SINTONÍAS: Malos recuerdos / Gamoneda-Gómez Olivares

MALOS RECUERDOS

La vergüenza es un sentimiento revolucionario.
Karl Marx

Llevo colgados de mi corazón
los ojos de una perra y, más abajo,
una carta de madre campesina.

Cuando yo tenía doce años,
algunos días, al anochecer,
llevábamos al sótano a una perra,
sucia y pequeña.

Con un cable le dábamos y luego
con las astillas y los hierros. (Era
así. Era así. Ella gemía
se arrastraba pidiendo, se orinaba,
y nosotros la colgábamos para pegar mejor).

Aquella perra iba con nosotros

a las praderas y los cuestos. Era
veloz y nos amaba.
Cuando yo tenía quince años,
un día, no sé cómo, llegó a mí
un sobre con la carta de un soldado.
Le escribía su madre. No recuerdo:
“¿Cuándo vienes? Tu hermana no me habla.
No te puedo mandar ningún dinero…”
Y, en el sobre, doblados, cinco sellos
y papel de fumar para su hijo.
“Tu madre que te quiere”. No recuerdo
el nombre de la madre del soldado.
Aquella carta no llegó a su destino:
yo robé al soldado su papel de fumar
y rompí las palabras que decían
el nombre de su madre.
Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra
no podría volver y despegar
el cable de aquel vientre ni enviar
la carta del soldado.

Antonio Gamoneda.

 

—-

¿Por qué este poema de Gamoneda? Me fascina la impudicia del hablante, mitad autobiográfico, mitad impersonal, que en esa narratividad del poema nos entrega dos estampas del desamparo, la de la perra y la de la madre del soldado. Además de la del soldado. No es un poema con grandes efectos. No hay luces de colores, ni tampoco un mea culpa lacrimógeno y culpógeno. Pero esa planicie del lenguaje que permea a éste y otros poemas de Blues castellano, es tal vez un afán, creo que logrado, por traducir formalmente el desierto franquista del paisaje central de España.

Reconozco, además, que me gusta este poema por el mero hecho de haber sido escrito por un poeta español que no parece español. ¿A qué me refiero? A que Gamoneda no se parece en nada a José María Álvarez, parece la negación de Luis Antonio de Villena, está en las antípodas de Gil de Biedma o Carnero (algunos de ellos, poetas sin duda admirables, pero frente a los cuales Gamoneda parece un extraterrestre).

Por último, lo que hace a este poema tan único, creo, es su tono aparentemente menor. Aparentemente, porque es la sabiduría del epígrafe utilizado para iluminar el texto y no como mera acumulación cultural, la que le permite al poema desembarazarse de la inmediatez de su “anécdota” (la voz, su crueldad, su falta de compasión) y lograr otro nivel de sentido que lo recontextualiza. Las palabras de Marx, en este caso, politizan el poema en el más genuino sentido del término, lo hacen parte de la polis, lo colectivizan, lo hacen común -comunista-, pero no común y corriente, sino, por el contario, especial: una pequeña anécdota que se ilumina y/o transforma, por obra y gracia de una frase que es el centro mismo del poema.

También el tono de lo irremediable, ¿no? La carta de la madre del soldado no llegará, la crueldad con esa perra no se puede subsanar. Sólo la vergüenza puede remediar en algo la situación. Hay que agradecer que Gamoneda, en un arranque que hubiéramos tenido que calificar de patriótico, comprometido y patriotero a la vez, no escogió conciencia en lugar de vergüenza. Quiero decir: no se dejó engañar por las garras de una poesía de la militancia obvia, del compromiso inmediatista y muchas veces, ciego. El poeta se mantiene en sus fueros y no es el peso de lo ideológico sino la evidencia de la ética (permítanme, por un segundo, suponer que la ética está más allá de la ideología), la vergüenza en lugar de la conciencia, la que abre la posibilidad de un despertar a posteriori.

 

 

 

 

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