El número de las cosas y su límite, la poesía de Kim Su-Young / Ángel Ortuño

La literatura coreana es anterior a la japonesa y casi tan antigua como la china, según lo señala el poeta y editor Pío E. Serrano;[i] también se refiere Serrano a la invisibilidad de esta tradición literaria debido a la mayor difusión que han tenido en el mundo las literaturas japonesa y china, así como a cuestiones relacionadas con la historia de Corea que la mantuvieron prácticamente cerrada frente a Occidente hasta “bien entrado el siglo XIX”. Estos convulsos episodios incluyeron la proscripción de la lengua coreana de 1910 a 1945, bajo la ominosa sombra de las intervenciones del imperialismo nipón. La independencia coreana, ocurrida hacia el final de la II Guerra Mundial, llevó también a la recuperación de su idioma y a un renovado interés por su literatura.

En este redescubrimiento de su riquísima tradición literaria —la coreana es una cultura con cuatro mil años de antigüedad—, la poesía ha sido un género de auténtica vanguardia. En palabras de Kim Hyeon-Kyun,[ii] “la poesía, siendo un género de escasa difusión, ha actuado en la literatura coreana moderna como género experimental de avance, y una de sus funciones ha sido la de abrir nuevos caminos y crear posibilidades de modernización para los otros géneros”.

Al igual que ocurrió en la literatura occidental, la transición a la modernidad en la poesía coreana llevó a sus principales autores a un rompimiento o relectura de la tradición a la que se integraban conflictivamente. Desde sus inicios, cuando los autores se valían de caracteres chinos para escribirla, la poesía coreana estuvo vinculada a mitos religiosos y leyendas. Este tipo de poesía floreció en el periodo conocido como de los Tres Reinos (300-668). Posteriormente, en la dinastía Koryo (935-1392) las formas de la escritura de poesía se diversificaron: el estilo kyonggi, con estructura rígida y propio de los aristócratas, y la changga, largos poemas populares. Hacia el final de este periodo fue cuando surgió la estrofa más conocida de la poesía coreana: el sijo, tres versos integrados por cuatro grupos de sílabas. Las formas poéticas continuaron modificándose a lo largo del tiempo, al sijo se agregaron el kasa y el chapka —versos de cuatro y ocho sílabas, respectivamente— y su nacimiento estuvo asociado a un hecho fundamental: cuando el emperador Se-yiong estableció, en 1443, el uso del alfabeto Jan-gul, de estructura silábica. No está de más señalar que este alfabeto, vigente en la actualidad, es considerado como uno de los de mayor precisión en la historia de estos conjuntos de representaciones de sonidos articulados.

Cabe aquí hacer un paréntesis: que el coreano sea una lengua silábica —me parece— acerca sus patrones de composición poética a los de nuestra tradición en español y los vuelve más susceptibles de traducción que los japoneses o los chinos.

En los siglos XVIII y XIX se desarrolló una nueva forma poética: el pansori, cuyos temas abandonan los motivos místicos y religiosos, y voltean hacia la vida cotidiana con un tratamiento humorístico que roza el sarcasmo.

1910 es señalado como el año en el que la poesía coreana se incorpora a la modernidad, cuando estas formas tradicionales son abandonadas o modificadas, como resultado de las lecturas e inquietudes de los nuevos autores. Destacan autores influidos por las ideas vanguardistas europeas, notablemente los del grupo conocido como “Generación del 34”, uno de cuyos principales representantes es Yi Sang, poeta que ha sido definido por Haroldo de Campos como uno de los autores más radicales en la experimentación vanguardista.

Kim Su-Young nació en Seúl, el 27 de noviembre de 1921. Sus primeras publicaciones están relacionadas con el entorno modernista o vanguardista. Formó parte del grupo denominado “La segunda mitad”, integrado por jóvenes que tuvieron un rompimiento radical con los patrones de composición e imaginería de sus inmediatos antecesores, como lo consigna Alejandro Zenker.[iii]

La antología que hoy se presenta arranca justo en el momento en el que la poesía de Kim Su-Young aún se encuadra dentro de parámetros bajo el influjo del surrealismo: imágenes abstractas, refractarias a la interpretación lógica, pero ya se avizora que —por vía de un sarcástico sentido del humor— comienza a ocurrir un rompimiento con la sintaxis onírico-alucinatoria e irrumpen elementos de la ineludible realidad social asociados a la reflexión metapoética asumida como irónico distanciamiento del arte puro:

He buscado formas radiantes,
pero es tan arduo como desarrollar una estrategia
……………..de guerra

El poema del que proceden estos versos, “La dura vida de Confucio” está fechado en 1945, según ya vimos, año de independencia y recuperación de la lengua coreana luego de la derrota del imperialismo japonés en la II Guerra Mundial. En este mismo texto encontramos una formulación que bien se podría asumir lo mismo como poética que como clave compositiva de la futura producción de Kim Su-Young:

Amigo, ahora miraré frente a frente
las cosas y la naturaleza de las cosas
y el número de las cosas y su límite
y la estupidez de las cosas y la lucidez de las cosas.

Luego moriré.

En estas líneas podemos apreciar el empleo de la figura retórica del polisíndeton, es decir se multiplica el empleo de la conjunción copulativa mucho más allá de lo estrictamente necesario según la gramática; sabemos que este uso tiene que ver con la intención de producir un efecto de sobre-abundancia y de velocidad enunciativa y, dada la naturaleza silábica del idioma coreano, no me parece aventurado aseverar esto refiriéndome a su traducción a nuestra lengua.

La conciencia del propio quehacer artístico ha sido señalada como característica de la producción poética de las vanguardias históricas; y aunque no podamos circunscribir la reflexión metapoética únicamente a este periodo, sí sabemos que es cuando se emplea de un modo mucho más acentuado. Pero Kim Su-Young no se limita al juego de permutaciones y distancias propio de la descomposición de estas vanguardias sino que lo subsume a una visión externa y que relativiza la trascendencia en el mundo real del arte de hacer versos. La última línea, “Luego moriré”, asume estoicamente la inutilidad tanto de la lucidez como de la celebración del mundo. Y es aquí, en este poema, donde se presenta un elemento que —al menos en la lectura de esta antología— es uno de los ejes de las configuraciones verbales: la poesía como registro puntual de lo observado; no su transfiguración ni su sentido trascendente, sino su atónita, amarga, enumeración: las cosas lúcidas y las cosas estúpidas va más allá de ser un recurso retórico, una prosopopeya, para indicar mediante esta transferencia de sentido precisamente lo hueco de la operación de asignar sentido, particularmente a través del empleo de las palabras.

La intensidad de la escritura poética de Kim Su-Young se inscribe en un firme rechazo a lo que Gotfried Benn llamara la “escritura seráfica”, la idea de que la poesía está necesariamente asociada a una retórica de lo difuso, lo extático, lo inaprensible mediante la palabra; la sublimidad está, si no descartada, sí exhibida como un mero recurso estético:

odio vivir arrobado en cualquier cosa

Este verso proviene del poema “Paraíso de arrobo” donde el poeta desmonta y ridiculiza el lugar común de la analogía entre la versificación y el canto de las aves:

Me rehúso al arrobo
de canciones que criaturas emplumadas
cantan al vuelo sobre el techo donde vivo.

El propio pensamiento analógico, establecido como uno de los fundamentos del discurso poético, es sometido a escarnio en un texto de 1956 titulado “El centinela de las nubes”:

Supongamos que observas de cerca al hombre que soy;
te darás cuenta de que llevo una vida rebelde contra
…………………….la poesía

Hacia el final del texto, el ejemplo clásico de pareidolia —es decir, el funcionamiento analógico de la mente que nos hace asimilar formas desconocidas a formas conocidas— la interpretación de las nubes es ridiculizado para rematar en un verso que, fuera de esta recontextualización, resultaría convencional y meramente decorativo dentro de un código de simbolización neutralizado:

Por culpa de haberme rebelado contra la poesía
en esta cumbre  árida, por mucho tiempo,
tendré que mirar las nubes sin soñar.
Yo, que soy el centinela de las nubes.

A esta reflexión sarcástica sobre los medios expresivos de la poesía seguirá el impacto de acontecimientos históricos y sociales a los que el poeta no pudo sustraerse. El poema cuyo título sirve parcialmente para titular esta antología remite a un hecho histórico debidamente puntualizado en una nota que citaré en extenso por su relevancia:

…la revolución estudiantil de 1960 (…) marcó profundamente al poeta para el resto de su vida. El presidente Rhee Syng-man intentó cambiar la constitución para prolongar su mandato. El descontento de la gente se expresó en manifestaciones por todo el país, con la participación de muchos estudiantes de secundaria y estudiantes universitarios. El 19 de abril el gobierno disparó sobre los manifestantes desarmados en las calles de Seúl, matando a cientos. Rhee se vio obligado a dimitir.

“Primero arranca esa foto y úsala para limpiarte el culo” es un poema largo y con abundancia de giros coloquiales, a la manera del channga y el pansori:

Rompe la foto de ese malvado sujeto,
tírala sin prisas al desagüe
y larguémonos del podrido ayer.

A partir de este punto, hay un nuevo viraje en la poesía de Kim Su-Young que diluye y confunde las fronteras entre la experiencia de transfiguración de la conciencia del poeta y su participación en los asuntos sociales. Ni hermetismo total ni panfleto, esta escritura se vuelve más densa en ambos sentidos que sólo en apariencia parecieran excluirse pero que se suman a una sensación mucho más abrumadora de extrañeza y hostilidad del mundo, de intemperie:

He estado cantando demasiadas canciones avant-garde.
He sido demasiado negligente con la belleza de la quietud.

(…)

Maduración ha sido la tarea de los sabios desde Sócrates,
poner orden
fue labor de los poetas en el convulso siglo XX.

(…)

 

Yo

pertenezco a una época incapaz de perdonar
………………….los mandamientos excesivos.

pero esta época es una noche que reclama excesivos
………………….mandamientos.

Sé cantar, igual que un búho, en noches como ésta.

Una canción aburrida,
una sucia canción, canción inerte,
ah, pero otro mandamiento.

Destaco estas estrofas del “Poema prologal”, composición fechada en 1957, que aúna reflexión metapoética, sarcasmo e irrupción de datos de la realidad que relativizan la tarea del hacedor de versos. Situación ésta última que alcanzará una altísima cota de irrisión y autoescarnio en el poema “Nieve” de 1961:

Tú, poeta, tu coraje equivocado,
tu rebelión inútil.
Tu poesía de resistencia todavía más inútil
es un obstáculo
inmenso.
No muevas ni un dedo ni nada.
Quédate inmóvil.
Solamente mira la nieve que cae…

Y, nuevamente, aparece el verbo recurrente en la obra de Kim Su-Young: mirar. La vista —afirman los freudianos— es el sustituto civilizado del tacto. La vista para Kim Su-Young es, más bien, el sentido que sintetiza la inoperancia, la imposibilidad de la poesía de tener injerencia en la realidad, de tocarla, como ocurre en el poema “El biombo”:

 

El biombo me separa de cualquier otra cosa.
¡Su cara de espaldas!
Levantado sin elegancia, como embriagado por
…………….los cadáveres,
el biombo es indiferente a todo.

(…)

levantado frente a mí, cubre un cadáver con otro cadáver

Eso hace la escritura, eso hace la poesía: cubrir un cadáver con otro.

“En estos poemas los intereses del poeta están perfectamente unidos, no existen fisuras. La realidad y el deseo son uno solo” termina el texto de la cuarta de forros de esta antología; sí, son un solo y enorme fracaso, pero eso sí —como dijera Cansinos Assens— un “divino fracaso” en los poemas de Kim Su-Young, cuya traducción a nuestro idioma debemos celebrar como el verdadero acontecimiento que es.

 

 

 

 

 

[i] Disponible en: www.prometeodigital.org.

 

[ii] Disponible enhttp://www.ucm.es/info/especulo/numero40/poescore.html.

 

[iii] Disponible en: http://www.literaturacoreana.com/profiles/blog/list?user=3va8bzyeysgmu

 

 

 

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