BACKSTAGE. Ángel Cerviño: “Creo son las palabras, y no el autor, las que quizá tengan algo que decir”. / Maurizio Medo

Leía el texto de Alberto González-Alegre que aparece en el catálogo de la exposición “Gólgota Suite”. Encontré algunas observaciones que me parecieron muy interesantes con respecto a tu trabajo visual. González-Alegre destaca, entre otras cosas, el tratamiento de imágenes “como si fueran negativos grabados al ácido”, “una perspectiva arquitectónica, deliberadamente distorsionada” y su aparición como si –éstas imágenes- fuesen “fotografías desenfocadas”. Tuve que detenerme pues me pareció que González-Alegre estuviese hablando de tu escritura. ¿Cuánto influye el trabajo visual que realizaste en ella?

Hasta hace algunos años se me podría haber considerado un artista plástico que escribe (de hecho en todos mis catálogos era inexcusable incluir una “intervención textual”), ahora parece que ha girado el eje de mi dedicación y ya soy más un escritor que también hace trabajos de artista. Las dos actividades van paralelas, aunque quizá inevitablemente -por razones de pura optimización de la energía disponible- una de ellas acaba convirtiéndose en fuerza dominante en diferentes etapas de la vida.

Es probable que el grado de extrañamiento que proporciona el ser un extranjero, el haber llegado de otras latitudes, confiera a mi escritura unas características de timbre y acento que en determinados momentos se hacen más visibles; leer y escribir poesía desde una óptica que tiene mucho que ver con las prácticas artísticas vanguardistas y conceptuales, posiblemente me haya llevado a operar de una manera un tanto diferente a otros poetas, pero no es algo premeditado, lo único que sucede es que cuando escribo trato de hacerlo con la máxima intensidad, identificando bien mis intereses y yendo directo hacia el objetivo, procurando dejar de lado cualquier otra consideración. Raúl Quinto lo ha visto bien en una reciente crítica a Exogamia aparecida en la revista Quimera: “El libro se concibe como una aventura performativa, a medio camino entre el arte conceptual y la poesía tradicional”. Ahí me siento cómodo en esa situación de frontera. Ahora mismo me gusta pensar que soy un artista que trabaja con el lenguaje.

Por otro lado, es bien conocida una cierta tradición de poetas con actividad artística paralela, en America Latina Juan Luis Martínez y Jorge Eduardo Eielson, o en España José Miguel Ullán y Francisco Pino, han realizado fructíferos experimentos plásticos, y estoy hablando sólo de unos poetas que han sido referentes básicos en la conformación de mi propia voz, pero seguro que hay muchos más que han trabajado en varios territorios simultáneamente. Hay que tener en cuenta además que la curadoría de exposiciones, lo que en España se suele llamar comisariado independiente, ha sido -y todavía sigue siendo- mi principal labor profesional desde hace algunos años, con lo que el vector de las prácticas artísticas sigue teniendo una fuerte presencia en mi día a día, e inevitablemente acabará pregnando de una u otra manera mis trabajos de escritura.

Tu primer libro El Ave Fénix solo caga canela (y otros poemas) es del 2009 y, tal vez digo, sea el único donde aparecen “poemas”, es cierto que, por momentos, se ven desbordados o por las imágenes en prosa que, como bien señala Ernesto García López “se acercan al reportaje alucinado”, por el diálogo –sarcástico- que estableces desde ahí con el psicoanálisis donde “la poesía parece reírse aquí de sí misma usando sus propias armas”, dijo Juan Manuel Macías. Desde El Ave Fénix solo caga canela… hasta MELTEMI + Tomas falsas has planteado distintos “ensayos”, los cuales –casi por consenso- hacen que se te considere un autor “raro”. Yo me preguntaba cuánto de esa “rareza” podía responder al hecho de haber llegado de “fuera de la literatura”, no lo sé. Observando este panorama –casi un pandemónium- me gustaría que hablaras un poco sobre tu concepción, no del poema, sino, más bien, de la escritura. Desde tu perspectiva, ¿qué hace que Cerviño sea considerado un “raro”?

He incluido poemas de apariencia tipográfica convencional en otros libros posteriores, pero tienes razón, es ahí en ese primer libro, donde se dejan ver con mayor frecuencia, supongo que todavía estaba templando mi dicción y tomando conciencia mis propios recursos. Desde el principio, además, tenía claro que quería incluir la palabra “poemas” en la cubierta de El ave Fénix solo caga canela, como una pequeña provocación quería que estuvieran muy juntitas las palabras “poemas” y “caga”, de hecho insistí mucho en eso al diseñador y el resultado fue el esperado: casi se tocan.

En cuanto a la rareza con que, a veces, se me señala, supongo que, efectivamente, viene de esa extranjeridad de la que hablábamos antes, y de la rareza biográfica de que publiqué mi primer libro de poemas pasados los 50 años, sin haber hecho ningún meritaje juvenil en revistas y antologías, de repente aparezco en escena sin referencias, como salido de la nada. Todo eso debe percibirse de alguna manera en la dicción y el fraseo de mi voz y en el foco de mis investigaciones, y supongo que sueno raro, yo no lo busco, pero posiblemente no puede resultar de otra manera.

En ese contexto la escritura se ha convertido para mí en una exploración acerca de las propias posibilidades de la escritura, así como el poema se convierte en una búsqueda de los límites de “lo poético”, y por allí se mueve como un destacamento de frontera. Creo que la de su propia consecución es la única experiencia de que puede dar cuenta el poema. Las batallas y escaramuzas en que se logra constituyen su único drama: el drama de nombrar. El poema es el primer sorprendido de su propia presencia, y permanecerá encadenado para siempre a la documentación de esa sorpresa, a la voluntad de encontrar para ese registro extraordinario e inexplicable un forma que convenza.

Si toda verdad, como primera condición, ha de estar disponible en el lenguaje, la escritura poética abre el abanico de verdades posibles: explora las variedades de experiencia que el lenguaje consiente. Las diferentes modalidades de presencia de la lengua en los acontecimientos (y viceversa), ese es el territorio que explora mi poesía: los diferentes ángulos de refracción de lo real en el cristal de la escritura. En el siglo XVI a eso en España se le llamaba labores de tercería: amañar encuentros y coser virgos, reunir palabras que no tendrían ninguna oportunidad de oírse sonar juntas. “Quería descubrir cosas en las que nunca había pensado, cosas que jamás habrían surgido de mis experiencias personales” estas palabras de la coreógrafa norteamericana Anna Halprin, me gustaría apropiármelas como epitafio.

 La polifonía se constituye en un elemento esencial de tu obra poética, y no sólo, también de tu novela ¿Salpica Dios como un expresionista abstracto?  y vamos, de acuerdo, lo visual es fundamental en tu escritura, sin embargo, noto yo –nunca lo hemos conversado- pensaba en el rol –y la importancia- que pareciera tener allí la música. Releo Exogamia, me detengo ante la movilidad de las imágenes que presentas y que, tal vez, se “te escapan” y vuelvo a la idea de la música, ¿podrías hablarnos un poco de ello?

La música es el arte supremo, todo el que habla desea cantar, como todo el que camina desea danzar. Creo que poco puedo añadir a lo dicho a lo largo de los últimos 27 siglos acerca de las aspiraciones musicales de la palabra poética, solo confirmar que los valores plásticos y táctiles del significante son algo básico para mí trabajo, tanto como los estructurales y constructivos. Pienso en música e inmediatamente vuelvo (vuelo) a una frase de John Ashbery que durante algún tiempo recité como un mantra, en realidad eran dos mantras, MANTRA 1: “Intento usar las palabras de la misma forma que el pintor usa su pintura”, MANTRA 2: “La dinámica de la música está en el corazón de mi poesía”. 

Pero el lenguaje tiene además otra música, una que le es propia y exclusiva, y esta es seguramente la que más me interesa: la música del sentido. Ya en mi primer libro, Kamasutra para Hansel y Gretel, publicado un par de años antes de El ave Fénix solo caga canela y hoy prácticamente inencontrable, que recogía una colección de apuntes de mis cuadernos de artista, tenía clara esta predilección por la música especifica de la palabra, y lo explicitaba en la presentación del texto: juegos de sentido que se organizan en torno a kits de conceptos y resuenan como frases musicales, grupos de notas/ideas sometidas a secuencias de repetición y permuta. Existe una geometría de la ansiedad y una arquitectura del desaliento. El sentido como un juego de posiciones, durante un tiempo he llegado a bromear en privado con esto, autodefiniéndome como “poeta estructuralista”.

Existen muchas músicas en el poema y lo interesante es conseguir que suenen juntas, que jueguen juntos sonoridades y conceptos, que se alejen danzando pero sin llegar a perderles de vista, que “se escapen” -como tú dices- pero no demasiado: que se mantengan a la distancia justa. No olvidemos que la palabra “polifonía” alude inequívocamente al universo de la música y cada poema -tal como yo lo concibo- integra diferentes modalidades de interpelación, acumula conflictivas situaciones de habla que han de sonar al unísono, pone el foco en una escena de la que brotan parlamentos de brumosa atribución, incluidos monólogos o diálogos fuera de campo; auténticos “cuadros” verbales (en el más estricto sentido teatral), sobre los que sobrevuela, no siempre invisible, la voz en off del narrador omnisciente -quizá el último disfraz que, a estas alturas, pueda permitirse el yo lírico- pautando con sus acotaciones, y notas al pie, la puesta en escena. Voces contrapuestas pelean por hacerse escuchar en cada página, cada línea habla desde un lugar diferente, y la indisciplina métrica subraya -en sus aspectos más formales- ese juego de decires disonantes; (¡y hay que ponerle música a todo eso!)

Procesiones de máscaras cruzan el espejo en ambas direcciones, chismorreos de muy distinta procedencia compiten y chalanean en cada párrafo: conversaciones atrapadas en el juego de ecos, fragmentos oídos al paso que el viento enreda y la prisa absuelve. El poema se desdice para que el lector sobrentienda, los dos vacíos se solapan y el sentido avanza por superposición y transparencia. Creo son las palabras, y no el autor, las que quizá tengan algo que decir. Tal como estoy trabajando ahora, ya no se trata de expresar atinadamente ideas o sentimientos, sino de perseguir en cada palabra los indicios de poema, el autor “no aspira a decir lo que siente sino a sentir lo que dice”, dicho en palabras de Julia Castillo, una poeta clave en mi propia trayectoria desde que comencé a escribir.

Te propongo algo: resígnate sólo un ratito y acepta esa condición de “raro”, una que podría estar muy próxima a otra –detestable, por cierto- como aquella de “experimental”. Sería interesante saber como “raro” y, agrego yo, también como un “desgenerado”, cuáles son tus diálogos con la poesía española. ¿Existe una poesía española?

Totalmente de acuerdo contigo, poesía experimental es un fastidioso pleonasmo. ¿Existe una poesía española? Sí, si nos atenemos a los datos que aparecen en las partidas de nacimiento, pero seguramente no es eso lo que me preguntas. La respuesta me parece muy complicada referida a cualquier país o estado, ¿existe una poesía peruana?; pero en el caso español es particularmente difícil de responder, en primer lugar porque resulta que el español es un idioma compartido en mayor o menor medida con casi todas las naciones del continente americano, y sí los poemas pertenecen a las lenguas, si son creaciones colectivas de todos sus hablantes -afirmación de la que estoy absolutamente convencido-, entonces España es apenas una pequeñísima provincia del español, un pequeño país que apenas puede reclamar un minúsculo tanto por ciento de la titularidad de esos poemas. Pero además en España existe un buen número de excelentes poetas que no escribe en castellano, sino en alguna de las otras lenguas cooficiales, gallego, catalán y euskera, con lo cual la posible respuesta a tu preguna ya la vemos cada vez más lejos y sus contornos menos definidos. La época tampoco ayuda, vivimos momentos de dispersión y disolución, donde conviven tendencias y categorías muy diferentes sin que ninguna establezca una cierta preponderancia y se alce como canon dominante; el espíritu de la época parece ser que no hay ningún espíritu de la época, sino una tremolina cambiante de espectros en danza.

 Y desde ese punto de vista, supongo que ocupo un minúsculo espacio dentro de ese otro pequeño lugar que es el de la poesía que se hace en castellano en España, y solo puedo decir que ahí he trenzado una pequeña red de afinidades y complicidades establecidas en base a intereses e inquietudes compartidas. Quizá cabría destacar un dato que siempre me llamó la atención: la juventud de mis lectores e interlocutores más animosos, sobre todo en un primer momento ellos fueron los que me recibieron con más generosidad y entusiasmo.

 Y con respecto a los “lugares” que visitas como lector. Se me ocurren Lorenzo García Vega, Eduardo Espina, Eduardo Milán… ¿Cómo se originó esta relación con estos –y otros- poetas?, ¿crees legítima la idea de que en España se inició un diálogo con América Latina y, en general, con lo no-español?

 Pues, en mi caso, no sé cómo se originó, pero lo cierto es que siempre me he sentido muy próximo a ciertas poéticas latinoamericanas; ya el primer poemario, El ave Fénix solo caga canela, se abre con una cita del poeta chileno, suicidado con apenas 30 años, Rodrigo Lira (“Que el verso sea como una ganzúa / Para entrar a robar de noche / Al diccionario”), que en aquel momento era tan poco conocido en España que muchos amigos del mundo del arte pensaron que era un heterónimo que me había inventado. El hecho es que desde mucho antes de pensar siquiera en escribir mi primer poema ya me interesé como lector por algunos movimientos poéticos latinoamericanos, como el nadaismo colombiano, con el magnífico Jaime Jaramillo Escobar, o los infrarrealistas mexicanos con el exuberante Mario Santiago Papasquiaro a la cabeza, muy irregular pero de una hiriente luminosidad cuando acierta. Quizá el lado contracultural y beatnik de estos movimientos fue lo que en un primer momento me cautivó, pues ese era el caldo cultural de mi juventud, Ginsberg y Corso (sobre todo Corso, soy un fanático del chiflado Gregory Corso y de su “Gasolina”) siguen ahí en el fondo de mi pantano, chapoteando y alumbrando fuegos fatuos.

 El catálogo de mis intereses en la poesía Latinoamericana se ha ido ampliando año tras año y sus influencias creciendo en mi propio trabajo, ya hemos citado antes a Juan Luis Martínez y Jorge Eduardo Eielson, pero procurando no convertir esto en una lista infinita de nombres, es imposible no acordarse de Lorenzo García Vega o de Eduardo Espina, o de Zurita, o del propio Maurizio Medo (siempre su Lupercal lo tengo cerca) y de los ensayos de Eduardo Milán que tanto me enseñaron, o -por cerrar ya la ennumeración- de un raro entre los raros, el narrador cubano Ezequiel Vieta del que postumamente se editó un pequeño volumen de versos y artefactos poéticos inclasificables, “Y se antojan las velas” (La Habana, 1996), que me parece uno de los libros de poesía más extraordinarios -en todos los sentidos- que he tenido entre las manos. Después llegaron muchos más, empezaron a conocerse mejor en España las nuevas generaciones de poetas latinoamericanos y mi inventario de deslumbramientos no ha dejado de crecer, pero, lo dicho, no vamos a convertir esto en una lista de nombres.

 He pensado mucho en ese volcarse de mis intereses poéticos hacia la orilla americana y no encuentro ninguna razón convincente, supongo que es más bien el resultado de un conjunto de inclinaciones sutiles, resonancias de tono y timbre, difíciles de calibrar; quizá el panorama español de los años 70 y 80 me resultaba más adusto, más gris y funcionarial, y muy probablemente en la poesía americana encontré un goce desbordante de la lengua, una feracidad (y también ferocidad) que se acompasaba mejor con mi espíritu, juegos de conceptos y música de las ideas que aquí echaba en falta. Del lado español me alimentaba básicamente de los ya citados Ullán y Pino, de Anibal Núñez o de Francisco Ferrer Lerín, el “raro” de la generación de los novísimos que, aunque lo conocí un poco más tarde, ha llegado a convertirse en una referencia ineludible para mi propio trabajo.

 En cuanto a la comunicación entre las dos orillas del idioma, tengo la sensación de que las cosas han cambiado considerablemente desde que se publicó El ave Fénix solo caga canela en 2009, y han cambiado para mejor, en aquel momento era bastante complicado conseguir libros y tener noticias de autores americanos contemporáneos, creo que en estos 10 años se han multiplicado los puentes y los intercambios, básicamente gracias al impulso de algunas plataformas web como Transtierros o Vallejo & Co, y a proyectos editoriales como Lilliputienses, Kriller 71, Ay del seis, Amargord, …y alguno más que seguro que me estaré olvidando, que ya nos están proporcionado a los lectores de la península unos catálogos bien surtidos de producciones muy recientes del lado americano. Quizá lo que falta ahora es que a los españoles se nos conozca un poco mejor por allá.

 En una entrevista con Eduardo Espina éste le decía al poeta Francisco Layna:

 “Usted, Layna, es un extraordinario poeta, y si hoy se hiciera una edición actualizada de Medusario, debería estar incluido. Julio César Galán, poeta universal de Cáceres, y Ángel Cerviño, poeta universal de Vigo, también. Y podría seguir agregando nombres peninsulares”.

Si bien en Latinoamérica hemos superado, aunque parcialmente, la idea de un binarismo  neobarroco – conversacional, ¿te sientes próximo ante el neobarroco?, ¿por qué?

Ya sabemos que las etiquetas estilísticas sirven apenas para orientarse mínimamente a vista de pájaro, pero sobre el terreno tienen muy poca utilidad. En todo caso, y haciendo esa puntualización de lo precario de las catalogaciones, creo que el movimiento neobarroco se circunscribe al paisaje americano y a un tiempo muy determinado; hay que pensar por ejemplo que la antología Medusario, uno de sus referentes fundacionales, no tuvo casi repercusión en la península, y acaba de empezar a distribuirse en una nueva edición de la editorial chilena RIL hace solo un par de meses a finales de 2017, más de 20 años después de su aparición en Fondo de Cultura México en 1996.

Dicho esto, no se puede obviar un claro componente barroco, o abarrocado, en mi escritura, si por barroco entendemos la entrega sin reparos a los placeres del significante, el dejarse llevar por el carácter arborescente y omnívoro de un lenguaje que impone su movilidad bullente. Ese es mi barroco: permeabilidad del significante, fuga y desagüe del sentido allá en lo hondo, mientras tratamos de mantener una buena tensión superficial en la superficie; esa es toda la quietud a la que el texto puede aspirar mientras se desangra en lo profundo. A un tiempo, el que escribe se entrega y se resiste a la inestabilidad congénita que diluye los enlaces (lógicos y sintácticos) y da suelta a los materiales que lo conforman: tentación entrópica y resistencia a la disolución, entre ambos polos se tensa la cuerda sobre la que se equilibran las pulsiones enfrentadas del poema. Explorador siempre en peligro de ser devorado por su porteadores (significante caníbal que engulle el sentido), el texto desorientado cree encontrar una buena dirección y se deja llevar, …merodea siguiendo las huellas de sus propias pisadas en el barro creyendo que persigue indicios de poema. Torbellino de hablas en busca de asunto, “…poemas atemáticos que encuentran sus tema a medida que el texto se configura como entramado lingüístico”, como afirma el propio Eduardo Milán en su libro de ensayos Justificación material. O, por citar a otro maestro americano, Mario Montalbetti, en Llantos Eliseos: “las palabras, las frases, los versos esporádicos (…) son más bien los perversos efectos de un idioma que arma sentidos porque no tolera que se le ignore”. El lenguaje crea personajes transitorios para hacerse oír, encarnaciones simuladas, como el niño que haciendo voces recrea escenas de la película que acaba de ver: “He do the Police in different voices” (hace voces leyendo los sucesos), T. S. Eliot tomó esta frase, pronunciada por un personaje de Charles Dikens en Our Mutual Friend, como título provisional para la obra que luego conoceríamos como The Waste Land.

Creo que en todo caso, lo más característico de mi trabajo es el cruce de diferentes códigos escriturales sin privilegiar a ninguno de ellos. Sobre todo a partir de mi segundo poemario, ¿Por qué hay poemas y no más bien nada? (2013), y de manera si cabe aún más evidente en Impersonal (2015), mi alma barroca se ve obligada a convivir con recursos retóricos que la contradicen y entorpecen su natural tendencia a la proliferación, las notas a pie de página, la multiplicación especular de la función autoral, que se reparte en diferentes papeles: autor, editor, comentarista, voces furtivas que pasaban por allí, …la introducción en el poema de materiales extra-poéticos que funcionan como barricadas anti-exaltación; postigos y ventanas que abren el texto a otros universos a otros discursos, fisuras dispuestas para la huida o la invasión, portillos de muy diverso diseño que descosen las costuras del poema, convertido ya en escenario del que el yo lírico entra y sale acarreando cachivaches textuales, devenido así en tramoyista del poema, atareado, inquieto, sudoroso, acomodando la escena, disponiendo el atrezzo e indicando su lugar a los figurantes.

 En los últimos años las distintas escrituras en España, o en las Españas, han aparecido como un verdadero raudal, ¿qué voces han llamado tu atención?, ¿qué podríamos decir respecto a una probable renovación de la(s) escritura(s) en (las) España(s)?

 Por mi propia situación excéntrica quizá no soy la persona más indicada para responder a esta pregunta, y solo pueda dar cuenta de mis propios encuentros y afinidades, pero sí que creo que en los últimos años haya comenzado a fraguarse una apertura del foco de atención hacia propuestas más ambiciosas y arriesgadas, una reubicación de los discursos que posiblemente tenga que ver con multitud de factores, comenzando por el imparable cambio generacional, en paralelo con la consolidación de las redes sociales como vehículos para la circulación de textos, o la proliferación de infinidad de editoriales independientes comprometidas con proyectos de escritura más exploratorios, e incluso esos nuevos canales de comunicación, de los que antes hablábamos, que se han abierto con jóvenes poetas latinoamericanos en una dinámica de ida y vuelta, de fructificación de recíprocas influencias; sin olvidar que algunos poetas y críticos muy relevantes realizan su labor docente fuera de españa, preferentemente en los USA, estableciendo así nuevas vías de escape y contaminación, un grupo en el que se puede incluir a gente tan diversa como Benito del Pliego, Francisco Layna, Daniel Aguirre Oteiza o Berta García Faet. Todos estos factores dibujan un contexto cada vez más agitado, que pone en evidencia la fatiga de viejas fórmulas confesionales de enunciación y la necesidad cada vez más urgente de renovar los códigos escriturales, empujando todo el sistema hacia la innovación.

Dentro de ese conjunto de fuerzas de cambio, será interesante señalar también la apertura de la función crítica, que ahora se muestra más atenta a las nuevas escrituras emergentes; no hay que olvidar que en poesía las tareas críticas suelen ejercerlas otros poetas, así que la masa crítica crece imparable de forma coordinada: a más poetas innovadores más críticos atentos a la innovación. A esto se suma la consolidación de algunos proyectos de publicaciones poéticas como es el caso, por poner un ejemplo muy significativo, de la revista KOKORO (solo en la red) que tras 16 números en los que han publicado a una cumplidísima colección de nuevos autores muy implicados con el cambio de paradigma, ahora acaban de inaugurar una colección de ibros de poesía en colaboración con la editorial Kriller 71. Esas son algunas de las dinámicas que se están produciendo, y en ellas observamos como los propios poetas a menudo toman las riendas, convertidos en críticos, editores, distribuidores, y antologadores o reseñistas. El renacer de la revista Quimera (un clásico de los años 80, ahora en manos de un grupo de inquietos autores) y la infatigable tarea de algunos poetas-críticos como Vicente Luis Mora y Eduardo Moga, siempre atentos a las experiencias más radicales; o la actividad de otros grupos de acción con una vertiente más política y de investigación socio-lingüística, como el colectivo EURACA trabajando sobre “eso que a veces se llamaba poesía“, con el primer número de su revista L/E/N/G/U/A/J/E/O ya en la red, en la que participan poetas del calado de Luz Pichel, Sergio Raimondi o María Salgado, y el crítico Esteban Pujals Gesalí, precursor en España de la difusión de los nuevos lenguajes.

 No es de extrañar que en ese ambiente tan vivificador proliferen y empiecen a hacerse oír, cada vez con más fuerza, nuevas voces y propuestas. Además, como ya comentábamos en un tramo anterior, siempre que se hable de “poesía española” es necesario tomar en consideración las creaciones realizadas en todas las lenguas cooficiales, y en ese aspecto puedo confirmar que, al menos en el caso de la escena gallega que es la que más de cerca conozco, la escritura poética se anima con aires de renovación de lenguajes; detrás (cronológicamente) de dos figuras clave como Luz Pichel y Chus Pato, que por sí mismas ocupan un lugar bien destacado en el conjunto del contexto peninsular, ya suenan con rotundidad las nuevas voces, un nutrido grupo de jóvenes poetas que están investigando otras posibilidades de enunciación, otros modos de fijación del discurso. La pregunta ahora es: ¿todavía le seguiremos llamando a eso poesía?

Y poco más puedo decir, solo constatar que ya parece que a todos el texto se nos hubiera enyerbado. En un gozoso Kamasutra del idioma, la poesía ensaya nuevas combinaciones de los cuerpos físicos de la palabra. El poema solo se presenta -si acaso acude- como entramado de voces y hablas: enramada donde quizá (visto y no visto) salta velocísima la liebre. ¿Era una liebre o solo la sombra nerviosa del brezo que nuestra imaginación agitaba?

Ver:

http://angelcervino.es/

http://www.espacioluke.com/2015/Marzo2015/cervino.html

https://transtierros.org/2017/10/16/12775/

http://turbulencias2.blogspot.pe/

http://www.lagallaciencia.com/2017/11/meltemi-tomas-falsas-de-angel-cervino.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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