Reynaldo Jiménez / Sangrado

HASTA EL BORDE DEL LIBRO QUE NADIE LEYESE:
<<si cerrara los labios, abriera el ojo, si hubiese
alguien en mí, si alguien supiese
hacia qué crece…>>

las cacerías dejan huella, se sacude la piel de tierra
de nuestras fiestas feraces y las calladas bestias comparten
laguna antes de entrar a su Sahara Samsara Samsa:
<<soy la erosión que te acapara, soy la rabia en oración…>>

la última llave fue esta hoguera, y es ahora
una espera a la margen del ara, donde no resta
sino el ave del verbo que demora en su procura
esta hora en que memoria enamorada ya moría.

al orar raer el calor del centro mente sinuosa
fiebre con mirar con pupilas de infante se contenta,
como se apaga lo que antes horadara y a las liebres
antes y ahora incanta: junto a la orquesta de chispas,

filtros de toda suerte de espacio para estar, otra
vez, porque de pronto ésta, la lejanía, talla, constela
el cuerpo clandestino de los frutos, la intestina batalla
que aun doméstica dormida queda al lado de su bestia.

tan lento el pensamiento desconoce, sin pasaje los puentes
se hacen, donde cruzar el roce es imposible pero letal
sería no intentarlo. a tientas, también, extraña se hará
extra la agonía, para que al laberinto dé un solo instante

roce de sinos, las sílabas
del libro vertebrales.

 

 

 

INTACTA NOCTE PER UMBRAM,
en buen romance esta estocada:
al fondo del abismo no hay ya nada,
sino en la piedra que te llama y sopesa
como si nada tu mano, como si ilesa,
como si nadara, como si andara,
como si diese de bruces de repente
a un clandestino asombro, sin allanar
el asomo de frágiles convites.

muta el pasaje: la hilacha de tiempo riela
penumbra, fiebres antiguas dan la medida
del encaje a que enajena el pensarlo
apenas cuando lastre, letra a través
de la lenta despedida que anticipa
el desenlace, que no llega y tal vez nunca,
u oleaje cada hebra, lepra solar en la pared,
apenas para estar al día.

no incanta el morador sino la cueva:
enamoran los espacios a este hueco
que por dentro pace hasta que cede
una hora, dos, laguna desde el suelo
hasta la sed, que será devuelta, hasta
el ocelo en el huevo eco del cero,
duro cerco de encelado acecho.

calavera llena de luna por entera
respuesta, de sombras el bosquejo
arracima primicias a la lumbre
del deseo, que ajeno es, desde luego
y pobre, de consumado reflejo, devuelta
al río, al frenesí del río, y a la frescura
indómita de la podre, sin más distancia,
sí.

 

 

 

SIN EMBARGO NOS COMIÓ EL MAR,
fue un roce de corazones en la zona
que vira los imanes, de la que a solas
no se supo ni supuso más volver.

pulsares con acritud dolosa
de pulpo en su espesura pineal
de catadura intacta, coralina,
cactácea adonde oyó la luz ayer,

con acritud anfibia o mímica
de la boa que roe la Osa Mayor,
asoma la margen prisionera
de su propia forma, su prender:

cómo nació de plancton la más
partícula, por durar adherida
al ácido recio del verano
en los cristales de la piel.

sílabas el mar babelea –dalo
por hecho- mientras incierta
dama ósea como óleo al ojo,
justo huyó si quiso ver,

de tal suerte estelas, tras cuáles
era espuma esa loma, suma loba
al abordaje tuerto, oro en polvo
hacia el cual velámenes tender

por mor de su resaca, en pos
de cualquier puerto, que no es,
o que presto escapa y nos
sonsaca (¿pez? ¿ves?) ser a ser.

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Sangrado, Reynaldo Jiménez
Segunda edición, 2017. Ciudad de México

(Primera edición, 2006. Bajo La Luna. Buenos Aires)

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