SINTONÍAS: La tierra baldía: El entierro de los muertos (fragmento) / Eliot- Freidemberg

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.

T.S. Eliot

Traducción de Agustí Bartra

 

Ningún texto poético fue tan decisivo en mi vida como este fragmento de La tierra baldía, y todavía hoy no puedo evitar un estremecimiento cuando lo leo. Fue hace mucho, hacia 1980, tal vez un poco después: tenía que dar cuenta en un artículo de la poesía que empezaba a hacerse por ese entonces en Argentina y al encontrarme de casualidad con el poema de Eliot sentí que ahí estaba la idea. Una poesía que no puede decir ni adivinar nada, que apenas puede conocer imágenes rotas, pero imágenes en las que el sol bate porque están hechas de realidad concreta, en el mundo concreto. Poco para decir pero cierto, consistente, por más incompleto que sea o destruido que esté, en un mundo donde no se sabe si pueden arraigar raíces o crecer ramas, un mundo hecho de desperdicios, restos, cosas con la que no sabemos bien qué hacer. No había cobijo en ese mundo, ni consuelo posible: apenas la posibilidad de guarecerse bajo algo así como una roca. Estábamos en la Argentina de principios de los 80, la tierra baldía o arrasada por una dictadura que no dejó nada sin tocar.

No era, sin embargo, la poesía de mis compatriotas y contemporáneos eso que pude reconocer en el fragmento. Con el tiempo me di cuenta: era mi propia poesía, o el rumbo que a tientas estaba tratando de encontrar para escribir algo en lo que pudiera haber algo que no fuera sólo insignificancia o impostura. El mundo en el que había vivido hasta 1976, en el que las cosas y las palabras tenían sentido porque existía un horizonte, ese modo de situarse en el mundo del que había surgido mi primer libro, estaba aniquilado. No era por la represión del Estado que ya no podía escribir sino por la pérdida de sentido de las palabras y las cosas. Nada decía nada o de nada era posible decir nada que no fuera un bramido de furia, un quejido de dolor o una manifestación de impotencia, cosas que siempre me negué y me niego a hacer en poesía. ¿Había alguna posibilidad de que algo, en esa realidad, o en mi realidad interior, estuviera lo suficientemente vivo como para ser puesto en palabras de modo de que hubiera, en esas palabras, algún tipo de resonancia poética? Y ahí es que muy de a poco empezaron a aparecer palabras, frases, esbozos de imágenes que, en su modestia y su opacidad, pude reconocer como propias, y que iba anotando y viendo qué podía hacer con ellas. Como quien va aprendiendo de a poco a mirar de nuevo el mundo, a estar en el mundo. Nada muy importante, ni alentador, ni mucho menos brillante, pero cierto, asentado en algún tipo de verdad: cosas de las que, acaso por pequeñas y parciales, podía de veras hablar. T.S. Eliot, aquel fragmento de su extraordinario poema, me lo confirmó, me hizo ver que ahí había una posibilidad que valía la pena sostener, algo así como el principio de una escritura propia. Eso vengo haciendo desde entonces: poco que decir, nada que adivinar, apenas –y nada menos– la máxima atención posible a la verdad que puede haber o hay en algunas cosas, y empezar a probar qué puede uno encontrar ahí. No voy a generalizar pero esa me parece que esa es en buena medida la situación que a los que de veras queremos escribir poesía nos toca en estos tiempos en que de nada podemos hablar sin ser frívolos e impostores que no sean imágenes rotas donde el sol bate, o las luces de la calle o la de la lámpara del escritorio o la de la pantalla de la computadora.

Daniel Freidemberg

 

Anuncios