versión dominante, por detrás de ciertas premisas dadas, señales del allanamiento adiestrador del «pensar» (valorando en cambio a la poesía como un pensar alterno)[2].

Pero lo que me ocupa no es adjudicable a un demonizado coloquialismo (y sus variantes más o menos consecuentes a nivel de la sintaxis y el entronizamiento expansionista del referente) sino a una sumisión inculcada: escribir sobre y desde lo ya escrito, y sólo para mantener a la poesía en el estricto carril del informe entre especialistas o del remanido arte-de-culto (del mismo modo que se va al cine o se escucha música, muchas veces, sólo para «reconocer» lo que ya se había archivado en el inventario). Sin embargo la poesía en su calidad de proceso, con toda precisión nos desmiente, pone en movimiento lo que creíamos poseer y a lo que adjudicábamos el valor de la más alta o atinada certeza. La implantación del lugar común, transferido a la relación inmanente con la sintaxis, es decir a la articulación/invención del sentido (ahí donde se tantea la dinámica comunicativa o se instala una sintaxis que ponga orden en la relación), está resignando la praxis poética a un supuesto especular: entre una forma aplicada, según pautas y premisas promediadas por la época, y una realidad preconcebida, legitimadora de contenidos ponderadores, a su vez, de esa «real» realidad. ¿Acaso no son ampliamente políticas (en la vena de las micropolíticas del deseo: aportes activos para la transformación de la realidad social) la demolición de núcleos estáticos o enquistados en la sintaxis, o la recreación de palabras o formas condenadas al desuso (aquello que con ligereza suele tildarse de rebuscado o «retórico» pero que implica, de hecho, una entera vertiente de experiencia desechada)?

La posición del hacedor de poemas verbales, esencialmente un lector que intuye y «trae» a través de su particular relación con el lenguaje aquello que desea leer (aquello que lo desmiente, que lo cura momentáneamente de sostener la militancia de su identidad), a raíz del doble filo de la palabra, no puede sino ser incómoda, insegura, inestable: es él quien está entre paréntesis (lo cual no niega la posibilidad del goce estético o conceptual a otro nivel). La Identidad y sus definiciones entran en cuestión, porque lo que la poesía amplifica es la escucha que, desde luego, es cultivo de la(s) lengua(s), para lo cual se hace imprescindible seguir leyendo, seguir aprendiendo a leer. No acotar el proceso del poema con el supuesto de identidad, implica a la vez desmarcar el idealizado rol o manoseado rótulo de Poeta: llamamiento a continuar investigando qué significa ese hacer propio de la poesía, en éste como en cualquier espaciotiempo (pero sobre todo en éste). De manera que estamos, ahora, en la simultaneidad de una época conflictiva (en un mundo impredecible), en este continente (aunque casi sin contención), en lo abierto del sentido, tal como siempre se ha estado, supongo. Por esto es que quiero subrayar (ante los espejismos paralizantes de la época, la administración paranoica de la violencia y sus admoniciones económicas o bélicas sin perspectiva de construcción social, la abstracción financiera y los vericuetos legalizadores del poder autoritario, el rol de comodines del espectáculo, aceptado por gran parte de la autodenominada intelligentzia) la marca turbulenta, por apasionada, que impregna e interioriza estos valiosos testimonios de profesión de fe.

Turbulencia que hace a la época que nos toca (y que ojalá toquemos), que agita, con su background de contradicción, estas intervenciones cuya función más inmediata y básica pareciera la de promover y diseminar calor (no consuelo por la belleza sino belleza en lo intenso) y que menciono, para concluir, porque ella es señal inequívoca de honestidad: a su impulso variable, «el debate» deviene conversación multirradiada, registro orgánico y combinatorio a la vez que exposición pública de las subjetividades en juego (un paso al costado de cualquier inercia o indiferencia o especulación por reactivar la relación), simultáneas concepciones actualizadoras del intento y la meditación en la palabra. Tal vez porque en el vaivén entre receptividad e insurgencia, puedan situarse el desafío y el riesgo (en cuanto ampliación de la conciencia más acá de cualquier límite) que toda poética, siempre y todavía, merece corporizar.

 

 

1 «Se puede llamar alteridad al sentimiento de lo otro, esto es, de verse otro en uno mismo, de constatar en uno mismo el desastre, la mortificación o la alegría del otro. Ese término pasa a ser así lo opuesto de lo que significaba en el vocabulario existencial de Charles Baudelaire, esto es, el sentimiento de ser otro, diferente, aislado y hostil.» (Oswald de Andrade, «Un aspecto antropofágico de la cultura brasileña: el hombre cordial», en Escritos antropofágicos, col. Vereda Tropical, Ed. Corregidor, Buenos Aires, 2001, edición de Alejandra Laera y Gonzalo Aguilar.)

2 En todo caso, nunca estará agotada la denuncia contra la entera Cultura occidental, encarnada (occidentalmente) por Artaud que, sea dicho, nunca se propuso maldito en términos de personaje. El malditismo, tan aludido desde diversos ángulos en estas mismas páginas, ¿no será -en la medida de su pasividad figurativa, su incapacidad de participar en la gestación de una condición poética para la vida más allá de todo solipsismo- otro nicho conceptual destilado por y para el mantenimiento del status quo, como en otro tiempo la bohemia, para tornar inofensiva la profunda ofensa al sistema regio por parte de la sola, humildísima presencia de lo distinto, de lo que no calza en el ajuste social, y que rechaza por naturaleza cualquier designio de marginalidad o condición subterránea previstos para el artista «excéntrico», en realidad neutralizado por su carencia socioeconómica? Y en cuanto a la ya rutinaria insistencia en la poesía del «cuerpo femenino»: si el poeta es principalmente lector, alguien que escribe porque está en su escucha seguir aprendiendo a leer, entonces está muy clara su participación en lo femenino, ya no tópico condenado a marca legitimadora de una postura políticamente correcta, sino como lo receptivo, lo que se abre para recibir, lo que nutre en su donación y precisamente no recalca más la frontera entre hombres y mujeres (generalizados y neutralizados en sus especificidades deseantes, arrebatados de su condición de seres únicos cada cual).

 

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