Cuando el amor se vuelve palabras / Laura Riding. Versión de D.R. Mourelle

Cuando el amor se vuelve palabras
Laura Riding
(Versión al español de D.R.Mourelle)

Lo aún no hecho, se convierte en lo no escrito
por la actividad de otros
y la inmóvil pluma de nosotros mismos
levantada, con la buena disposición pospuesta,
sobre el áspero papel del tiempo…
temas del escritorio ahora,
todos esos proyectos implícitos
por nuestras mentes rescatados de la promulgación,
esa literatura perdida que nada más la muerte lee.

Y esperamos obras de unos y otros
que superen no tanto la hermosura
o la fama entre nuestros suspiros físicos
como quietud, memorable
no más allá del pensamiento, que se mueve convencionalmente,
sin la centellante espada histórica.

Y te diré: “Se necesita ahora
un poema sobre el amor, por el cual olvidar el beso
y ser más amor que beso para los labios.”
O, fallando la locuacidad de tu corazón,
escribiré este beso hablado yo misma,
imprimiéndolo en la boca del tiempo
quizás muy final, pero lentamente,
dado que la ejecución ahora es prudente
con el sueño reflexivo que la lengua toma
entre el pensamiento y lo dicho.

Y así, por fin, para instruirnos nosotros mismos
en la nada que estamos haciendo ahora,
estos días no naturales de inacción,
contando la cosa en un tono natural.
Debemos ser valientes:
desafiando el futuro sedentario
sin otra esperanza de pasión que las palabras,
y encontrando lo que sentimos en lo que pensamos,
y conociendo el sentimiento reembolsado
para la era más sabia de un acto alguna vez tonto.
Como decir, donde una vez podría haberme alzado,
inclinada a besar como un viento ciego que busca
una boca firme para descubrir la propia,
ahora me siento socialmente en la silla del amor,
feliz de tenerte o a alguien de cara
a la distancia comprada por la inclinación de mi cabeza;
y luego, si puedo, ir a mi otra habitación
y escribir de un asunto que toca todos los asuntos
con la presión compacta de una habitación
que amontona el mundo entre mis codos;
más allá, en la cama, y suave,
dejar que la noche concluya, mis labios todavía abiertos,
que un beso ha sido, u otra cosa para soñar.
La noche fue previamente la cronista,
susurrando rumores lascivos a la mañana.
Pero ahora la historia del anochecer
es la mismísima sonrisa de la cena y después,
no un infante para la enfermera Romance,
sino la hora tardía a la que yo o vos
podemos haber escrito o leído tal vez incluso esto.

A veces declararemos falsamente,
jóvenes en un sentido anterior, como en un cuento,
imposible en la hora reducida de las palabras.
Pero sin embargo nos demoramos contra la exactitud,
agrandando la página con tanto error
de las necesidades del azar superviviente,
no podemos equivocarnos mucho,
habiendo abandonado ahora esos gestos
que volvieron el mundo un cuento elástico,
con ninguna semejanza sostenida por nuestro propósito.
Porque hemos querido decir, y queremos decir, apenas un
consenso de experiencia,
a pesar de la diferencia en nuestros nombres
y que hemos dado la impresión de nacer
cada uno para una trama y una pérdida cambiantes
del sentir (aunque es en verdad nuestra tierra)
en casa en semejante lugar temporal.
No podemos ahora sino armonizar nuestras palabras
con unificado asentir de reconocimiento…
no nos habíamos hasta ahora oído hablar
por el vigor y el furor locuaz
de los amores excesivamente vivos mientras traqueteaban
como demasiadas letras desde nuestros labios impacientes.

Es difícil de recordar
que no estamos haciendo nada,
estamos para no hacer nada, deseamos no hacer nada.
De una nube espuria de decepción
debemos extraer la gota sincera del alivio
correspondiente a la lágrima en nuestros pensamientos
que no tenemos ninguna razón para derramar.
Somos felices.
Estos compromisos de la mente,
incapaces de producir el impulso de besar,
anillo al corazón como amor esencial,
a salvo de la curiosidad teatral
que una vez dirigió nuestros deseos
hacia un final de vergüenza llamativa y florecimiento,
para que desempeñáramos estas partes tristes
abandonados entre el susto y la pompa.

Hay ahora poco para ver
y aun así poco para ocultar.
El escribir “te amo”
contiene el amor si no enteramente
al menos con amor suficiente
para convertir el resto en una sombra alrededor de nosotros
inmaculadamente tonal
no las alucinaciones del amor sustanciadas.
Es más cierto para el corazón, lo sabemos ahora,
decirlo que secretar la alarma audaz,
ruborizado por las sorpresas de la timidez,
que se asoman entre el coraje de amar
y el hábito de tantear por resultados.

Los resultados vinieron primero, nuestro idioma
lleva las cicatrices de ellos: no podemos
hablar de amor pero las líneas cecean
con el acento excesivamente memorable,
volviendo entrañable, en lugar del amor, lo hecho por amor.
Primero vienen los presagios, luego lo que queremos decir.
No nos referíamos al jadeo o al calor;
esto no es enfriar, asfixiar
el grito embanderado que el amor hizo flamear frente a nosotros una vez.
Eso era una duda y una persuasión…
por medio de creer, con el arte de la duda,
en lo que estábamos, en nuestra terquedad, menos seguros.
Hay menos para contar sobre más tarde
pero más para decir.
No hay, en verdad, palabras restantes para el beso.
Nos tenemos para hablar de nosotros;
y los personajes pasajeros que fuimos…
nerviosos del tiempo en el escenario exaltado…
se rinden a sus autores duraderos
que podemos estudiar, todavía vivos,
cualquier amor o declaración nos preservará
de esa otra literatura
que rápidamente ejercimos para perpetuar
el parloteo mortal de la apariencia.

No pienses que soy severa
al desterrar ahora el beso, antiguo,
o cómo nuestras manos o mejillas pueden rozarse
cuando nuestros pensamientos tienen un amor y un revuelo
falto de escritura y una gracia
de una prontitud no totalmente verbal.
Ser amoroso es levantar la pluma
y utilizarla al mismo tiempo, y el avance
desde la muda resolución a la delicia
de encontrarnos no sólo fluidos
sino ligados en las palabras que abrazan
es por la metáfora del amor,
y todavía una causa del beso entre nosotros,
aunque no nos besamos… o no tan conscientemente,
el gusto se pierde en el gusto del pensamiento.

No pensemos, al ser tan protestados
por el lenguaje posterior y su condición,
que hemos dejado de amar.
Hemos dejado solamente de ser… y somos.
Siendo pocas las perplejidades, los intervalos
nos permitieron un riesgo tímido:
no podríamos si fuéramos a ser imprudentes otra vez,
tomar el tenue camino holgazán
y tropezar hasta que la razón como un caballo
se mantuviera mordisqueando el miedo en el largo giro hacia atrás,
y nosotros, el jinete triste, nuevo en la montura,
viejo para el gesto fugitivo.
Pero la frivolidad todavía gobierna nuestros corazones
en nombre de la conciencia. Levantamos los ojos
del manuscrito inmediato
para encontrar un presente asustado que guiña al pasado
con la vista desfigurada y una frente llena de reproches,
que apunta la mirada del tiempo hacia la memoria
como si hubiéramos borrado las reliquias
de modo tal de tener algo sobre lo cual escribir.
Y dejamos fuera, por lo que dura la conciencia,
discerniendo en la niebla petulante
la cara agraviada de alguien a quien conocemos,
hambrientos de ser salvados por el rencor de nosotros.
Y amamos: separamos los rasgos
de lo que se desvanece y componemos de ellos
una semejanza con ése que no esperó
y debería haber esperado, aprendido a esperar.
Levantamos los ojos para saludarnos
con la convicción de que ninguno está ausente
o ninguno debería estarlo, de la escritura doméstica de palabras
donde se lee la bienvenida a todos quienes somos.

Y luego a las palabras de nuevo
después —¿lo fue?— de un beso o exclamación
entre cara y cara demasiado repentino para registrarlo.
Nuestro amor que es ahora un lapso de la mente
cuyo puente, no el cuerpo divertidamente extraño, está
caminando por las aguas de la desunión
con una sonrisa malhumorada y un valor que gruñe,
podemos hacer que el amor sea milagroso
como unir pensamiento con pensamiento y uno próximo,
lo cual se hace no pasando a otra cosa
sino conociendo las palabras para lo que queremos decir.
Nos abstenemos de movernos, dado que nos parece ahora
más de nosotros el mantener la vigilancia escrita
y dejar que el alcance del amor nos rodee
con la acusación cariñosa de ser poetas.

 

 

When Love Becomes Words

The yet undone, become the unwritten
By the activity of others
And the immobile pen of ourselves
Lifted, in postponed readiness,
Over the yet unsmooth paper of time —
Themes of the writing-table now,
All those implicit projects
By our minds rescued from enactment,
That lost literature which only death reads.

And we expect works of one another
Of exceeding not so much loveliness
Or fame among our physical sighs
As quietness, eventful
Not beyond thought, which moves unstrangely,
Without the historic sword-flash.

And I shall say to you, ‘There is needed now
A poem upon love, to forget the kiss by
And be more love than kiss to the lips.’
Or, failing your heart’s talkativeness,
I shall write this spoken kiss myself,
Imprinting it on the mouth of time
Perhaps too finally, but slowly,
Since execution now is prudent
With the reflective sleep the tongue takes
Between thought and said.

Thus, at last, to instruct ourselves
In the nothing we are now doing,
These unnatural days of inaction,
By telling the thing in a natural tone.
We must be brave:
Daring the sedentary future
With no other hope of passion than words,
And finding what we feel in what we think,
And knowing the rebated sentiment
For the wiser age of a once foolish deed.
As to say, where I once might have risen,
Bent to kiss like a blind wind searching
For a firm mouth to discover its own,
I now sit sociably in the chair of love,
Happy to have you or someone facing
At the distance bought by the lean of my head;
And then, if I may, go to my other room
And write of a matter touching all matters
With a compact pressure of room
Crowding the world between my elbows;
Further, to bed, and soft,
To let the night conclude, my lips still open,
That a kiss has been, or other thing to dream.
The night was formerly the chronicler,
Whispering lewd rumours to the morning.
But now the story of the evening
Is the very smile of supper and after,
Is not infant to the nurse Romance,
Is the late hour at which I or you
May have written or read perhaps even this.

Sometimes we shall declare falsely,
Young in an earlier story-sense
Impossible at the reduced hour of words.
But however we linger against exactness,
Enlarging the page by so much error
From the necessities of chance survived,
We cannot long mistake ourselves,
Being quit now of those gestures
Which made the world a tale elastic,
Of no held resemblance to our purpose.
For we have meant, and mean, but one
Consensus of experience,
Notwithstanding the difference in our names
And that we have seemed to be born
Each to a changing plot and loss
Of feeling (though our earth it is)
At home in such a timeward place.
We cannot now but match our words
With a united nod of recognition —
We had not, hitherto, heard ourselves speak
For the garrulous vigour and furore
Of the too lively loves as they clattered
Like too many letters from our hasty lips.

It is difficult to remember
That we are doing nothing,
Are to do nothing, wish to do nothing.
From a spurious cloud of disappointment
We must extract the sincere drop of relief
Corresponding to the tear in our thoughts
That we have no reason to shed.
We are happy.
These engagements of the mind,
Unproductive of the impulse to kiss,
Ring to the heart like love essential,
Safe from theatric curiosity
Which once directed our desires
To an end of gaudy shame and flourish,
So that we played these doleful parts
Abandoned between fright and pomp.

There is now little to see
And yet little to hide.
The writing of ‘I love you’
Contains the love if not entirely
At least with lovingness enough
To make the rest a shadow round us
Immaculately of shade
Not love’s hallucinations substanced.
It is truer to the heart, we know now,
To say out than to secrete the bold alarm,
Flushed with timidity’s surprises,
That looms between the courage to love
And the habit of groping for results.

The results came first, our language
Bears the scars of them: we cannot
Speak of love but the lines lisp
With the too memorable accent,
Endearing what, instead of love, we love-did.
First come the omens, then the thing we mean.
We did not mean the gasp or hotness;
This is no cooling, stifling back
The bannered cry love waved before us once.
That was a doubt, and a persuasion —
By the means of believing, with doubt’s art,
What we were, in our stubbornness, least sure of.
There is less to tell of later
But more to say.
There are, in truth, no words left for the kiss.
We have ourselves to talk of;
And the passing characters we were —
Nervous of time on the excitable stage —
Surrender to their lasting authors
That we may study, still alive,
What love or utterance shall preserve us
From that other literature
We fast exerted to perpetuate
The mortal chatter of appearance.

Think not that I am stern
To banish now the kiss, ancient,
Or how our hands or cheeks may brush
When our thoughts have a love and a stir
Short of writable and a grace
Of not altogether verbal promptness.
To be loving is to lift the pen
And use it both, and the advance
From dumb resolve to the delight
Of finding ourselves not merely fluent
But ligatured in the embracing words
Is by the metaphor of love,
And still a cause of kiss among us,
Though kiss we do not—or so knowingly,
The taste is lost in the taste of the thought.

Let us not think, in being so protested
To the later language and condition,
That we have ceased to love.
We have ceased only to become—and are.
Few the perplexities, the intervals
Allowed us of shy hazard:
We could not if we would be rash again,
Take the dim loitering way
And stumble on till reason like a horse
Stood champing fear at the long backward turn,
And we the sorry rider, new to the mount,
Old to the fugitive manner.
But dalliance still rules our hearts
In the name of conscience. We raise our eyes
From the immediate manuscript
To find a startled present blinking the past
With sight disfigured and a brow reproachful,
Pointing the look of time toward memory
As if we had erased the relics
In order to have something to write on.
And we leave off, for the length of conscience,
Discerning in the petulant mist
The wronged face of someone we know,
Hungry to be saved from rancour of us.
And we love: we separate the features
From the fading and compose of them
A likeness to the one that did not wait
And should have waited, learned to wait.
We raise our eyes to greet ourselves
With a conviction that none is absent
Or none should be, from the domestic script of words
That reads out welcome to all who we are.

And then to words again
After—was it—a kiss or exclamation
Between face and face too sudden to record.
Our love being now a span of mind
Whose bridge not the droll body is
Striding the waters of disunion
With sulky grin and groaning valour,
We can make love miraculous
As joining thought with thought and a next,
Which is done not by crossing over
But by knowing the words for what we mean.
We forbear to move, it seeming to us now
More like ourselves to keep the written watch
And let the reach of love surround us
With the warm accusation of being poets.

 

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