SINTONÍAS: Sala de disección/Watanabe-Ide

Sala de disección

 

Un cadáver puede provocar una filosofía del ensimismamiento,

sin embargo los estudiantes admirablemente

estaban entusiasmados con su muerto,

lo rodeaban

y discutían con fervor la anatomía de ese cuerpo de piel coriácea.

Yo aprendía otra lección:

la vida y la muerte no se meditan en una mesa de disección.

Los estudiantes me previnieron

que iban a extraer el cerebro. Permanecí con ellos:

a veces soporto lo siniestro sin perturbarme demasiado.

No hay sofisticación instrumental para retirar un cerebro,

una modesta sierra de carpintero

cortó el cráneo a la altura de las sienes,

luego sumergieron el órgano mítico en un frasco lleno de formol.

Yo me dediqué a observarlo, solo, en otra mesa

mientras los estudiantes seguían cotejando su denso libro con el muerto.

Sorpresivamente

una burbuja brillante brotó del interior del cerebro

como un mensaje venido de la otra margen,

y no había boca que lo pronunciara.

No había boca.

La burbuja, muda, se deshizo en ese aire levemente podrido.

 

 

José Watanabe.

 

 

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En mi libro Yakuza escribí un poema titulado “Telépatas”. En ese poema un ex yakuza va por las calles de nuestras ciudades sudamericanas imbuido en esa especie de pánico o estado alterado en el que uno anda cuando está de visita en una ciudad que esconde sus códigos, que disfraza sus lenguajes. Este inmigrante o desterrado camina, entonces, por las calles y nota los destellos del telescopio, del binocular tras la ventana de algún edificio. Siente el calor de un punto rojo entre las cejas, el laser del francotirador. Lo vigilan al japonés-sudaca. Cuando escribí ese poema pensaba en Watanabe, para quien la imagen y su significación están dadas desde el sentido de la vista. El rol del observador es develar. En el clásico poema de la mantis, Watanabe está tendido sobre las arenas calientes del Chanchamayo, agarra al insecto y se le deshace en las manos. Lo agarra para enseñarle que un ojo siempre nos descubre. Aquí asiste sin siquiera perturbase, como ante una pantalla, a la visualidad del lenguaje en su origen y la comunicación frustrada (quizás la ejecución misma del poema, el ejercicio mismo de la escritura): una burbuja brotada del cerebro, burbuja muda en el aire podrido.

 

 

Francisco Ide.

 

 

 .

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