CRÓNICAS DE LA PERIFERIA: El chico del megáfono y el infiltrado/ Jaime Higa

A Claire se le ocurrió que deberíamos ir en la parte de la marcha donde estaba el grupo LGTB y la idea me pareció fantástica, ¿en qué otro sitio podría encajar mejor yo?. Apenas nos pusimos a caminar vi a un chico muy parecido a un amigo mío en Barranco pero lo veía demasiado atildado, Alex jamás se pondría esa ropa y un pañuelo en el cuello, además era más delgado y yo diría que hasta ligeramente más guapo, en un momento creo que se dio cuenta que lo miraba y abrazó a su novia.

Por momentos la marcha exige cierta condición física, hay que caminar, aplaudir y gritar a la vez, al comienzo parece fácil pero pasando las horas ya no es lo mismo, sin contar los momentos que hay que correr para que no se disperse el grupo o nos cierre el paso la policía o los autos.

Llevo ropa cómoda y zapatillas es la mejor manera de marchar, el pañuelo y la botellita de vinagre aunque dicen que mejor es la solución de 5% de bicarbonato disuelto en agua, pero desde que lo escuché la fórmula porcentual me pone nervioso.

Mis padres no comulgaban con la idea de que nos inmiscuyéramos en la política, finalmente ellos pensaban que para eso nos habían puesto en universidades particulares, para no sufrir huelgas o retrasos en los estudios.

Por momentos en la marcha caminaba más rápido y alcanzaba a ver unos metros delante a un chico alto, delgado de cejas pobladas y tez bronceada que portaba un megáfono y cuándo él se retrasaba yo escuchaba con más claridad las consignas que él comenzaba y nosotros contestábamos, cuando llegamos a Paseo Colón el grupo se dispersó porque la policía comenzó a tirar gases lacrimógenos defendiendo el local de Fuerza Popular, algunos vadearon alejándose de la acera de FP para seguir por Guzmán Blanco y otros retrocedimos y fuimos hacia la avenida Arequipa. En las primeras cuadras nos gasearon por dos frentes y venían con sus máscaras y sus escudos, muchos corrimos hacia las transversales de la Arequipa y yo tomé la avenida más oscura pero ya veía policías también por la avenida República de Chile, sólo atiné a ver una puerta de madera con dos hojas y ventanas de hierro forjado, del interior salía una luz fluorescente blanca que alumbraba paredes celestes por partes decoloradas y otras desconchadas, hacia el lado derecho había un mostrador alto y detrás de él un chico como de 19 años viendo la televisión, encima de él a más de metro y medio en letras rojas delineadas con negro y blanco decía Hostal en la pared, hasta ese momento el olor de los gases lacrimógenos era imperceptible. Vi hacia los lados y desde la Arequipa venían policías con sus escudos transparentes y detrás de ellos el humo de los gases y en la avenida paralela los policías avanzaban sin tomar importancia a esta calle porque delante de ellos la gente corría, resolví tomar un cuarto y mientras buscaba 15 soles en el umbral de la puerta apareció el chico del megáfono, él ni siquiera tenía mochila donde esconderla y vi su cara de circunstancia y le pregunté si quería entrar, ya para ese momento el empleado nos preguntó si veníamos de la marcha y asentimos, solo me pidió 5 soles más porque suponía que usaríamos dos camas.

A unos metros se alzaba una escalera de madera que crujía y que mostraba el inclemente paso del tiempo y entramos a la habitación que estaba pintada de color agua marina ligeramente estridente y mostraba dos camas en L frente a la puerta, yo me eché en cruz en la cama apoyando la cabeza en la pared y me jalé una almohada, el chico del megáfono se trajo una almohada de la otra cama y se echó a mi lado, hubo unos segundos incómodos hasta que me comenzó a contar que se llamaba Lorenzo que tenía 23 años y que estudiaba arquitectura en la UNI que le gustaba el teatro pero que su familia nunca lo aceptaría, en esos momentos los gases lacrimógenos comenzaron a filtrarse por las largas ventanas de madera, Lorenzo se paró y cerró las ventanas, de regreso se paró delante de mí y sacó del bolsillo trasero de su pantalón una botella delgadísima de metal al cual en su parte central cubría una franja de cuero negro y me dijo que era ron. En realidad hacía años que no bebía alcohol pero consideré que la situación era realmente extraordinaria y saqué mi botella de Coca Cola de medio litro tibia de mi mochila que estaba a menos de la mitad y le eché licor.

Me dijo que me había visto en la marcha anterior y que hasta en un momento pensó que era un infiltrado, le pregunté si por la edad o por la ascendencia japonesa, para evitar contestarme tomo un trago de su botella, en otro momento me preguntó si es que yo tenía una segunda intención al estar en un cuarto a solas con él y le contesté que no, que todo había sido producto del azar y la casualidad, hablamos por lo menos dos horas de arte y política, hasta que en algún momento nos quedamos dormidos. Me desperté porque sentí un calor insoportable y la cabeza me daba vueltas, allí me di cuenta que Lorenzo tenía un brazo encima mío, estaba sin polo y sentía los latidos de su corazón en mi espalda.

 

*La fotografía de esta columna es de Edi Hirose.

 

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