SINTONÍAS: William T. Vollmann. De Los pobres (2011), Debate; trad. de Gabriel Dols Gallardo / Cristian Briceño

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Las dos montañas

(Japón, 2004-2005)

1

Este último retrato debe ser más fidedigno que los tres anteriores, porque transmite y afirma menos; al fin y al cabo, si alguna vez coincidiera con Montaña Grande o Montaña Pequeña lejos de su puente quizá no los reconocería; tampoco ellos se acordarían de mí. ¿Acaso no es eso fundamental para la situación? Si eso me divirtiese, yo, un hombre rico, podría escoger a unos pocos pobres para que me hicieran de mascotas, y luego podría alimentarlos del modo más gozosamente autogratificante; pero sigue incumbiéndome  evitar entrecruzamientos con los millones de otros que viven bajo la lluvia.

2

Vivían, como he dicho, bajo el puente Shijo-dori del río Kamogawa, en Kioto, en una casa de cajas con lona azul. Montaña Grande era bajo y Montaña Pequeña era alto. En su patio de entrada tenían sillas en torno a una mesita. Una tetera hervía sobre un fuego en un cubo ennegrecido en el río.

¿Cuánto hace que vivís al aire libre?, les pregunté.

Un año, dijo el hombre con la mascarilla. Era Montaña Pequeña. Perdí mi empleo. Era ejecutivo. La compañía hizo una reestructuración.

Ahora que llevas tanto tiempo aquí, ¿será difícil volver a ser ejecutivo?

Claro que quiero, pero por las restricciones de edad no me aceptan. Hay mucha gente viviendo así.

Ni siquiera los más jóvenes pueden conseguir trabajo, dijo el otro hombre, conque no hay nada que hacer.

Es la primera vez que me veo en la calle, observó Montaña Pequeña.

¿Qué hiciste cuando pasó?

El primer día no había plan, pero al menos teníamos que procurarnos algo de comer. Conseguimos cartones y sábanas. Ese primer sitio fue aquí.

Él es de Kioto, dijo su amigo. Yo soy de Hokkaido. Nos conocimos sin más.

Él también había sido ejecutivo. Yo trabajaba para una gran farmacéutica, dijo con orgullo, y luego ¡lo dejé! Llevaba trece años en la compañía. Ahora llevo tres aquí.

¿Por qué sois pobres?

Montaña Grande echó el cuerpo hacia atrás y dijo: Yo no nos veo como pobres. Si tenemos un sitio donde vivir, vamos allí; si tenemos un trabajo que hacer, lo hacemos.

Pronunció esas palabras con ese mismo tono de orgullosa insistencia, y el otro se rió, avergonzado, me pareció.

¿Cómo conseguís comida ahora?

Recogemos latas vacías y las vendemos para reciclar. En un día nos sacamos tres mil yenes. Después vamos al supermercado. La mejor comida en relación con el precio es el ramen, el arroz, las verduras.

Cuando la gente se cruza con vosotros, ¿es amable?

Asintieron.

¿Cómo os mantenéis calientes?

Bueno, antes tenía novia, dijo Montaña Grande con una triste sonrisa. Echo de menos a las chicas.

¿Qué sueño tenías para el futuro?

¡Presidente de una corporación!, exclamó Montaña Grande.

Montaña Pequeña dijo: Me gustaría trabajar.

¿Cuál sería el mejor modo de ayudar a las personas como vosotros?

Montaña Pequeña me sonrió con tristeza, con la cabeza inclinada hacia un lado y su gorra de poliéster oscuro torcida hacia el otro, y dijo: Construir una sociedad en la que sea más fácil vivir.

Compartían un acuario con treinta peces de colores, por pura diversión, dijeron. Ocupaba un pedestal en mitad del agua. Los pájaros se comían a sus mascotas, de modo que pusieron una tapa.

[…]

5

Aquella primera vez, cuando les di dinero, Montaña Grande, arrugando la frente, había querido rechazarlo, pero le imploré hasta que por fin accedió a aceptarlo. Era orgulloso, que es lo mismo que estar avergonzado.

La segunda vez yo estaba cansado y Montaña Pequeña, ocupado, de modo que lo dejé a solas bajo el puente porque era alguien a quien apenas conocíamos y él nos había olvidado; nosotros éramos ricos y él era pobre…

 

 

Probablemente, una de las descripciones de “pobreza” más logradas la haya conseguido Victor Hugo en unas pocas líneas, cuando en la primera parte de Los miserables nos presenta a una Fantine en pleno descensus averno, quien debe poner en funcionamiento su ingenio para hacerle frente a la escasez de todo: “Aprendió cómo se vive sin fuego en el invierno, cómo se ahorra la vela comiendo a la luz de la ventana de enfrente”. También recuerdo a otros pobres memorables, como Tom King en “Un buen bistec” de Jack London, Nelly, la hija del príncipe Valkovski, en “Humillados y ofendidos” de Dostoievski, e incluso Charlotte, el vagabundo de Chaplin, especialmente en esa belleza que es Luces de la ciudad. Pobrezas distintas y distintas maneras de afrontarlas; la fascinación del ser humano por ver hasta dónde puede caer el prójimo es casi un deporte. Sentirnos salvaguardados por ese muro que construye la ficción y en donde podemos ver sin temor a caer también nosotros mismos es altamente tentador. Sin embargo, Vollmann va al lugar de los hechos. Provisto con una grabadora de voz, ingresa a lugares impensables y hace la pregunta de rigor: ¿Por qué eres pobre? La pregunta no es fácil, aunque sí es de fácil respuesta, porque enfrenta al entrevistado/pobre con sus temores, sus traumas, sus resentimientos, etc., y automáticamente, casi por reflejo, sale todo lo que una persona relegada de la sociedad lleva en su interior. Las respuestas, si bien son siempre elementales, son también reveladoras para todos, porque todos carecemos de algo, todos somos pobres de algo, aunque nuestra pobreza no comprometa nuestra supervivencia diaria. Montaña Grande y Montaña Pequeña no son los típicos personajes de crónica cuya función es caernos bien o escupir alguna epifanía o tocarnos, sino que parecen inventados por la imaginación de Vollmann para poblar un espacio real y hacerlos existir sin motivo, hasta que el olvido los borre apaciblemente y vuelvan a ser aquello que no queremos ser. “Tú y yo somos ricos”, nos dice Vollmann hacia el final de Los pobres.

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